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Editorial | Villa Rosa

Villa Rosa

La gente está decidida a cambiar y el presidente Maduro debe entender de una buena vez que sí existen razones para ello


EDE

No hubo necesidad de convocatoria, de mayor planificación. El hartazgo, espontáneo como es, se desbordó. No lo contuvo el miedo, ni la propaganda. La gente, cacerola en mano, salió a protestarle en la cara al presidente Maduro. No fue en la Plaza Altamira, ni en un restaurante del Este de Caracas.

El humilde pueblo de Villa Rosa, en Nueva Esparta, salió a repudiar a un gobierno que no ha sabido leer la calle, que le ha dado la espalda a las necesidades de la gente, enfrascándose en una irracional política y en un discurso que desconoce la realidad.

Apenas unas horas antes, el propio Maduro, frente a lo que le queda de apoyo popular congregado en la avenida Bolívar de la capital venezolana, había desconocido la magnitud de la marcha opositora que ese mismo día se realizó a algunos kilómetros de allí.

«la gente, espontánea como es, harta como está, infeliz como la han convertido, no desperdició ni un segundo para increpar al mandatario desnudo, para jamaquearlo a ver si despierta y se da cuenta»

Mintió, quizás impulsado por el discurso cínico que lo antecedió y que mostró la pauta para que la Canciller luego reafirmara, con esa desvergüenza que ya parece marca registrada, que los opositores en la calle fueron apenas 30 mil.

Vivir en una cúpula, rodeado de escoltas y aduladores profesionales tiene esa consecuencia, que la gente tienda a desconocer la realidad; efecto comprensible en un ciudadano de a pie, pero grave, gravísimo, si el nublado rige los destinos de la nación.

En aquel discurso de la Bolívar, Maduro, como desconcertado, incluso intentó hacer un mea culpa, poco creíble, podríamos decir, cuando maldijo a los burócratas que impiden que la gente pueda ser feliz gracias a las acciones de gobierno. En el plano televisivo se le veía a él en el centro de todo, rodeado por el grupúsculo que ha malgobernado sin pudor a esta nación.

El Presidente hablaba de combatir a los burócratas y por todos los flancos estaba la crema y nata de ese engendro. Él, el hombre de las decenas de ministerios, de los incontables planes estériles, de la guerra económica infinita, mil veces perdida, asomaba la necesidad de eficiencia, pero estaba allí, junto a los mismos que lo llevaron el 6D a la peor derrota electoral del chavismo y que, luego, lo han convencido de desconocer a la Asamblea, de coquetear con la locura de su disolución y ahora con el arrebato dictatorial de poner fin, vía decreto, porque sí, de la inmunidad parlamentaria.

Por eso le va como le va, por ese liderazgo nos va como nos va. Y por eso es que la gente, espontánea como es, harta como está, infeliz como la han convertido, no desperdició ni un segundo para increpar al mandatario desnudo, para jamaquearlo a ver si despierta y se da cuenta. La reacción, lamentablemente, no ha correspondido con la humildad de quien se sabe equivocado, sino con la furia del desesperado.

Denuncias de allanamientos, de persecución, contra una gente que ya sufre día a día por no tener comida, por servicios precarios, por ser tratados como ciudadanos de tercera. Es la represión como respuesta a los fantasmas, esa política que apresura el desenlace del mal gobierno.

La gente está decidida a cambiar y el presidente Maduro debe entender de una buena vez que sí existen razones para ello. Aquella burocracia se los tragó, la sobredosis de poder convirtió a los luchadores de otras épocas en esto, en pésimos gobernantes y peores perdedores. El pueblo les ha dado la espalda y bien merecido lo tienen.