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EDITORIAL: El legado de Miquilena

Los laboratorios de guerra sucia del gobierno están activos y disparando como en los tiempos de “Don Luis”

 


EDE

La herencia de Luis Miquilena palpita en el seno del gobierno. La guerra sucia en contra de la gente incómoda arrecia. Nuevos actores tras bastidores aplican todo su ingenio -muchas veces limitado- para elaborar historias que involucran a dirigentes opositores, pero especialmente estas historias apuntan a las mujeres. Pretenden destruirlas moralmente. Montan burdas escenas para mostrarlas como adúlteras, para destrozarlas ante la opinión pública, como forma de dejarles claro que utilizarán cualquier tipo de artimaña para atacar. Son bajos y tienen poder, por tanto torpes.

Ese es el tipo de ofensiva rastrera que signó a Miquilena en sus días en el poder. Él, el entrañable padre putativo de Hugo Chávez, con desvergüenza inusual inventaba y dejaba correr la bola que un funcionario judicial era homosexual por el sólo hecho de no dejarse corromper. Con eso buscaba asesinarlo públicamente, pero en cambio dejaba al desnudo su calaña.

La clase política gobernante carece de honor. Inventar que tal o cual es adúltera o maricón parece valer más que sentarse a debatir ideas. Perder el tiempo produciendo melodramas de mal gusto y peor calidad parece la consigna de estos días. Improvisar con “tuits” descuidados es la única forma de ocultar las carencias propias. Y es entonces cuando de tanto lanzar lodo se embarran más. Quizá, por el afán de destruir usando el poder como catapulta, lo que se logre es el efecto contrario. Tal vez la gente se solidarice con las víctimas y dé la espalda a los verdugos. Lo cierto es que la escuela de Miquilena sirve en el ratico que dura botar el veneno. Después, lo que queda para siempre es el tufo. Y eso con nada se quita.