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El proceso en curso en India, junto con otros procesos que están aconteciendo en otros lugares, muestra el camino al proletariado de otros países


Tamer Sarkis Fernández

1. Más allá del Velo de Maya de la casta: comulgando y fundiéndose en el Ser común de clase

India está negando a través de los hechos toda la estupidez sociológica y antropológica oficialista dominante, que cifra las llamadas “sociedades de casta” como distintas a las “sociedades de clase”, ignorando y ocultando que la casta se remite a un modo particular de organizar o de regular las relaciones entre las clases y la dialéctica reproductiva en que las clases están conectadas. En India asistimos a un proceso en que el sujeto oprimido y explotado supera en su auto-comprensión, toda la amalgama identitaria de pertenecer a una u otra casta, y ese sujeto se encuentra en su ser común de clase. O, con mayor exactitud, de clases oprimidas y explotadas (campesinado pobre, y proletariado urbano y rural).

De poco ha acabado sirviendo aquella superestructura de casta que con su juego de proscripciones y de segregaciones produce inicialmente los reflejos ideológicos -no ver más allá de la casta- que contribuyen a perpetuarla a ella. Grupos de población que quedan adscritos a una casta por su sola condición cultural, “étnica” o de grupo humano, lingüística…, castas que no pueden entrar o pernoctar en una ciudad, castas que no pueden ser propietarias de tierra y otras que no pueden trabajar materiales con sus manos, castas que tienen proscrito cultivar sus alimentos y que deben recolectarlos o dependen de donaciones, sujetos a quienes las leyes tradicionales prohíben trabajar juntos, dirigirse la palabra, mirarse a la cara, cohabitar…: de todas ellas parten las fuerzas humanas puestas en pie para oponer al Estado capitalista su poder violento, en una guerra prolongada sin cuartel que apunta a destruir integralmente a su competidor de clase en eso de organizar, regir y garantizar las relaciones de producción.

Al mismo tiempo, esas masas alumbran ya las relaciones productivas del futuro, en la medida en que auto-gestionan el proceso revolucionario y ponen en relación de coherencia, a los fines con los procedimientos y relaciones que despliegan hacia su consecución. Esto no significa que, por haber asumido esta perspectiva de clase(s) para destruir la alienación de la tierra y medios de vida que las caracteriza y así hacia su auto-destrucción como clase, las masas inmersas en guerra popular dejen de lado la afirmación de sus realidades distintivas socioculturales, lingüísticas y de relaciones sociales. Al contrario: partir de la unidad como oprimidos y explotados por el imperialismo, es el único camino hacia una oposición fructífera contra las actividades de éste: despliegue de la industria agrónoma, prospecciones mineras, plantas fabriles, sustitución de cultivos por extensiones de monocultivo, ingeniería destructora del medio material de existencia que contiene a estos grupos humanos, talas masivas, etc. Porque es debido al acto de apresarlos como sujetos de clase -alienados de decidir sobre su presente y sobre la materia inmediata de que disponer para su reproducción social-, que el imperialismo, bien destruye el marco material base de sus relaciones, su vida y su cultura, bien los expulsa de este marco en vías de apropiación o los pone a encajar girando en torno a los núcleos y actividades productivas y extractivas que el imperialismo instaura.

A su vez, la conjunción relativa de estos grupos humanos en dinámicas efectivas de producción, decisión, ofensivas armadas, distribución de sustento, estudio y análisis, etc., conforma una base material que posibilita el progresivo revolucionar a sus mismas identidades, realidades y manifestaciones culturales, no únicamente desde la crítica especulativa, sino desde la pre-figuración de nuevos componentes de vida social donde lo particular cultural se afirma, se comparte, se conserva, se desarrolla, se modifica, se desecha, se supera y se sintetiza en cultura nueva que contiene, y a la vez eleva, a algunos de sus ingredientes originarios, o los destruye a otros como reflejo de la vieja vida opresiva.

2. Creación de poder popular en guerra popular prolongada hasta el comunismo: más allá de la auto-gestión “apolítica”. Más allá del pensamiento mágico del comunismo insurreccionalista

Por todo esto entiendo que el proceso en curso en India, junto con otros procesos que están aconteciendo en otros lugares, muestra el camino al proletariado de otros países, y ello a través, no del razonamiento en torno a posibles condiciones “habidas o por haber”. Sino a través de la práctica viva dada por unas fuerzas revolucionarias que están encarnando la superación tanto de la auto-gestión considerada desde el anarquismo y el anarco-sindicalismo, como superan también la tradición insurreccional dentro del campo comunista. Esta última tradición cifra la emergencia de la dictadura del proletariado como consecuencia de un arranque fulminante por parte de masas organizadas que habrían de dar destrucción al Estado capitalista como premisa que anteponer a la dictadura del proletariado misma y a su obra transformadora de la producción y del sistema especializado de funciones desde el que los grupos y los individuos se articulan en esa actividad productiva.

El proceso revolucionario que se libra en India niega radicalmente la concepción libertaria y sindicalista de la auto-gestión. Y ello por su perspectiva misma orientada hacia transformar, a la clase revolucionaria, en poder, y hacia elevar la lucha de clases a una esfera política superior en cuyo seno las fuerzas que se baten son la organización política de la burguesía (el Estado capitalista) contra la organización política del proletariado (el Partido Comunista), quien ejerce la dictadura del proletariado ya desde antes de destruir a la organización política antagónica y, por ende, desde antes de poder estatalizarse como dictadura de clase; aunque avanzando hacia ello. En otras palabras: niega la concepción libertaria y sindicalista de la auto-gestión, porque la inserta a ella en una racionalidad política donde, en última instancia, el único futurible es la dicotomía o poder total del proletariado o poder total de la burguesía. Y donde, en tal medida, no cabe la hipótesis de substituir las relaciones de producción vigentes, en base a ir alcanzando cuotas de hegemonía con una auto-gestión proletaria desde dentro de esas mismas relaciones capitalistas…, hasta ir operando su transformación a la par que “la semilla de la nueva sociedad” sería defendida del Estado o a la par que se lucharía por destruirlo.

Al revés: el Nuevo Poder desplegado en los territorios donde ha logrado ponerse en suspenso a las instituciones políticas, educativas, administrativas, ideológicas, de vigilancia…, capitalistas, de entrada comuniza las Relaciones de Producción, y eso lo hace porque puede y porque la perspectiva de cosmovisión asumida le empuja a desear consumar tal facultad. Exactamente lo opuesto a lo que ocurre con la auto-gestión sindicalista, que adolece de una ideología de rechazo a construir la economía como totalidad sistémica de fuerzas. Y, por lo demás, ni siquiera puede superar la construcción de un cooperativismo o de un comunalismo de unidades que intercambian producto (lo que Marx llama, en El Capital, “el trabajo privado”), porque no ha interpuesto una discontinuidad radical entre sí misma y la economía capitalista de la que así continúa dependiendo. Línea de discontinuidad cuya interposición le habría exigido tomar el poder armado sobre la materia y sobre los factores productivos insertos en su territorio de producción; y emprender la larga marcha hacia la totalización territorial bajo ese poder armado unificando durante el camino y en la medida de lo posible la dirección de las actividades económicas y la transferencia de recursos y de productos. Este curso de afianzamiento político, pues, constituye la línea real -determinada por el comportamiento político real de los capitalistas-, en lugar de esperar a que la simple proliferación fragmentaria de unidades en auto-gestión y en intercambio, vaya erosionando el campo económico de propiedad capitalista hasta alcanzar el estadio en que los nuevos propietarios obreros fueran a disolver el capitalismo. Pero lo vuelvo a decir: negar esta auto-gestión no significa negar la auto-gestión, sino afirmarla, porque son las clases revolucionarias -sus miembros- quienes producen las nuevas relaciones económicas y políticas, siendo protagonistas de este acto de definición. Mientras, indisociablemente, la perspectiva de asumir el poder total, sin cuya hegemonía esta obra constructiva de masas se quedaría en un mero acto libertario “conciliacionista” establecedor de auto-gestión dentro de unas relaciones globales que engullirían sin remisión a ese acto, es esa perspectiva difundida por el Partido Comunista.

Este Partido es el trabajo que el proletariado ha acumulado, en la historia, como ideas, consciencia y conocimiento, y que se expresa a través de al menos una parte de las masas y se comunica tendencialmente a la totalidad de las mismas. Siembra en ellas no solamente la asunción de la racionalidad política precisa que ha de enmarcar el esfuerzo común, sino también la asunción de una epistemología, filosofía, concepción de lo social, y principios, comunistas, desde los que dar substancia a la vida y a las mentalidades que anticipan en su esencia, aunque todavía no en su desarrollo, a esas futuras que sólo podrán ser irradiadas y afianzadas cuando la dictadura del proletariado ejerza el dominio político sobre la sociedad. Y cuando, así, la cosmovisión en todas sus dimensiones puedaconsumarse al haberse reemplazado al Estado capitalista por el Estado proletario y así, las ideas, los conocimientos y los funcionamientos objetivos, disponer todos ellos tanto del poder político, que los defiende y aprovisiona, como del poder ideológico, que les da vida y fortaleza a lo largo y ancho del territorio dominado.

Por esto mismo, procesos como el librado en India significan, a la vez, la superación del modelo revolucionario que, dentro del campo comunista, atiende a la revolución como si fuera un acto precedido por un proceso de preparación, densificación de energías, organización y encuadramiento políticos de masas, afinamiento de una dirección, “entrenamiento” del proletariado, motivación, conscienciación…, a través de dinámicas de lucha, de comunicación, de establecimiento de empatía, etc., que como proceso se desarrolla bajo el capitalismo hasta auto-flexionarse como insurrección, sucedida por la destrucción del Estado capitalista, por la toma del poder y por el inicio del ejercicio de poder de clase transformador (dictadura del proletariado).

Siguiendo la línea marcada por este modelo de insurrección, las masas no se han forjado como Partido Comunista, es decir, no han ido teniendo que interiorizar y que usar, en pro de su propia subsistencia y de la prosperidad del proceso de guerra popular (porque ésta no se ha desarrollado), “materiales de consciencia”. O sea, el aprendizaje y la asunción de lecciones, de auto-confianza como clase transformadora… a través de la propia práctica, brillan por su ausencia y el Partido Comunista se ha quedado en un artefacto armado y empleado por minorías, tras las que supuestamente han corrido las masas alentadas por motivaciones económicas y por percepción de una necesidad subsistencial de superar el estado de cosas.

El corolario es la contradicción entre un nuevo sujeto inexistente, que no se ha ido forjando, y la exigencia que la obra de transformación tiene respecto de contar con ese nuevo sujeto inexistente. Esto es: las masas insurrectas por cuestiones meramente reactivas al capitalismo están enajenadas de los parámetros básicos de que se compone la perspectiva comunista de transformación social, tarea cuya culminación escapa a la minoría, quien a su vez no tiene otro remedio que reforzarse en los nuevos organismos estatales para desde ahí dirigir el proceso desde una posición separada. De este modo, la división del trabajo social se produce y se intensifica entre, de un lado, los cuadros del partido entronizados en el Estado, y, del otro, las masas presas de un círculo vicioso en que cuanto menos participan, menos dotadas están para participar, y, cuanto menos dotadas, menos pueden ser incorporadas a una participación que requiere de unas bases conceptivas revolucionarias forjadas e interiorizadas a priori al compás de la praxis por la que el proletariado haya podido ir conociendo(se) y auto-confiando(se) desde su inmersión en su propia posición de sujeto político.

En síntesis, el proceso revolucionario no debe fiarse al esquema: insurrección masiva; destrucción del Estado capitalista y toma del poder político; transformación del Modo de Producción. El esquema es, en cambio, la dialéctica: Nuevo Poder/ transformación/ auto-fortalecimiento/ Nuevo Poder/ transformación/ fortalecimiento…; hasta el salto cualitativo de liquidar todo rastro funcional del Estado capitalista y por tanto hasta monopolizar el poder político, cuyo desarrollo por el proletariado mismo ya ha ido formando parte del proceso previo; ello permite el salto cualitativo también en lo que se refiere a transformar el Modo de Producción, aunque el comunismo ha venido siendo realizado limitadamente como producto y como condición del Nuevo Poder en su desarrollo.

3. ¿Qué condiciones?

Afirmar que el proceso revolucionario que las masas de campesinos pobres y proletarios rurales y urbanos están protagonizando en India, responde a unas condiciones, es una tautología. No hay nada en el mundo que no sea fruto de unas condiciones y, en el fondo, aludir al ser de cualquier cosa equivale a aludir a la existencia de unas condiciones externas e internas en relación. Ahora bien: ¿de qué condiciones hablamos cuando nos referimos a la guerra popular en India?. A unas condiciones de miseria y opresión hondas, sin duda, unidas a la violenta certidumbre de saberse manejados por fuerzas que a diario disponen de su mundo, de lo sagrado, que les arrebatan el suelo por donde tienen que pisar. Suelo en el que -saben- podrían hallar sustento y donde inexcusablemente necesitan hallarlo.

Condiciones de esa especie obligan a ponerse en pie de guerra. En Barcelona, muchas personas disconformes se preguntan si “moverse” pudiera servir para algo, o incluso se cuestionan que un movimiento colectivo sostenido en el tiempo sea posible. En India, Filipinas, Perú, Nepal, Turquía…, campesinos pobres y proletarios no pueden pensar así; no pueden plantearse la posibilidad de eficacia, o de existencia prolongada y masiva, de la acción, pues para ellos, dadas sus condiciones, lo imposible es no actuar. Ellos no enfrentan sus condiciones desde la duda en relación a que la acción condujera a algo; están determinados a partir de la premisa de que la no-acción no conduce a nada, y eso, para ellos, es la muerte, la penuria aplastante, el imposible rendirse para cualquier organismo con instinto y voluntad de vida. Es decir: unas condiciones económicas precisas les han determinado a actuar, lo que no significa que estas condiciones pesen como una ley universal que las hiciera necesarias para la acción. La prueba está en que rebeliones también se han dado y se dan en medio de condiciones no extremas, desde el punto de vista subsistencial y de alienación descarnada y sin disfraz en manos de gigantescas fuerzas que le manejan a uno sus presencias y su mundo de referencia haciéndole sentir cosa y haciendo sangrar la dignidad de uno.

Y, al mismo tiempo, estas “condiciones” de miseria y de sentimiento relativo a sufrir una agresión al núcleo de la propia humanidad -de no ser otra cosa que “población sobrante”, “población problemática”, “población desplazable”…, en la trayectoria de una gráfica de recuperación a base de abrir inversiones en India-, habrían determinado a luchas de casta, como tantas veces se han dado en India. A ellas, o bien a luchas de comunidad, o a luchas guiadas según una perspectiva de re-posicionamiento en el Régimen de propiedad (campesinos en demanda de tierra), o a luchas por instaurar la observancia estricta de códigos religiosos que habrían de ser fuente de regeneración moral de la política y así de prosperidad, o a luchas de grupo humano encabezadas por líderes “indigenistas” que asumen la encarnación de un conjunto de características de “personalidad colectiva” a restaurar, así como la demanda de cuotas de participación y de poder político, etc.

Pero esto no ha sido así en India: resulta que las “condiciones” subsistenciales y de opresión a la condición humana y a la condición colectiva de pueblo, no explican el camino concreto que se ha tomado contra la persistencia de las mismas. Las masas en guerra popular prolongada, construyendo su dictadura de clase en choque frontal e incongeniable con el Estado capitalista indio; meta en mente la destrucción de las clases a través de su propio movimiento ya destructor de las clases allí donde su poder les permite re-organizar la producción y la decisión sobre toda esfera de la vida. Asentándose y fortaleciéndose en el campo, medio provisor del sustento de la revolución, a la vez que saben que deberán terminar su tarea en las ciudades, núcleos neurálgicos del poder que tienen que aniquilar y enclave donde toma lugar el diseño de la represión conjunta entre este poder y sus protectores/dueños imperialistas de primer orden.

¿Y entonces, qué otra especie de condiciones ha sembrado, y no sólo sembrado, sino confluido, codo con codo, con el movimiento revolucionario, haciéndole en lo que es y haciéndose, a ellas mismas, desde “simples” condiciones hasta ser, al pasar de “condiciones externas” a consumar el potencial de ser que portaban las condiciones internas (esas otras a las que he aludido arriba)? Sin duda estas condiciones no emergieron de la noche a la mañana; fluyen hasta el presente desde el trabajo acumulado que nuestra clase obtiene para sí de la historia, y ellas mismas experimentan un salto cualitativo en India desde hace ahora unos cuarenta años. Esas condiciones son personas, que tuvieron su mente abierta a conocimiento y a experiencias terceras, a las que pudieron transformar en ideas que contienen a lo general (esos principios directrices para el conocimiento) puesto en relación con lo concreto (India como particularidad y a su vez como analogía con otros marcos socio-territoriales donde las ideas ya habían ido a las personas, y las personas a las masas, obteniendo resultados fértiles). Durante décadas, parece que no exista proceso revolucionario; es invisible, subterráneo, es el viejo topo que horada el subsuelo dando espacio y acomodo a unas raíces, también subterráneas, en crecimiento. Pero todo, etapas latentes y etapas manifiestas, son parte de un periodo. En Perú, por ejemplo, el gigante golpeó con su garrote sobre el árbol y lo aplastó contra el suelo y, aun así, con el garrote no se extirpan las raíces.

Por eso, mientras quede un comunista, hay condiciones. Si no quedan comunistas, pero queda una idea escrita en un texto, en una pared, sobre el muro de una prisión, o en la memoria de alguien, idea dotada de propiedad de síntesis sobre la perspectiva del comunismo, y que pueda por alguna circunstancia comunicar con alguien, entonces también hay condiciones. Cuando las masas, o unos cuantos núcleos, saben cómo necesitan el futuro y viven el presente como productores del comunismo, que están aplicando ya aunque sea aún de modo limitado, esa historia ya está hecha: el Estado capitalista ya no la puede matar -alguien la sabe y otros más la sabrán, y algunos de ellos la querrán. Puede matar a todos los comunistas, pero no al pueblo que ha convivido con ellos, así que no puede ya atrapar al comunismo. Se ha vuelto nómada y transita entre las masas a quienes se les ha dado ocasión de vivir otra cosa; de otro modo. Puede encarcelar a todos los comunistas, pero ellos han aprendido en su experiencia de organización y de solidaridad, así que esas prisiones lo serán para sus carceleros (quienes mirarán a través de las rejas que vigilan sabiendo que son ellos quienes quedan al interior de celdas). En Perú, en India, en Filipinas, en Turquía, en Nepal…, no existe ya el fracaso; sí derrotas que no son más que momentos en un círculo auto-alimentado de auge y repliegue consecutivos. Círculo que se mueve no sobre el mismo plano, sino ascendiendo en espiral porque de todo lo ocurrido, propio y en el campo enemigo, se aprende. Las “revelaciones” de enemigos que parecían no serlo -personas, pero más aún condiciones a que el mismo proceso va dando lugar-, conducen a una mejor consideración de las fuerzas propias y fuerzan a pensar otros recursos y a dárnoslos. Y todo queda sintetizado como nuevo conocimiento a contra-luz de los parámetros generales ya conjugados para ese análisis.

La brutal y monstruosa reacción imperialista que el proceso indio en curso está teniendo que enfrentar, pone sobre la mesa la cuestión del carácter internacional de nuestra clase, no por simple “humanismo” de compromiso y empatía con causas tildadas “terceras”, sino porque en asumir nuestro ser y destino únicos más allá de fronteras nos va la piel, la vida y el futuro. La operación genocida inter-imperialista “cacería verde”, con participación estadounidense, israelí, colombiana, india…, es sólo una muestra de la ausencia de límites, ¡ni de crisis ni problemas financieros!, por parte del capitalismo internacional a la hora de movilizar su espeluznante arsenal en stock para procurar la aniquilación de su único enemigo total de conjunto: el comunismo. Toda hueste de sociólogos, etnólogos, expertos en RR.II., geo-estrategas…, intentan explicar(se) el “naxalismo” desde sus propios códigos “humanistas” de partida epistemológica, es decir, como si “el fenómeno” fuera el exceso consecuente a un exceso de injusticia y penuria particulares (o a una “marginación” ante el magnífico “desarrollo” capitalista), “datos” ante los que estos “científicos” ponen a competir sus variopintas recetas de corrección. Estos genios en estupidez filantrópico-decorativa no ven que es precisamente el decadente desarrollo capitalista y sus procesos inextricables, aquello que sufren “con plena integración” los grupos humanos, estereotipados de “tribales”, que cooperan con los camaradas comunistas en armas o que pasan a integrarse en sus filas. Grupos humanos muchos de los cuales son privados -alienados- violentamente de su mundo de subsistencia, o fulminados por la misma maquinaria (para)militar-industrial que va “desbrozando el terreno” y “acondicionándolo”.

Mientras este examen sucede de puertas y staffs inter-disciplinares para adentro, y es recogido en videos, conferencias, artículos, seminarios y departamentos, por otro lado la agenda informativa y los programas documentales callan; omisión que contrasta significativamente con su auto-saturarse a la hora de exponer y “reflejar” las turbulencias de rebeliones carentes de perspectiva revolucionaria, que recorren el ancho del Planeta. En efecto, el orden imperialista aboca a los pueblos oprimidos a ser una u otra cosa: rebelde en armas o a pedradas; víctima pasiva y sufriente; sujeto que, reflejando en sí la propia descomposición de los marcos institucionales centralizados en lo que se refiere a darle sostén adaptativo a su existencia, descompone sus viejas fidelidades e identificaciones nacionales y las reemplaza por volcarse en el propio grupo religioso, “étnico” o “nacional”, bajo el paraguas de estructuras en las que experimenta al menos cierta eficiencia de soporte hacia “los suyos”, aprendiendo mientras aceleradamente a demarcarse respecto de y a odiar a quienes hasta ayer tenía por sus paisanos.

Estos desesperados últimos sufren el aumento del expolio por parte de “sus” organismos estatales, cada vez más inoperantes a la hora de garantizarse siquiera el pago a la legión completa de sus estómagos agradecidos y a la hora de seguir privilegiando a determinados sectores “étnicos” o “nacionales”, en quienes logra apoyo este trabajo de despliegue institucional y de captación y manejo de riquezas. Como su reacción ante el agravio de grupo que sufren por parte de otros mejor posicionados, y ante su creciente des-aprovisionamiento y la correlativa erosión de vínculos identificativos con el “marco nacional”, les lleva a romper lazos y a cohesionarse como confesión, secta, corriente religiosa, grupo lingüístico, etc., el orden imperialista los demoniza o ensalza a conveniencia y según se preste la tornadiza oportunidad.

Así, los pesos pesados imperialistas reciben en sus palacios democráticos a esos líderes suyos, que a estos grupos humanos prometen nuevo refugio contra el mundo hostil y el vecino que corre contra ellos al alcance de recursos cada vez más escasos y “malversados” hacia esos otros núcleos nacionales hegemónicos. Aplastan a estos grupos a conveniencia, pero, hasta que tuvieran hipotéticamente que hacerlo, se frotan las manos ante los mapas de ese mundo que el imperialismo tiene en propiedad privada bajo registro de Naciones Unidas. Piensan por dónde harán pasar las nuevas líneas divisorias, celebran cumbres de discusión entre potencias competidoras, se enfrentan indirectamente entre ellas dando paso tras paso a la nutrición y animación de sus respectivos peones, etc. Así sucede que el reflejo social de la descomposición capitalista, que nunca superó para sí el paradigma de estrategia adaptativa, es efectivamente adaptado, o barrido, según sean los cálculos de la geopolítica y en función del resultado a la medición de fuerzas entre potencias -”iniciativas”, “planes”, “ofertas”, “sensibilización”, “apoyo de la comunidad internacional”-, y otros excelsos anunciamientos que embellecen de palabra lo que no es sino el maletín de los “buenos usos” con que el imperialismo “positiviza” para sí los propios brotes de resquebrajamiento del concierto internacional. Brotes inherentes a la evolución del capitalismo con el hundimiento en la miseria que éste trae para el grueso de grupos humanos del Planeta.

Así mismo, y repasando el reparto de papeles y de funciones impuestos por el orden imperialista a las masas oprimidas, la víctima arrinconada y falta de fuerzas y de esperanza al menos en este mundo, encontrará cristiano socorro y será compadecida por las millonarias audiencias de tele-espectadores. Y el rebelde, quien ha dado un paso peligroso que hace de él arma de doble filo, siempre puede ser manipulado en su imagen (tergiversación como “fanático”, “terrorista”, “nacionalista”, “el salvaje violento”, “fuerza de choque anti-civilización”), mientras paralelamente se le espera manipular en su acción real: sea por canalización contra enemigos propios o contra amigos de los enemigos propios; sea por comprensión que se traduce en concederle aquello que sea admisible para el orden imperialista; sea por “civilización” de perspectiva y encarrilamiento hacia “fundirse” detrás de fuerzas democratizadoras que son vistas con buenos ojos, apoyadas o incluso directamente formadas a fin de proveer un balón de oxígeno a un orden de fondo que permanece, pero al que vuelven más integrador, abierto y bien-funcionante.

Pero he aquí que existe un cuarto personaje en discordia: el comunista revolucionario. Aquél a quien no se puede ir exhibiendo tranquilamente por televisión para propagandear “la sabiduría popular” que asume y ejerce el liberal “Principio de resistencia” contra “el mal gobierno dictatorial” (si es pacífico en su ejercicio se le da el Premio Nobel al Pueblo cívico), y así inducirnos a ponernos todos a cantar ufanos por la democracia, suerte de pocos, modelo para todos. Aquél a quien tampoco se le puede demonizar con equívocos que resuenan en las mentes condicionadas de las muchedumbres, activando el click de denostación programada. Pues resulta que sí es el demonio, pero no de “occidente”, “del Bienestar”, “sustractor de puestos de trabajo”, “devorador de recursos y liquidador de pensiones”, “de la civilización”, “de la paz de que gozan las familias en la comodidad del hogar”…; sino demonio del capitalismo, tal y como revelan sin ambigüedad sus banderas rojas, las letras de sus canciones y el orden que forjan en los territorios que han ganado para sí -para la humanidad ya. A ellos mejor no exponerlos ante el pueblo en calidad de “el enemigo” a detestar; mejor es ocultar su existencia mientras se procede a tratar de aniquilar su existencia. Las clases dominantes y sus ingenieros de imagen saben qué temen. Nosotros haremos lo posible para hacer realidad esos temores, y, en tal sentido, si queremos que “aquí” nuestra clase empiece a mirar hacia India, a mirarse en ella, a interesarse por ella, por comprender qué es aquello que la subvierte, eso pasa por contribuir en lo que podamos a que sea una realidad asentada y en irradiación. De tal modo que, al final, el telón ciego con que el imperialismo pretende cubrir las flores se vea desbordado por la pradera que venga a taparlo a él.

Pero, dialécticamente, esa victoria total y expansiva será harto difícil sin la conquista de bastiones revolucionarios allí desde donde parte la maquinaria militar, de intendencia de espionaje y “guerra de baja intensidad”, de ayuda y producción de la “contra-insurgencia”…, es decir, que un acto supremo de solidaridad con la guerra popular en India consiste en continuar avanzando hacia la revolución en nuestro país. A ese fin, que es un medio valioso en relación a nuestros hermanos indios, necesitamos poner ojos, consciencias y todo el apoyo popular sobre India; en tanto que ella es ya referente, y se está auto-produciendo en calidad de referente todavía más avanzado y desarrollado, cuya realidad y vigencia sean soporte material para dirigir el pensar popular hacia esa colosal obra de negación y de superación en que la tendencia a rebelarse deberá tomar forma. Obra donde el fin determina los medios y donde los medios producidos pre-figuran el fin.

El autor es vicedirector de DIARIO UNIDAD de Barcelona, España


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