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Ser antiimperialista no es conformar una especie de “peña de apoyo” campañera o activista


Tamer Sarkis Fernández

PRIMERO: Sobre la supuesta solidaridad por empatía con una “Alteridad” en revolución o en resistencia

Ser antiimperialista no es conformar una especie de “peña de apoyo” campañera o activista, tal y como si participar de los procesos exteriores de ruptura o distanciamiento con el imperialismo, fuera una cuestión separada respecto de lanzar al proletariado de España (que haberlo haylo) contra “su” burguesía monopolista nacional y contra los poderes “supranacionales” de que ésta se muestra socia/subordinada/beneficiaria/sirviente.

Marx y Engels apremiaban al proletariado británico a solidarizarse con el proletariado y masas oprimidas irlandesas, no por una utópica, irreal y reaccionaria falsa cuestión de llegar a “la igualdad entre naciones”, o a “la igualdad de relación entre los pueblos” bajo el capitalismo, ni a “la libertad de la nación” en abstracto, irlandesa para el caso. Es una contradicción en sus propios términos el famoso postulado de la “Soberanía nacional” en abstracto y separado de qué clases, por su naturaleza en la estructura material, tienen a la patria como interés propio de clase, contra otras clases determinadas a ser vendepatrias por su propia función en la estructura material. Pues la libertad nacional implica lucha de clases en el seno de la propia nación, por ejemplo contra los jefes de determinados clanes irlandeses, convertidos por Inglaterra desde la Edad Media en rentistas protegidos a cambio de entregar los rebaños ovinos. O contra los dueños irlandeses de tierras que ejecutaban las directrices metropolitanas sobre extensión de monocultivos, como la patata.

Si Marx y Engels apremiaban a este abrir las miras, a esta asunción de perspectiva internacionalista en el proletariado metropolitano colonial (a romper con el chovinismo), es porque la sensibilidad y la solidaridad, al poner en marcha la confraternización subjetiva, ayudaban a conducir al proletariado hacia la fraternidad objetiva. Una fraternidad no fundamentada en el ánimo, en el humanismo, en la pena o en la mala conciencia, sino fraternidad como consciencia verdadera. A saber: que bajo las flores que cubren las cadenas del proletariado del país imperialista, hay una capa de sangre, sudor y dolor “extranjero”, con idéntico origen a ése de las cadenas pesando en pierna propia.

De modo que la supuesta “alteridad” resultaba ser, para el proletariado, un buen espejo ante el que adquirir auto-conciencia, al comprender éste, además, que la opresión y explotación “ajena”, y la reproducción de la condición de clase propia, son procesos fundidos en una unidad. Porque quienes más ponían el grito en el cielo “alertando” al proletariado británico de cómo aquellos “gañanes muertos de hambre” llegados en bote a la Isla de Gran Bretaña les menguaban los salarios y les “presionaban a competir” trabajando más duro, ¿quiénes eran precisamente?

(1) quienes, capitalizando la desposesión del pueblo oprimido, generaban las condiciones materiales para ampliar y ampliar la explotación industrial sobre los proletarios de una y otra nación (tuviera ella lugar en GB o en territorio irlandés).

Y (2), quienes arrebañaban parte de ese saldo (capataces, contra-maestres, contables/asesores de fábrica, vigilantes, intermediarios contratistas, ciertos oficiales especializados con control sobre Fuerza de Trabajo tercera en procesos fabriles, apoltronados de las viejas trade-unions social-chovinistas) mientras se esmeraban por aglutinar tras de sí a proletarios tan conservadores respecto de mantener o de blindar ciertas condiciones laborales diferenciales como orgullosos de su pedigree “diferencial” nacional.

Mostrándose el espejo donde el ser social propio se reflejaba siendo cimentado por el ser social “ajeno” mientras tras esa imagen titilaba la siniestra figura del enemigo común, era promovida por los comunistas la lucha de clases entre el proletariado británico, en una espiral de compenetración más y más perfecta dentro de una sola lógica unitaria. Esa intención de, en palabras de Marx, “hacer la vergüenza aún más vergonzosa” (vergüenza de su propia miseria para el proletariado y pueblo español o ibérico) a través de plantearla en su unicidad de causación y de salida histórica, debe animar también nuestra actividad de comité.

SEGUNDO: Sobre el separatismo grupuscular respecto de las fuerzas generales del comunismo

Si por algunos grupúsculos fuera, solamente quedarían legitimados movimientos que estén “puramente” cuadrados dentro de la corriente específica a la que ellos pertenecen (ml, hoxismo, maoísmo, mlm Pensamiento Gonzalo, etc.). Es más: esos grupúsculos hacen pasar por ese mismo tamiz a los apoyos internacionales hacia dichos movimientos. Esto es anti-materialista; es un nominalismo “filosófico” liquidacionista de la solidaridad, del fortalecimiento y del camino hacia la unificación. Porque la idealización de una contribución concreta (por valiosa que ésta sea) a modo de absoluto universal (aunque sí posea ella valiosas e insoslayables aportaciones y premisas de carácter universal), se convierte en embudo para el movimiento real histórico comunista, cuya forma de expresión y acogimiento a una u otra tradición en realidad depende de múltiples factores que en sí mismos, ellos, no son universales. Y (factores) que, participando de la substancia y conteniendo substancia, la expresan a ésta -son una objetivación, o una “alienación” suya en el sentido hegeliano-, pero no son la substancia.

El movimiento real, tras haber hallado la ciencia de su ser y de su hacer revolucionario con Marx, Engels y Lenin (y elevado después por Mao a un estadio superior de desarrollo), es impulsado y forjado sucesivamente en la historia a través de las aportaciones en que va encarnándose (Luxemburgo, Liebknecht, Bordiga, Gorter, Lukács, Stalin), pero estas últimas en modo alguno pueden ser transfiguradas en “ideal” que tomara el lugar del movimiento real. En 1918, por cuestiones históricas que dan como resultante a una fuerza que tiene la hegemonía en ese momento en Alemania, se produce un proceso revolucionario dirigido por los llamados “espartaquistas”, con sus grandezas y sus limitaciones, exactamente igual que ahora el maoísmo abandera el movimiento real en India, también con sus limitaciones. Imaginémonos entonces a Rosa Luxemburgo escribiendo que la solidaridad internacional con tal proceso no es aportativa a menos que se la invista de sus propios tintes “espartaquistas” (insurreccionalismo; “democracia comunista”; cierta visión de que los proletarios, ejerciendo su “democracia de clase” sobre los mecanismos institucionales del Estado capitalista, van cambiando su carácter de clase; oscilación y ambigüedad entre el marxismo y el Kautskismo puro y duro…). E imaginemos simultáneamente a Lenin arrodillándose y llamando a “la conversión” a la ideología implícita al espartaquismo, porque él representaba el último proceso revolucionario en curso: ¡como si la forma y sus aportaciones, que en efecto enriquecen el contenido y lo llevan a auto-afirmarse, estuvieran suplantando al contenido!.

Aunque la comunización y la prosecución de la lucha de clases bajo el marco de Revolución Cultural Proletaria, constituyen la cumbre más alta que ha alcanzado el comunismo precisamente como movimiento histórico, ningún -ismo subsume en sí al comunismo, porque es ese -ismo, con otros (aunque no equiparables entre sí en valor), expresión del comunismo. ¿Por qué no podemos, por ejemplo, apoyar el proceso revolucionario en India, reconociendo en el maoísmo, al mando del proceso, que sus líneas básicas son básicamente correctas y que por ello se muestran movilizadoras, dirigiéndolo en el sentido del comunismo, sobre una “materia prima” histórica?. ¿Por ello nos tenemos que hacer “maoístas”?. ¿Seríamos eclécticos (tal y como nos llamarían los fetichistas de uno u otro líder histórico) por trabajar en la senda de la integración ordenada, de esas expresiones sucesivas que se producen sobre la base de principios comunista general?. ¡Vayan los señores sectarios con sus querellas y sus anhelos supremacistas de capilla santoral, reflejo de la descomposición ideológica en que se encuentra el comunismo, al que tendremos que re-armar echando mano de todas esas herramientas forjadas para él, en uno y otro contexto, en una y otra realidad concreta, por unos y otros grandes revolucionarios de nuestra clase!. ¡Refúgiense los señores fetichistas en su dimensión-talismán, y dejen a los comunistas apoyar a los movimientos históricos que van objetivamente en la dirección del comunismo, más allá de las limitaciones con que caminan empuñando sus faros ideológicos imperfectos y al tiempo reveladores y enderezadores!. ¡Y déjennos criticar esas limitaciones a fin de incorporarlas, superadas, en la síntesis superior del comunismo, que trabajamos por reconstituir!.

TERCERO: Objetivo y subjetivo

Sabemos que todo proceso revolucionario es una unidad dialéctica de co-producción/co-transformación mutua entre dos polos. El polo objetivo vendría a ser “la energía” y el polo subjetivo sería “el orden”. El polo objetivo sin el subjetivo, literalmente “no tiene sentido”. O bien lo perderá, se degradará, “enloquecerá”. A su vez, el polo objetivo es universal y necesario, y marcha al son de un tiempo que no aguarda a que “lo subjetivo se ponga al compás”.

El lado de lo objetivo pueden ser estrellas de fuego e ira iluminando la gélida noche de la banlieu parisina. Pero también puede ser una tormenta interior, que sacude las entrañas del proletario cosificado en “apacible ciudadano”, quemado, hirviente en caos bajo gruesas capas de “identidad”; de pavimento. “El proletariado posee ya el sueño de un tiempo del que ha de poseer ahora la consciencia, para vivirlo realmente” (Guy Debord).

Las relaciones y fecundaciones recíprocas que circulan entre lo objetivo y lo subjetivo, son complejas, y no vamos a esbozarlas aquí. Volviendo al ejemplo de India, “de un lado” tierra y semilla, y, “del otro lado”, sol, lluvia y minerales de subsuelo, se han ido sintetizando y continúan sintetizándose en una forma más compleja, superior, de lo objetivo: en un proceso revolucionario. El CAI, de entrada, por principio materialista, debemos apoyar la Guerra Popular en India por aquello que es, más allá y al margen de aquello que ese ser se cuente de sí mismo y se auto-represente a través de la dirección subjetiva. La planta de la revolución está desarrollándose. Los cordeles y fustas que le dan forma, le dan orientación, enderezan su crecimiento y la sustentan, deciden su destino. Por tanto, ante esa cuestión, nosotros, lejos de ser indiferentes, intervenimos donándonos como materia contributiva a esa actividad de enderezamiento y de sostén (co)rrecto. Ello comporta colisión, o colisión potencial, con el timón del proceso, y esa disposición a colisionar es nuestro mejor servicio a ambos. Flaco favor se le hace a la revolución, exigiéndole salvoconductos de maoísmo integral o de un marxismo leninismo-integral como requisito para poder hacer el viaje a la realidad en movimiento con las alforjas de las ideas.

Esta inversión respecto de la jerarquía dialéctica objetivo-subjetivo, donde, en última instancia, lo subjetivo se da a lo objetivo, a la realidad en proceso de producción, de la que lo subjetivo es Fuerza Productiva, resulta ser, en el fondo, una inversión anti-materialista. Pues, la cuestión de la realidad, y de cómo fundirla más elevadamente con su brújula y faro, de modo que el Partido se encarne efectivamente en las masas y éstas pasen a quedar posesas de éste, queda reducida a una mera cuestión de “actores políticos”, en torno a la que solamente cabría, bien beber y bañarse integralmente en el Ganges de una dirección ya pre-hecha, o “por el contrario” asumir “tu lugar” como “supporter desde fuera”.

CUARTO: La burguesía nacional productiva, ¿siempre y en todo contexto nacional es una clase patriótica y antiimperialista? El caso de India

La burguesía productiva nacional no es en India ningún ente “progresivo” que estuviera bajo una bota oligárquica asfixiante respecto a su papel portador de desarrollo de las Fuerzas Productivas y alumbrador del proletariado. Esa burguesía a día de hoy hace el agosto incorporando Capital Fijo extranjero al tejido industrial de su propiedad, y ella misma exporta capitales al exterior fragmentando su estructura productiva a fin de maximizar inversiones y seguir en la brecha de la competencia. La acumulación capitalista nacional tiene por supuesto sus contradicciones con el hueco reservado a India en el puzzle imperialista; pero tales relaciones tirantes no constituyen un antagonismo que el proletariado deba “desarrollar” históricamente. La producción en India se revoluciona de la mano del padrinazgo yankie a ése su Estado gendarme regional. La estrategia yankie de armar un territorio-competencia frente a China se traduce en una inundación de capitales que a su continuo bombeo enloquece, haciéndolos brincar, los contadores de esos señores “locales” del algodón y de la seda. La producción y acumulación capitalistas ya están en India en proceso de super-desarrollo, lo que, hoy -en el paroxismo de la decadencia capitalista, es decir, siendo mundial la competencia por hegemonizar los mercados de capitales y teniendo la burguesía industrial y financiera indias que manejar/organizar Fuerzas Productivas ligándolas a una división del trabajo más allá de India-, es un super-desarrollo que va inextricablemente ensamblado a imperialismo, belicismo, expansionismo, auto-inmersión en un bloque, totalitarismo de Estado y desarrollo en consonancia de su clase-vástago la Aristocracia obrera, co-finanzas en fusión finanzas indias y extranjeras, inmersión de más y más tierras en la lógica de la agro-industria, etc.

Las formas no deben desorientarnos: la relación de producción puede ser de servidumbre en muchos contextos agrarios, pero inserta en una racionalidad de acumulación capitalista. Esta acumulación se ha tragado el viejo antagonismo terratenientes rentistas-capitalistas. A día de hoy, el terrateniente opera muy a gusto con su propiedad meramente jurídica y la exprime con suculencia, pues arrendándola a la agro-industria está sembrando valorización de su gallina de los huevos de oro. Por lo demás, invierte al menos parte de la renta en finanzas industriales, o en las cotizaciones de la misma agro-industria, que el terrateniente contribuye a capitalizar. “Paralelamente”, para el capitalista agrícola sostener con un “peaje” esa propiedad jurídica, constituye una formalidad: una inversión más, como otra cualquiera, plenamente concorde con la lógica capitalista de sostener Fuerzas Productivas en la medida en que eso da una rentabilidad que no solamente reproduce el Capital en posesión al dividirse en fondo de acumulación, masa de inversión, etc., sino que lo amplía.

En resumidas cuentas, el único antagonismo que el proletariado debe desarrollar en India, es el suyo propio con el Capital nacional indio y, más allá, con la estructura imperialista de bloque que lo contiene dentro de esa relación no antagónica descrita. Tal desarrollo de clase implica incorporar a su propio torrente histórico y tras el horizonte del comunismo, al campesinado pobre, al campesinado sin tierra y a franjas del campesinado pequeño-propietario ajenos a detentar posición burguesa y carentes de cualquier perspectiva respecto de ser proto-burguesía. Esta composición poli-clasista en la base social de la fuerza revolucionaria -que no en su carácter de clase: proletario-, ha de traducirse en particularidades de funcionamiento político y de atención a problemas durante el ejercicio de la Dictadura del proletariado, que reflejan y reflejarán la complejidad de esa realidad concreta.

Pero estas concreciones estructurales y de priorizaciones políticas no significan en modo alguno que el socialismo -esto es, el interés histórico del Pueblo de India, embarcado tras la perspectiva proletaria- quede “postergado” o falsificado en la nebulosa de una entente política popular representativa de clases populares en alianza en lo que ellas entrañan de intereses inmediatos como clases con intereses distintivos bajo el capitalismo. Pues el proletariado sólo tiene sus cadenas que perder. Y puesto que el Estado, o es la Dictadura del Capital o es la Dictadura del Proletariado, y éste es el antagonismo que nos ocupa en tanto que comunistas, antagonismo al que no vamos a dar resolución histórica combinando de mil formas bien-sonantes la palabra “Estado” con la palabra “Pueblo”. India no es la China de antes de la revolución, así que nuestras expectativas puestas en -y nuestra lucha junto a- el movimiento naxalita no pasan por el Estado de Nueva Democracia. Si en ello contradecimos al Partido Comunista de India (maoísta), como si contradecimos a Mao. Estamos convencidos de que él, practicando el análisis concreto de la realidad concreta, el Gran Timonel nos daría la razón para el caso.

QUINTO: La conciencia de apoyo internacionalista a un proceso revolucionario no da per se credencial de revolucionario

La hostilidad disfrazada de “indiferentismo” mostrada hacia el proceso en India por parte de las organizaciones revisionistas y reformistas, es un desentendimiento -cuando no una condena social-pacifista explícita- con la que sin duda estos socialimperialistas (en su salsa como parte de la burguesía mundial primermundista) se auto-identifican y se auto-ubican. Sin embargo, el apoyo a la GP en India no es “la prueba del algodón” que dejara “libres de toda mancha” a quienes en efecto se solidarizan.

Por ejemplo: la Guerra Popular en India está interesando a ciertos sectores anarquistas, lo que les contrapone, una vez más y de principio, al pacifismo, pues los anarquistas tienen clara la necesidad de destruir el Estado capitalista, “operación” en la que no cabe el pacifismo. ¿Significa esto que, a través de esa postura suya, los anarquistas asumen la lección contra el revisionismo?: evidentemente, no, pues asumirla comportaría asumir la cuestión del poder, cosa que no hacen cuando, indistintamente, también apoyan movimientos como el zapatista en Chiapas, al que lanzan sus brindis “por la auto-gestión” sin percatarse de que esa presumida “virtud” de “desentenderse del poder” y de “vaciar de poder los territorios liberados” es el error de fundamento que ha determinado la ya hoy total degeneración de ese movimiento en un lobby armado al servicio de las fracciones burguesas y pequeñoburguesas, quienes se sirven de su presión con vistas a conquistar cuotas políticas y económicas dentro de la matriz de poder existente, es decir, dentro del Estado capitalista y sus relaciones entre actores políticos (enpowerment).

Quienes se muestran hostiles a la GP en India al son de su cantinela presuntamente “demonizadora” (“maoístas”, “Pol Pot”, “dictadores sobre los campesinos” (¿sobre qué clase de campesinos?), etc.), ¿son los voceros primermundistas de la ideología-tapón que despliega la burguesía a fin de aseptizarse de la potencialidad revolucionaria del proletariado?: rotundamente sí. Ahora bien: ¿la hostilidad hacia esa posición hostil es en sí y por sí revolucionaria?: obviamente no, pues en dialéctica -en la realidad- negar la negación de la revolución no significa ser revolucionario, a diferencia de lo que plantea la irreal lógica metafísica, según la que -(-A) = A.

SEXTO: El falso antiimperialismo en Chiapas  

Desde su mixtificación gestionista, el movimiento zapatista circunscribe la violencia a la cuestión de trazar una ilusoria zona franca que fuera a poner “la emancipación” a resguardo, mientras el movimiento se ocupa en dar un segundo uso a la violencia: hacerse oír y obedecer, paradójicamente, por ese mismo Estado al que se lo pretende más o menos expulsado “de la vida”. Así puede llegar estruendosa “la voz de los sin-voz”, apoyada por el fusil, planeando sobre la ciudad y arrancando, al Estado que en ella tiene sus nidos institucionales, “dignidades”, reconocimientos, proyectos de desarrollo, presupuesto, inyecciones a “iniciativas económicas”, porciones de consumo democrático en los entramados decisorios de ese Estado, etc.

Y sin embargo, la sin-razón de tal mistificación es sólo aparente: adquiere plena lógica reaccionaria de clase si se piensa que burguesía y pequeña burguesía indígenas están interesadas en conservar el Estado capitalista, más allá de palabrería libertaria en torno a acometer su destrucción final en día D como colofón de haber ganado la vida económica del país al cooperativismo. Estas clases pretenden, todo lo más, conquistar presencia en democracia mientras consiguen que esa misma democracia “general nacional” en la que entran a tomar parte, les garantice su coto particular gubernativo. En tal carácter de clase reside la particular lógica de la estrategia zapatista del caracol.

El zapatismo invoca su eslogan de “cambiar el Mundo sin tomar el poder”. Se trata del reflejo ideológico de su propia racionalidad sustancial estatista. Los zapatistas necesitan conservar el viejo Estado, precisamente al ser reformistas aperturistas respecto de unas instituciones cerradas a bombearles cuotas de poder tanto como a derivarles parcelas de autogestión y de acomodamiento material a la sombra de la posición ocupada por México en el circuito global del imperio. Su discurso abstracto “anti-poder” y “anti devenir Estado” es la mascarada con que camuflan su nulo interés efectivo en la cuestión del Poder, es decir, en la cuestión de oponer Nuevo Poder a una vieja organización política -nacional y global- al interior de cuyo engranaje los zapatistas plantean llegar a empoderarse.

El autor es secretario del Comitè Antiimperialista y vicedirector de Diario Unidad

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