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Cartas a mi madre (III)

Nada debe durar tanto sin cambiar, madre; sin necesitar el cambio


Amair

Una publicidad en el transporte público me perturbó, madre. Allí estaban unos jóvenes de pieles muy claras y cabellos muy rubios, sonrientes, con los dientes perfectos, anunciando la decisión de estudiar en una universidad privada. No quiero perder líneas diciéndote que esa gente no era como la mayoría de la gente de esta ciudad; menos decirte que esas universidades privadas son un engaño. Quiero contarte que lo que me perturbó, lo que ahora me agobia, fue la frase principal del anuncio. Decía algo así como que esos jóvenes, de menos de 20 años, estaban a punto de tomar la decisión más importante de sus vidas. A los 20 años, madre. ¿En qué mundo se puede concebir que la decisión más importante de nuestras vidas se deba tomar tan pronto? Sin haber vivido solos, sin haber (perdona la palabra) culiado lo suficiente. Sin haber sufrido la vida para saber que las decisiones nunca son definitivas.

Estuve pensando en mi decisión trascendental, hace varios lustros. Contra tus indicaciones lógicas y severas, y las observaciones sosegadas y edificantes de mi padre, escogí el periodismo. Allí, luego, obré mal de nuevo y opté por el deportivo. Si el periodismo es menospreciado (más en Venezuela), qué te digo del dedicado al deporte. Y lo es con justicia, claro está. No seré víctima aquí, madre. ¿Quién nos dijo que unos analfabetas funcionales, en su mayoría, tienen algo interesante que compartir con el público? Bien que bateen y corran tras una pelota, pero no perdamos el tiempo tratando de contar algo diferente al hecho deportivo. Se engrandecen ellos, se embrutecen los lectores y nos deprimimos nosotros, los periodistas. La excepción es Vizquel, claro.

Entonces mi decisión “trascendental”, tomada a mis inmaduros 17 años, por suerte no fue definitiva. Por eso cambié de profesión. Y por eso lo hizo el Negro, que dejó la ingeniería para dedicarse al diseño industrial. O Aleisi, que ya no va a los juzgados sino que organiza fiestas infantiles. O Carito, que se dio cuenta de que la odontología le dejaba un mal sabor de boca y montó su agencia de publicidad. Y puedo seguir, porque a la certeza de que nos equivocaremos, se suma la evidencia de que en Venezuela de nada sirve tener una profesión. ¿Para qué? Sería una frustración doble. ¿Para qué estudiar y graduarse hoy en el país si no hay futuro que estimule? Mejor engañar, revender, secuestrar, falsificar y robar. Mejor vender la conciencia a un ideal político. O, como hicimos muchos, mejor escaparnos y empezar de cero en otro lugar.

Déjame volver a la carga innecesaria de decirle a alguien menor de 20 años que cuidado con lo que elige; que si se equivoca pierde. Y así los colegios se lucran con psicólogas inútiles que intentan descubrirte (o imponerte) una “vocación profesional”. Absurdo. La vocación nuestra es al placer; a los impulsos animales. Nunca al trabajo. Y si tal cosa existe es muy poco probable descubrirla antes de los 20. En vez de vocación debemos pensar en nuestra preparación; en la educación. Ella debe ser humana, moral y justa. Libre, práctica y experimental, sin conservadurismo social y religioso. Y a partir de esos principios éticos, debemos tener la confianza para perseguir la profesión o la ocupación que nos mantenga cerca de la felicidad, aunque sea por un tiempo.

Es el mismo miedo que inoculan las iglesias y los amargados del mundo impidiendo el aborto: quieren responsabilizar eternamente a un adolescente irresponsable (nota la redundancia) por embarazar -se-. Como si los demás no cometieran errores. Recuerda el afiche de Los Simpson que me regalaste, donde Carl Carlson dice “Everybody makes mistakes. That’s why they put erasers on pencils”. Lo mismo pasa con la universidad: casi siempre nos equivocamos.

No se trata de menospreciar las decisiones y la importancia de saber elegir. Al final la vida es eso, una interminable cadena de decisiones. Pero tampoco tenemos que estigmatizar a los equivocados; vilipendiar a los erráticos. De los desaciertos suele aprenderse más. Como decía Wilson cada vez que volvía de un juego de softbol y le preguntabas si habían perdido de nuevo: ganamos experiencia, tía. Ganamos experiencia. Y se empinaba la cerveza con alegría.

O en todo caso, ¿quién dijo que siempre son errores o fallos? Recuerdo al viejo Ignacio, que consideraba fracaso todo lo que no salía como planeaba. Una relación que terminaba: fracaso; un trabajo del que era despedido: fracaso; ir al cine y no encontrar entrada: fracaso; ir a un restaurante y no disfrutar de la comida: fracaso; regresar a Caracas después del exilio: fracaso. Un infeliz crónico, por supuesto, y el hombre más aburrido que conocí. Incapaz de aprender que la mayoría de las veces nuestros planes no se cumplen. ¡Y gracias a todos los azares de que sea así! Quizá un día el viejo Ignacio deba escuchar a Dan Auerbach, que canta “forget about the things you want. Be thankful for what all you got”.

Al final creo que solo pretendía tranquilizarme por lo que vi en el TransMilenio, madre. Por la rabia que me causa ver cómo la sociedad nos presiona y muchos cedemos a ella. Porque yo caí en esa trampa. Bien dice Solzhenitsyn en Pabellón de cáncer que “una de las situaciones más penosas del género humano es que, a la mitad de su vida, las personas no puedan gozar de una tregua lenificante, cambiando bruscamente de ocupación”. Nada debe durar tanto sin cambiar, madre; sin necesitar el cambio. Lo único duradero deben ser las oportunidades y nuestra voluntad para perseguirlas.

Quiéreme a los perros, ma.

Tu hijo.