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La economía política se auto-presentaba como una auto-apología


Tamer Sarkis Fernández

La economía política: auto-apología del modo de producción capitalista

Marx aborda la cuestión de la Economía Política como ideología que ésta es, pero no en una acepción que luego le ha dado el marxismo a “ideología” –como mera falsa conciencia o como táctica del engaño-, sino ideología tomada como forma de enunciar verdades que obvia dos factores. El primero es la fundamentación histórico-política de estas verdades. El segundo factor es el destino de estas verdades hacia auto-disolverse, destino inscrito a la determinación de la Economía Política a desarrollarse, más deprisa o con mayores frenos reformadores, en determinado sentido.

Es decir, la Economía Política se auto-presentaba como una auto-apología. Esta auto-apología se expresaba en dos versiones: 1. Bien como el puente aéreo directo al Fin de la Historia (Kant) que con los derechos, las libertades, la ruptura con las brumas religiosas, el comercio remplazando a la guerra, la razón libre de mitos y prejuicios, la ciencia, la competencia como estímulo a la creatividad y a la calidad empresarial, la productividad creciente, la sofisticación tecnológica, la investigación…, iba transportando a “el Hombre” hasta la Paz Universal y el Bienestar. 2. Bien como la infraestructura material que permite por fin el viaje humano eterno de perfectibilidad, esto en las filosofías ilustradas francesas, donde no hay un Fin de la Historia kantiano, sino unas perspectivas de Progreso infinito que la burguesía ha destaponado. Bien: Marx demuestra que, analizando la Economía Política como totalidad[1], ese análisis sólo puede expresarse objetivamente como la crítica de la Economía Política. Ello no porque el capitalismo sea “inhumano”, “injusto” o “inmoral” (cosa que se puede discutir, preguntándonos primero qué significa esto e, inextricablemente, para qué clases lo es y para qué clase no lo es), sino porque, con las matemáticas en la mano, se demuestra que la acción de las variables entre sí, es una acción dinámica, que va transformando la Economía Política no hacia el cumplimiento de la prospectiva burguesa, sino hacia la imposibilidad de las variables y la caducidad de la Economía Política misma. No necesariamente porque el sujeto revolucionario la destruya, sino posiblemente también, en cambio, por la culminación de la decadencia capitalista en su paroxismo destructivo[2] en caso de que la decadencia llegara a un punto que fuera anulada la capacidad de respuesta proletaria. ¿Por qué?: fundamentalmente por dos motivos, que no tienen prioridad el uno sobre el otro, sino que forman un círculo creciente de alimentación mutua.

El primero de ellos es la sobreproducción: ésta no se debe a un delirio ni a un furor “productivista” de los capitalistas que tendrían esa moral o ese interés ambicioso, sino que es intrínseca a la explotación y al trabajo asalariado. Como el salario contiene menos valor del que el proletario ha producido como mercancías, y que es apropiado por el capitalista, esto significa que el dinero que la burguesía pone en circulación como salario suma menos de lo que sería necesario para absorber la oferta mediante el consumo. O sea, que Sumatorio de salarios es menor que Sumatorio de precios de las mercancías. Los burgueses y las burguesías, que compiten entre sí, disponen de un antídoto: despegar de ese mercado limitado y ampliarlo, o presenciarse en mercados ya existentes, a competir. Para ser competitivos, las mercancías deben ser más baratas que las de otros ofertantes, lo que sólo pueden conseguir incrementando la Tasa de explotación y disminuyendo la proporción orgánica del Capital, es decir, maquinizando la producción. Y esto todos; en su carrera competencial.

En ese punto entronca el primer motivo con el segundo, que es la caída de la Tasa de ganancia: el resultado de la operación descrita es que ésta desciende, porque el recorte de la proporción de Capital circulante (FT) frente al aumento correlativo del Capital constante (Medios de Producción), da como resultado menos plusvalía por mercancía (hay menos FT interviniendo) y en definitiva menos valor por mercancía (porque la tecnologización disminuye el tiempo de trabajo socialmente necesario). Obviamente, esta disminución de la Tasa de ganancia busca ser compensada por el hecho de que esa burguesía que ha ganado en productividad (Producción/Unidad de Tiempo), produce más unidades mercantiles y, por ende, su ganancia global potencial aumenta. Pero ese aumento sólo se hace efectivo si el mercado se amplía de forma que pueda absorber esa cantidad de mercancías producidas, con lo que el antídoto interpuesto a la sobreproducción ha resultado culminar en sobreproducción. Y así sucesivamente, porque las burguesías en competencia por imponerse en un mercado y ganarlo para sí, buscarán todas ser “competitivas” tecnologizando la producción e incrementando la productividad, lo que disminuye la Tasa de ganancia. Esta caída determina a producir más y a pelear por mercados suplementarios tanto como por imponerse en aquellos donde se ya concurre, lo que determina nuevas inversiones en la adquisición de Medios de Producción y en su desarrollo. Y, de ese modo, una nueva fijación del tiempo de trabajo como variable determinante del valor mercantil y una nueva reordenación en la composición del Capital como Capital fijo y Capital circulante; un grado más en la caída de la Tasa de ganancia…

La Economía Política es, por tanto, tres cosas distintas, a la vez que solidarias entre sí, y esto Marx lo capta:

1º. Es una realidad objetiva. Fundada históricamente, pero objetiva.

2º. Es una ciencia, que explica objetivamente el funcionamiento de las variables de esta realidad histórica que ella misma es. Pero una ciencia que es ideología en tanto que omite que esas variables son las partes de una totalidad cuya naturaleza es dinámica y contradictoria en el sentido hegeliano de la dialéctica negativa, es decir, que su realización es su disolución y su consumación total es su colapso total: al final el Mundo será un mercado, no se podrán ampliar mercados pero continuará el ciclo retroalimentado de la sobreproducción. Por tanto, proliferación y recrudecimiento de guerras; precarización porque cada burguesía en competencia intenta paliar la sobreproducción actuando sobre los costes y sobre la productividad, pero la capacidad de perfeccionar unas técnicas, una organización del trabajo y unas máquinas en pro de la reducción del tiempo de trabajo por mercancía no es ilimitada[3]. Eso no implica que la Economía Política posea fecha de caducidad, pues justamente la Economía Política como ciencia y como técnicas políticas sobre la producción, parchean y traban el proceso, aunque no invierten el sentido del proceso. Esta premisa es la negación radical marxiana, de la contraposición “marxista” entre “ciencia” e “ideología”, pues la Economía Política es ideología precisamente en tanto que es ciencia positiva. Es decir, en tanto que parte, en su análisis, de unos hechos positivamente constatados, y en torno de los cuales rechaza “especular”; se ciñe a registrarlos empíricamente sin ver que son epifenómenos de una relación social, con lo que solidifica estos hechos como categorías constantes, inmutables y de funcionamiento interactivo que se supone armónico. La Economía Política como ciencia es, en síntesis, teoría de cómo se integran las variables en una unidad armónica, aunque para lograr la armonía haya que reajustarlas y no baste con el mercado; es diagnóstico de un estado de la economía; es prospección (valoración de condiciones de mercado y de inversión); es prospectiva; es recetario de medidas correctivas.

Por ejemplo, Adam Smith no había ignorado la naturaleza contradictoria de la Economía Política, y lo expresa en el sentido de que las necesidades sociales no avanzan a la par de la producción; es decir, la mercancía se presencia en lugares donde los sujetos no han adquirido la necesidad social de éstas. Pero Adam Smith describe esta naturaleza contradictoria como un ciclo económico con capacidad de reconstituirse infinitamente, porque la “Ley” de la oferta y la demanda, es decir, “la mano invisible” del mercado, absorbe la crisis. La Economía Política sería, por eso, un bucle indestructible, donde hay una inauguración inicial de una esfera de consumo puesto que la producción se ha ampliado y ha innovado qué consumir –mercancías nuevas-; hay por tanto inflación; luego hay una contracción del consumo, crisis de sobreproducción y por tanto deflación; una nueva estimulación del consumo por esa deflación, por la diversificación de la producción (traslado de la inversión a otros sectores o su inauguración) y por una División del Trabajo que cada vez desarrolla más su esencia científica (en su famoso ejemplo de la fábrica de clavos) y que incrementa cada vez más la productividad; esto permite bajar nuevamente los precios y posibilita el incremento cuantitativo de la producción, lo que permite vender más y abrir mercados, y esto no es sino el inicio de la fase expansiva del ciclo…

Otros han coincidido con Smith en que esta reconstitución eterna se logra, pero no por obra de las leyes del mercado, sino debiendo intervenir el Estado en la creación de demanda. En la crítica marxiana de la Economía Política están refutadas estas dos previsiones, ya que la caída de la Tasa de ganancia imposibilita la reunión, por la burguesía, de un presupuesto en su Estado que sirviera a la generación de demanda, y que sólo puede continuarse valorizando el Capital invertido precarizando cada vez más el trabajo y las condiciones de existencia del proletariado.

Otra categoría con la que opera la Economía Política es una variante de la “Ley” de la oferta y la demanda, que es conocida como Ley de Say: “La oferta crea su demanda integral”. Hemos comprobado que si se tiene en cuenta la variable “explotación” –tiempo de trabajo, o valor producido, que no adopta la forma de salario- la demanda global no puede igualar a la oferta global, y ello no por una cuestión sociológica o psicológica de la creación de una actitud masiva más o menos consumista, sino porque el dinero en manos de los proletarios no es todo el valor, sino, al contrario, la parte del valor que el capitalista destina a reproducir la FT.

Otra categoría es aquella ricardiana del Valor-trabajo. Preso del fetichismo de la mercancía, Ricardo había creído hallar la clave del valor de “lo producido”, en el tiempo de trabajo socialmente necesario. Marx afirma que esta averiguación es tan exacta y científica, como particular (válida en lo que se refiere a la producción mercantil) e histórica. La producción orientada a producir valor intercambiable, en lugar de orientada al uso, es el reto a destruir, y “por otra parte” su existencia se dirige hacia su negación, porque la exigencia de ampliar mercados es exigencia de producir más y de situar el producto antes que los competidores; ello exige incrementar la productividad, que reduce el valor contenido en cada mercancía. Intentar mantener la Tasa de ganancia a partir del plusvalor más reducido que contienen las mercancías, dependerá fundamentalmente de reducir el valor destinado a la FT, con lo que se precariza el trabajo, se recortan los salarios, se destina menos Capital a asistencia social de masas vía Estado, se contrata menos FT (lo que es un nuevo giro de tuerca a la disminución del valor producido y asienta así las condiciones de más precarización), etc. En definitiva, la traducción social de un orden de la producción orientado al valor no es el happy end de abastecimiento universal que pronostica la Ciencia económica, sino, en última instancia, condiciones cada vez más miserables de vida, y ello avanza superponiéndose a cada dique propuesto desde la Economía Política como ciencia, y aplicado como Política Económica desde el Estado y desde las empresas.

Otra categoría de la Ciencia económica era el beneficio, que era supuesto bien como el resultado de la avaricia, bien como el resultado de la competencia, pero, en cualquier caso, se achacaba a la competencia misma fundarse en la avaricia, no siendo esto objeto de reproche moralista, sino, al contrario, exaltación de resultados (“Vicios privados, beneficios públicos” que dijo Condillac). Marx niega esta explicación, que naturaliza la competencia como si fuera el producto social de un “vicio humano” que siempre habría de abundar en algunos (“la avaricia”). Así, la competencia no es una “relación humana” abstracta, sino la cualidad del ser social de la burguesía, ser social fundamentado en la sobreproducción, determinando a vender si no quiere un capitalista ver absorbido su Capital por dueños otros de los mercados. Y, como hemos visto, la sobreproducción es alimentada por la competencia, estando ambas variables no en una armonía, sino atrapadas en un atolladero histórico del que no pueden salir y que fortalecen a cada respuesta dada.

Otra categoría era el Homo economicus, concebido como “Naturaleza humana” que fundamentaba la naturalidad supuesta a la vida social en el capitalismo. La burguesía –no sólo sus economistas, sino sus sociólogos poco más tarde- afirmaban que el Homo Economicus se internó en una carrera que habría estructurado la sociedad en “unos que están arriba y otros que están abajo”, porque unos, animados por ejemplo por la doctrina calvinista de la Predestinación, tuvieron éxito en sus negocios y otros no se esforzaron, o no consiguieron hacerse con Capital (talleres, herramientas de trabajo, máquinas, materias primas, dinero que invertir en la adquisición de estos, etc.). Marx analiza el Homo economicus como la supercosificación humana propia de la sociedad burguesa. En los proletarios, consecuencia de la privación de la propiedad de medios de vida y de Medios de Producción. En la burguesía, consecuencia de que los capitalistas tienen que acumular más valor y estar así en condiciones de invertir más valor que sus competidores en Medios de Producción, si no quieren ser tragados por otros más fuertes. Entonces, no es el Homo economicus una categoría determinando la adquisición de propiedad capitalista y la actitud proletaria en el consumo. Fue, por el contrario, la privación de la propiedad, el proceso sobre el que se asienta, tanto la adquisición, renovación y desarrollo de Medios de Producción por la burguesía, como la importancia del consumo en la conciencia de los proletarios. Pues el consumo no está asegurado al no ser propietarios de los Medios de Producción, y ni siquiera del producto específico cuyo consumo es condición subsistencial.

3º. Pero no olvidemos que, además de una realidad objetiva, y de un conjunto de teorías, análisis y recetas científicas, la Economía Política es una tercera cosa: es ejercicio del poder para aplicar un saber técnico en torno a la división del trabajo y a la parcelación infinitesimal de las tareas, la especialización de los proletarios en unos u otros fragmentos del proceso productivo, el acoplamiento entre el proletario y la máquina hasta la fusión perfecta de ambos. Las formas distributivas y normativas de la FT, en la fábrica o en el lugar de trabajo en general, son relativas al hecho de que la Economía Política como realidad objetiva –como sumisión de la actividad social a la acumulación ampliada de Capital- atraviesa por fases diversas: así, taylorismo, fordismo, cronometraje de los ritmos de trabajo, Organización Científica del Trabajo, son formas concretas, que beben unas de otras, como momentos situados en una cadena evolutiva, pero, que debido al desarrollo objetivo mismo de la Economía Política, quedan suspendidas durante periodos determinados. Como en la primera supercrisis de caída de la Tasa de ganancia (mal llamada “crisis del petróleo”) que se inicia a finales de los sesenta. Entonces, la continuidad de mecanismos cuyo resultado es el incremento de la productividad, empieza a percibirse como extremadamente problemática, porque estas medidas técnicas ahondan más en la caída del valor contenido en la mercancía y por tanto obligan a sostener la tasa de ganancia golpeando más y más el trabajo y la vida de los proletarios. Este golpeo político tiene que ser adoptado (llegan Reagan, Tatcher, Felipe González, etc.). Pero, intentando evitar adentrarse en una espiral de caída siempre suplementaria de la Tasa de ganancia, lo que suscitaría que nunca se diese abasto con una Política Económica cada vez más brutal y por ello problemática (paz social, caída del poder adquisitivo y del consumo, con lo que se ahonda más en la sobreproducción), las burguesías tratan de reordenar la producción y de “racionalizar” esa colosal productividad; ese desarrollo excesivo de las FF.PP. Por eso no es casual que precisamente en ese contexto surja un Director General, de la Volvo, afirmando que “hay que cambiar de actitud y superar el productivismo”; que la producción debe ir más orientada a “la calidad” que a “la cantidad”. No es casualidad que el japonés Ohno escriba su método de relaciones laborales y de trabajo en equipo (el llamado “método Toyota”). No es casualidad, en fin, que empiece a prestarse atención a las recetas propuestas por la Escuela de las Relaciones Humanas, etc. Finalmente, la “solución” transitoria es hallada en transformar el Planeta no sólo en un mercado, sino en una fábrica –lo que llamo la fábrica-Tierra-, de modo que los procesos productivos se fragmentan mundialmente y puede tratarse de restituir la Tasa de ganancia vía incremento de la Tasa de explotación, con lo que vuelve el trabajo en cadena, la OCT. Así que, en definitiva, el Método Toyota, los equipos interactivos o la Escuela de las Relaciones Humanas no se aplican precisamente…

La vida sometida por la economía política: Fundamentación del panoptismo y producto del panopstismo

Es decir: la Economía Política es, en esta tercera acepción, ejercicio del poder, determinado por la racionalidad de la producción capitalista, por la necesidad de mantener privada la propiedad de los Medios de Producción y de un producto que es mercancía –no directamente apropiado por el productor-, y, por último, debido al hecho de que la Economía Política como ciencia erra, en sus pronósticos y en la validez definitiva de sus recetas como parachoques a desplegar desde el Estado y su Política Económica. De modo que el estudio de las presencias de los productores en la fábrica, y los ensayos políticos encaminados a fijar estas presencias, ordenarlas, secuenciarlas, temporalizarlas, no tienen fin en el capitalismo y se van modificando mutuamente; los estudios en lo que dicen, y la organización del trabajo en lo que hace. Estas maneras, mutantes y progresivas, perfectibles hasta cierto punto durante toda la trayectoria histórica del capitalismo, sólo pueden pronunciarse gracias a lo que Foucault llamó una óptica, que vela por la aplicación de tales maneras, y que indisolublemente a ello produce un saber in situ, un saber “de campo”[4], que pasa a la Ciencia económica y a la Teoría económica, y es usado por estas dos como material de contrastación. También son, por supuesto, estudios empíricos ordenados directamente por la Ciencia y por la Teoría económica, cuyos resultados de investigación, trascienden, si conviene, al nivel de la Organización del Trabajo y de la gestión de las relaciones entre los productores en la fábrica. Total: los niveles conceptuales B y C de la Economía Política están en comunicación, intregrados en un solo nivel, “un mismo poder-saber”. Algunas de las maneras básicas y primigenias precedían al capitalismo, pero la burguesía las imantó en la fábrica, en las Work Houses y en las calles[5]. Sin embargo, la burguesía, al colonizar no sólo la producción, sino un abanico de espacios de poder pre-burgueses (hospitales, clínicas, escuelas, cuarteles militares, etc.) al tiempo que abre otros espacios de poder (el psiquiátrico, la prisión, etc.), hace que esas maneras, que provenían de fuera del orden productivo estrechamente “económico”, atraviesen la fábrica y salgan disparadas hacia unos y otros espacios que componen “el archipiélago carcelario”. Al ser los sujetos espacializados, objeto de conocimiento y de clasificación taxonómica, las tipologías van poblándose de categorías y de subcategorías según los tipos descubiertos y la cantidad de casos contenidos en cada tipo. Y esta labor política de “descubrir” tipos, de “descubrir” sujetos, en función de, por ejemplo, cómo responden y en qué ritmos a los objetivos productivos de la institución para con ellos, da lugar a nuevos espacios de poder (escuelas para retrasados, centros para superdotados, centros de rehabilitación, de desintoxicación, aulas de psicopedagogía para niños hiperactivos, etc.) que no estaban previstos, sino que son la respuesta a las nuevas subjetividades descubiertas/producidas por los espacios “de primer orden”. El hecho de que el cuadriculado/intervención sobre el sujeto sea dimensional (como niño, como consumidor en según qué grado y según qué motivación de según qué sustancias, como analfabeto que no puede relacionarse con el Estado y con la sociedad civil cuando viaja a la capital, etc.) determina que los saberes sean especializados y, los profesionales, especialistas. Pero a su vez, cierto paradigma cognitivo holístico de que el sujeto es una multiplicidad y de que “si no funciona todo, nada funciona”, deslocaliza a los profesionales interdisciplinariamente y despliega transversalmente los saberes, dando lugar a neuropsiquiatras infantiles especializados en psicofarmacología, a psicopedagogas logopedas, a bio-criminólogas expertas en teoría de la comunicación o a asistentas sociales con un doctorado en teoría sociológica constructivista.

Bien: mi tesis es que Marx proporciona la clave científica –matemática, econométrica- de por qué[6] el panoptismo y las disciplinas; y, por tanto, de por qué Foucault caracteriza el poder que se ejerce en la sociedad burguesa, exactamente como lo que es. En las sociedades de producción no capitalista, las RR.PP. habían sido garantizadas por la Ley al ser cumplida. La Ordenanza Real procuraba la reproducción de la clase dominante en Palacio y en la Corte (tributo básicamente en dinero; Patria potestas que se había desplazado desde el Derecho romano al Absolutismo, y que reaparecía como derecho del monarca a enviar a la guerra a sus súbditos para la preservación o la ampliación de fronteras). El Contrato de Vasallaje era el marco punitivo que procuraba la reproducción de la clase dominante en el campo, mediante la tributación de plusproducto. Con la toma burguesa de la producción, la Ley deja de ser el garante central de las RR.PP., porque su aplicación, que había dado vida plena y suntuaria a monarcas, cortesanos, Nobles y Aristócratas terratenientes que habían fijado su residencia en las ciudades, no sirve para producir valor. La Ley es en ello remplazada por la Economía Política. Foucault se comporta en esta cuestión exactamente como Marx: los dos son la negación viva de la apología progresista o izquierdista de “la Historia” –incluida como “marxismo”. Esta habla de los cambios en la penalidad como el efecto de cambios en el orden de las ideas, del Progreso en la sensibilidad moral, del desarrollo de “la Civilización” (antes), de “la Humanidad” (después) o de “los Pueblos” y de “la Democracia” (hoy). Por eso sería que habría ido quedando atrás la pena de muerte en las sociedades “occidentales” (relativamente, por lo demás), y por eso sería la pérdida de centralidad punitiva de la tortura y del escarnio. Estas habrían sido los gestos del salvajismo “propio de otros tiempos peores”; la violencia irracional de un poder que muere bajo la luz de la Razón. Contra estas pseudo-explicaciones idealistas burguesas, el materialismo dialéctico (en Foucault) demuestra que la historia del Derecho con motor en las ideas, partícipe en la super-historia de “la humanización”, no existe. El Absolutismo practicaba una penalidad perfectamente racional en el marco lógico de un poder que tenía que ser como “el ojo de dios” y “la ira de dios”, auto-anunciándose cruelmente para que la Ley, alienante de producto e inmovilizadora del productor en el Factor de Producción tierra, fuera acatada. ¿Suavización de la sangre vertida por el poder en la sociedad burguesa?; ¿rebaja drástica de la crueldad, del dolor y del ensañamiento?: quizás. ¿Pero cómo explicar este proceso: en base a la ganancia de terreno por la Razón frente a la sinrazón de un poder explayándose porque sí, por el poder (como se dice que describió Foucault al poder, y que es lo inverso a su análisis)?. ¿O cambio de racionalidad, desde un poder que destripa brutalmente las energías de la infracción, a un poder que es un colosal amplificador de la energía social y su conductor utilitario?. ¿Y en relación al cambio de objeto político que implica ese desplazamiento de racionalidad política?: seguro. La historia del orden punitivo no es la historia de la Moral, sino que se inscribe en la materialidad de los cuerpos. Es la historia de los cuerpos –y más concretamente, la historia política del cuerpo-, porque la reproducción de las relaciones de clase pasa por tomar políticamente el cuerpo de una forma o de otra.

Así, la Economía Política como ejercicio del poder es el antídoto no absoluto del desarrollo del capitalismo y su disfuncionalidad, tanto para la burguesía tomada como un todo, como para cada burguesía nacional y para cada burgués empresarial, compitiendo con las demás empresas y naciones. Porque, dado la caída de la Tasa de ganancia, el descalabro unitario sólo se puede retrasar, mientras que la supervivencia burguesa no puede ser auto-agenciada más que a nivel particular (a nivel de bloque supranacional, a nivel nacional o empresarial). Ya que el ser social de la burguesía podría ser descrito metafóricamente como una muñeca Matriushka: una superposición de esferas consecutivas, cada una de las cuales anida la competencia en su seno, pero cada una de las cuales es un cuerpo unitario en relación a la esfera inmediatamente superior que es también marco competencial[7]. Y así sucesivamente hasta llegar al supranivel de unidad (el Estado mundial llamado ONU), que es la muñeca-madre unitaria para afrontar cuestiones de interés burgués internacional común, pero que por supuesto es al mismo tiempo un marco de competencia y por ello el instrumento de las burguesías nacionales y supranacionales más poderosas. El capitalismo es la realización social de la metáfora recitada en el aforismo beduino: “Yo contra mi hermano; mi hermano y yo contra mi primo; mi primo, mi hermano y yo contra el forastero”.

El sujeto reificado y sus derechos

La estructuración capitalista de la producción gesta unas reificaciones humanas, que deben ser objeto de reconocimiento jurídico, de amparo, de protección y de regulación reales porque son las subjetividades objetivas –reales- en que el capitalismo encadena la indeterminación que es el animal humano. Y que tienen que funcionar porque a través de ellas y sólo a través de ellas puede funcionar el ciclo de la mercancía, desde su producción a la dineralización de su valor y su conversión en Capital para acumular o para convertir en otros tipos de Capital (constante: Medios de Producción, o variable: Fuerza de Trabajo). La regulación jurídica del consumidor, del obrero, del ama de casa, del estudiante, de la prostituta, del enfermo, del niño, del ciudadano democrático, del okupa tallerista, animador, generador de ilusión y asistente social en países como Italia, Alemania u Holanda, del votante, del sindicalista, de la sociedad civil asamblearia que participa, que propone, que se reúne con el gobierno o lo impugna…; la regulación jurídica de estas cristalizaciones mediante la adscripción de los derechos de cada una –el derecho a la sanidad, el derecho a la educación, el derecho a techo, los derechos de los sin techo…-, no es un farol ni un timo, sino la esencia de las relaciones sociales en el capitalismo. Tampoco es algo que a priori no le interesa dar a la burguesía, es decir, una concesión arrancada por el proletariado (“una conquista histórica”). Otra cosa es que, como reificaciones, no pueda atarnos completamente –o a penas pueda atarnos- a nuestros derechos de cada una que somos, porque el proyecto verdadero jurídico burgués está edificado en ese castillo aéreo que es el deseo separado de lo que el propio capitalismo posibilita. Ello porque el burgués como burguesía, organizado políticamente en Estado, ve más, y ve con ojos de clase –no particulares personales-, las relaciones sociales salubres que hay que desplegar. Pero como burgués individual –precisamente por hallarse en relación de competencia con otros- es miope: no ve como burguesía, sino su óptimo de beneficio inmediato, con lo que difícilmente está dispuesto a colaborar en hacer funcionar los derechos sobre el terreno. Aunque al mismo tiempo, sinceramente y no como hipocresía de lo “políticamente correcto”, le parezca indispensable que se cumplan todos los derechos…, que discurren en paralelo a su óptimo utilitario individual o de empresa.

Sirva de ejemplo el trabajo del ama de casa –el trabajo reproductivo. Este ha sido tradicionalmente condición de posibilidad para el trabajo asalariado. La burguesía, tras un lapso de inserción fabril de hombres y mujeres, dividió el trabajo con arreglo a sexo porque le calculó una rentabilidad mayor que la inmersión femenina en el salariado, ya que la División Sexual del Trabajo garantizaba unas mejores condiciones de reproducción de la FT. Si la reproducción de esta FT femenina misma hubiera requerido un salario, la Ley le hubiera reconocido a ésta algo así como “el derecho del ama de casa a recibir un salario”. Ello no fue necesario porque el nivel de consumo social en el proletariado era bajo. Que el Capital hubiera sido capaz de proveerlo de facto es otra cuestión; no cabe duda de que ahora no es capaz. Pero esto no significa que éste carezca hoy de interés verdadero, o incluso de necesidad, con vistas a estimular el consumo. En la medida en que no es capaz, tiene que desmantelar una reificación –el ama de casa- que no puede hacer funcionar jurídicamente, y estimular otra reificación –la mujer trabajadora, aparejada a su día conmemorativo, a las políticas y campañas sinceras desde el Ministerio para el avance de su igualación, a la constante propaganda de “la virtud” que es “ser independiente”, etc.-, porque el consumo socialmente necesario es otro hoy y determina la ampliación del salariado.

Libertad, igualdad, fraternidad

Es frecuente decir, respecto de la consigna burguesa “Libertad, Igualdad, Fraternidad”, que no son más que palabras; la bandera de enganche para la carne de cañón que esta clase lanzó contra la Nobleza, masa beligerante reclutada entre la villanía y el campesinado. Otros matizan que, más que palabras engañosas, reflejarían la gran Utopía “humana”, irrealizable de la mano burguesa eso sí, y que tendrá que traer el proletariado. Algunos más niegan que esto que se presenta como un triunvirato con voluntad de regir la sociedad y sus relaciones, sea reductible a palabras; sintetizaría grandiosas verdades, pero verdades que la burguesía presenta como sociales integrales, o como en vías de serlo, ocultando su condición parcial –necesariamente en el capitalismo o por negligencia y “egoísmo burgués”-: su condición de ser válida tan sólo para una minoría y vedada al acceso de los más.

Grandes dosis de verdad hay en todas y cada una de estas interpretaciones. Quizás su mayor carencia resida en que, al tomar como premisas referenciales, bien la vacuidad del lema, bien la no-intencionalidad real de desplegarlo, bien la imposibilidad capitalista de socializarlo en igualdad, estas perspectivas nos disuaden de pensar el poder como implementador del proyecto real de Libertad, de Igualdad y de Fraternidad en tanto que conceptos cuya verdad, más allá de las apariencias, quizás no nos interese abrazar. De lo contrario, quizás nos arriesguemos a definir prácticas de lucha que sean el desenmascaramiento de una abstinencia política y de las rentabilidades que reporta a la burguesía el usar los elementos de ese lema como una fanfarronada. Ello mientras la burguesía continúa desplegando la “Libertad, Igualdad, Fraternidad”, sonriendo entre dientes respecto de que nos hayamos convertido en un apéndice suyo de mala conciencia; una voz de alarma quejosa de déficits. O aún peor, que desengañados de lo que tomamos por una “falta de interés del poder”, decidamos tomarle el relevo y dirijamos las luchas hacia asegurar realizaciones de lo contenido realmente en las premisas, presumiendo su deseabilidad sin haberlas analizado, a ellas y a la democracia, en relación a qué suponen a y qué es lo que pueden suponer si más perfectamente consumadas.

Por eso prefiero tomar por objeto de análisis crítico la verdad de esta síntesis de valores e intenciones, insisto que funcionales, o mejor dicho, permisivas de la continuidad de la sociedad burguesa, aunque alberguen dosis de embaucamiento y mixtificación. Prefiero preguntarme por el funcionamiento de la abstracción -por su concreción- en lugar de negarle todo funcionamiento efectivo por ser “mera abstracción”. Volver a preguntar, como hizo ya Lenin: “¿Libertad para qué?, pero no para dar la respuesta que el leninismo formula: “Es la libertad para explotar”, verdad parcial que, creo, no conduce al fondo del asunto. ¿La fundación de qué relaciones sociales persiguió la burguesía posibilitar, con su lucha provisora de Libertad?. ¿Porqué y en qué términos es, en definitiva, consubstancial al Modo de Producción capitalista?.

No importa si partimos del elemento “Igualdad”. La crítica izquierdista se fundamenta en subrayar la ausencia de igualdad real en una sociedad que es una sociedad de clases; no habiendo ésta, la igualdad jurídica es un “bulo”. Esta crítica vela el hecho de que esta figura jurídica burguesa no es sólo una promesa vana, ni fundamentalmente. Es el pilar sobre cuya consistencia y aplicación reposan las relaciones de clase. Porque cada clase tiene que ser igual a la otra en que “el Imperio de la Ley” va a defender por igual su propiedad respectiva y distintiva de clase.

La desigualdad por Ley (sociedad estamental), con su “Principio de Sangre”, obstruye el auto-exprimirse energético reclamado por un orden de la producción cuya racionalidad ya no es meramente la vida de unos a costa del trabajo de otros, sino una racionalidad auto-remitente (invertir constantemente en Medios de Producción para ampliar la oferta y la presencia mercantiles). Si estamos fijados jurídicamente en la desigualdad de “nuestros respectivos Destinos”, no hay opción para saltar de posición. La oportunidad igual capitalista es una mentira fáctica, eso es evidente. Pero, más allá de eso, en su condición de posibilidad verdaderamente abierta funda cooperaciones “meritorias” con la clase antagónica, relación social que la Nobleza feudal no había necesitado en el orden de la producción (ser propietaria de la tierra era su medio de vida; le bastaba con sustraer parte del plusproducto).

La Ley no impide a un proletario tener un plan de estar “dando lo mejor” en el trabajo durante treinta años y sin rechistar, a fin de que, las migajas de ventajas laborales reunidas a cambio de su aplicación máxima y de mayores ventajas proporcionadas a la empresa, le sirvan para invertirlas en un negocio y salir el salariado. Claramente, la Economía Política como realidad objetiva determina que esto no se cumpla ni sea reformable a estas alturas (precariedad, incertidumbre laboral, contratos temporales, inexistencia de ahorro, proletariado que sólo puede “ir tirando” empeñado en préstamos varios, etc.). Pero esa contradicción que echa al traste con la facticidad del precepto jurídico, no implica que la esencia de este precepto sea de cartón-piedra –escaparate-; es la piedra angular del blindaje del Régimen de propiedad capitalista. A quien algo consiguiera, a quien pudiera conseguir, la Ley protegerá en sus adquisiciones y garantizará realmente su derecho a darles funcionamiento rentable. “Mientras tanto”, la única propiedad del proletario[8] es su Fuerza de Trabajo como Institución social capitalista de la Fuerza de Trabajo libre. En ella, el proletario es igualmente defendible por Ley, que el burgués respecto de su propiedad de clase (Medios de vida y de la producción de ésta). Verdad que el capitalismo continúa echando mano de la esclavitud sin salario, como recurso integrado en la lógica económica de la acumulación ampliada, y los esclavos se cuentan mundialmente, en prisiones y campos, por centenas de millones. Pero una generalización de apropiación de la FT por uno y otro burgués individual o por uno y otro grupo empresarial, destruiría el capitalismo; porque imposibilita la “selección natural” contractual y en la continuidad productiva de acuerdo a criterios de acumulación exitosa y de viabilidad de reinversión en Medios de Producción, vaciando, de FT, a otros ámbitos –existentes o de inversión aperturista potencial- y, por tanto, de producción de Capital. Por ello la FT pertenece a una clase, y no a tal o cual capitalista, quien no puede atarla a su empresa como el Noble apresaba a su tierra al campesino.

Y claro: la Igualdad se proyecta más allá de las clases; es igual para todos, pertenezcamos a una u otra. Es decir, lo profundamente crítico del asunto no reside en lo que la Igualdad alberga de falacia, sino justamente en su verdad. Sin diferenciación de clase, la Ley la garantiza en lo que atañe a la propiedad de cada clase, lo que reproduce las relaciones de clase, si es preciso por el desalojo y la violencia. Al proletariado –a la FT libre- la Ley le ampara en esa reificación que es; garantizando de verdad que no se rompa con ella (la FT no puede ser adueñada impunemente por un “capitalista secuestrador” de forma generalizada, aunque cierta dosis del fenómeno sea funcional en un momento dado, como ahora en algunas maquilas, y la Ley sí sea concretamente ahí papel mojado). Pero a la burguesía también le ampara como capitalistas: la óptica desplegándose en campos, fábricas y slums con el inicio de la sociedad burguesa –la Policía en su sentido primigenio de patrulla visual-, que Foucault analiza, es dispositivo político que emana de la Igualdad. Alejar de las cosechas a los hambrientos. Privar a los no propietarios de la apropiación fáctica de tierras y de cultivarlas. Privar de acceso al producto industrial en stock. Proteger los cargamentos portuarios del saqueo o de su puesta en redes de distribución alternativas controladas por el proletario (contrabando). Defender los Medios de Producción y las fábricas de su destrucción o frente a la lucha encaminada a cambiar su gestión y la propia racionalidad productiva en que medios e instalaciones se insieren. Con lo que, precisamente gracias a la Igualdad sin distinción, diferenciación ni agravio de clase, es reproducida la sociedad dividida en clases.

La reificación humana más inmediata correlativa a esta fijación política de las Relaciones de Producción capitalista, es la subsunción del proletariado en la cristalización interclasista del ciudadano igual. La producción de esta síntesis real proletario-burguesa, realiza el tercer elemento del trípode de sustentación de las relaciones de clase en el capitalismo: la Fraternidad. El proletario deja, con ello, de percibirse como clase, trabajando por la desenvoltura de la reificación en que se halla –reivindicando sus derechos de ciudadano, que deben ser por fin iguales para todos y libres de discriminación según poder y dinero; suscribiendo esos derechos ciudadanos y persiguiendo su afianzamiento mediante el ejercicio de voto. Y, en la medida en que sí se percibe como proletario, integra esta condición suya como particularidad dentro de la macro-condición de ciudadano. Con lo que reclama también sus derechos laborales y asistenciales de obrero, desplegando el posicionamiento a partir de la reificación ya fetichizada en este punto, en lugar de volcarse contra sí en una praxis tendente a la auto-supresión como clase al acabar con la producción alienada.

La burguesía dio la Libertad a campesinos y artesanos, y ello en dos sentidos precisos. (I) Los liberó, respectivamente, de la sujeción a la tierra y de los condicionamientos a Cofradías, Corporaciones y Gremios en lo referido a cuotas de producción, a itinerarios de distribución del producto artesanal, a la demarcación restrictiva de calendarios productivos, etc. (II) Los privó de la propiedad de todo medio de vida, desde las máquinas hasta entonces en manos del productor doméstico, hasta los Factores de Producción que eran propiedad jurídica del Aristócrata pero propiedad real del campesino. Y pasando por la porción de tierra que éste cultivaba para su subsistencia propia. Esto último implica la privación de toda aquella masa de producto que había sido hasta entonces valor de uso directo, pero que pasa a ser mercancía consumible sólo a través del intercambio y exigente así de trabajo asalariado. Así los convirtió en FT libre: A. deslocalizable en una u otra Unidad Productiva según criterios de rendimiento, de aptitudes, de demanda laboral del capitalista y de sectores productivos en exploración o en ampliación, etc. B. Libre para cambiar de capitalista, o para abstenerse de todos e intentar subsistir fuera del salariado, arriesgándose a ser presa o muerta (en la Inglaterra del siglo XVIII, se ahorcaba a los resistentes al salariado, o a quienes no hallaban trabajo en el periodo fabril inicial, todavía de subdemanda respecto de la cuantía de FT liberada). C. Alienada de todo producto y de todo Medio de Producción (propiedad privada).

Quedando contenida, la reificación en “obrero”, dentro de la reificación englobante ciudadana, el proletario es libre para intentar abandonar la reificación de la que se halla preso y entrar en otra (para convertirse en pequeñoburgués propietario o en capitalista: sociedad de las oportunidades). Lo que no puede es intentar abolir las cosificaciones burguesa y proletaria aboliendo el trabajo asalariado y autogestionando la producción y el producto; entonces se le pega duro y se le excluye de la subsistencia vía expediente penal circulante hasta cualquier empresa potencialmente contratista. Y le pegan duro o le disparan, tanto gobiernos más despreocupados por atenderle en su condición de “obrero”, como aquellos gobiernos seriamente implicados en ser defensores del obrero (como obrero que es).

Veo evidente que, por ejemplo, en la cuestión de la sociedad de las oportunidades la crítica ha hecho demasiado hincapié en recordar que no existe de facto; que es propaganda. De acuerdísimo con ello. Pero con su reconocimiento jurídico (derecho a la propiedad, derecho a formar una empresa, derecho de adquirir acciones), lo que está haciendo esencialmente la burguesía no es conformar al proletariado con un bluff. Sino que así consagra formalmente unas posibilidades de participación que son la médula misma de la sociedad burguesa. Porque el derecho a intentar cambiar el salario por la capacidad de asalariar a otros a fin de producir Capital crecientemente mediante su acumulación y reinversión; ese derecho funcionando realmente –mejor o peor, más o menos realizable en la práctica-, lo que lleva inscrito es que así el capitalista real tiene derecho a serlo, y los futuros también. De modo que la crítica centrada en denunciar este derecho como “ideología” es una crítica demócrata que arma argumentalmente posturas prácticas autogestionarias en una producción fragmentada en empresas; en una producción no social unitaria (no comunista).

Atar a los sujetos a un supuesto “sí mismo” normativo al que consagrar la actividad propia y que llegar a alcanzar fundando una Unidad Productiva más. O fundando una Unidad de distribución y de venta de la mercancía, es decir, una conexión adicional entre las Unidades Productivas (el Capital industrial) y la apropiación capitalista del valor realizado en plusvalía por el acto de compra. Esa es la libertad real a la que se protege verdaderamente y a la que se anima honestamente. La libertad de “ser uno mismo”; la libertad de reclamar la aplicación del reconocimiento jurídico a cada rasgo de la identidad que somos o que queremos ser, siempre y cuando la identidad y su extensión no suspenda las relaciones de clase, como los hippies en los sesenta y sus comunas, a quienes la burguesía paró con adulteración de drogas y con rifles.

“Ni un niño sin escuela”, por ejemplo, ha llegado a ser un deseo masivo “obvio”. Captar el pensamiento de Foucault contribuye a abrirnos la conciencia respecto de cómo la esencia del poder sujetador de las personas en reificaciones varias, es el átomo de algunas de las prácticas y las ideas que pretenden funcionar como contrapoder. “Ni un niño sin escuela, ni un madero sin su esquela”, era uno de los eslóganes más recurridos de cierto anarquismo transicional. Poder que no es “ideología”; que posibilita ámbitos de problematización y acapara en ellos nuestra vida, y no en otros posibles: “Los niños que desayunan mal, rinden peor en la escuela” (cuadros, tablas, demostración con datos objetivos elaborados científicamente). Poder que le conduce a rendir, a estudiar y obtener resultados, etc. Que, en fin, no va contra la reificación y su libertad, sino que vela por su bien-estar y por darle la holgura y la soltura que le son propias.

Ciencia y prácticas discursivas

No terminaré sin decir algo sobre epistemología en Foucault, aunque sea muy sencilla y brevemente. Foucault abordó, como hemos ido viendo, la cuestión de la producción del sujeto de conocimiento, y esto se entrelaza con la cuestión de los parámetros cognitivos dentro de los que define su análisis. Se tiene la imagen distorsionada de un Foucault para quien la Ciencia es Moral; la Moral vistiéndose con el ropaje del rigor, la exactitud y la Verdad incuestionable para mejor conseguir sus objetivos. Foucault no dijo eso. De hecho, la Moral había sido medio y fin (como moralización) de un viejo poder cuyo cometido fue salvar almas de la Condena. Un poder que sancionaba y censuraba unas conductas, y fijaba otras, pero que estaba volcado sobre otro mundo y cuya misión esencial era conducir a cada oveja hacia lo importante, “la vida eterna”, atravesar con ellas el tránsito, “el valle de lágrimas”, sin perder el alma. La ciencia, al contrario, es el modo de relación política con el sujeto, de un poder que no pretende ya trasladar al rebaño, sino fijarlo a un mundo terrenal que ha devenido lo importante. Ello en lo que se refiere al rebaño como conjunto: potenciarlo y conjugarlo como recurso, fortalecerlo, darle salud, darle bienestar, longevidad, condiciones favorables a procrear, nutrición… Pero también, igual que había hecho el poder de la Moral, en lo que se refiere a cada una de las ovejas, ahora ya no dirigiéndolas individualmente contra sus debilidades pecaminosas distintivas, o dirigiéndolas individualmente según su pertenencia en el orden calvinista de la Predestinación. Ahora, buceando en cada uno para encontrar su lugar en sociedad y producirlo, dárselo. O, más modernamente, acompañando a cada una en su viaje individual a “encontrarse a sí misma”, ayudándola a detectar variables que la han determinado (la sexualidad, la infancia, el subconsciente, la familia, los sentimientos, ser demasiado pasional…), y “curando” a la subjetividad de estas variables, individualizándola de ellas, desembarazándola de sus efectos.

Lo cierto es que la ciencia adoptó para sí formas de hacer (dirección de conciencia, examen de conciencia) que habían caracterizado a aquel poder pastoral que trataba con cada oveja por separado y las individualizaba no sólo en el trato, sino al nivel de los efectos productivos que imprimía en cada una. Pero esta analogía sólo puede ser establecida al nivel de la morfología del procedimiento; la función del psicólogo clínico no es confesar y alumbrar los pasos del espíritu –no opera al nivel corrector de los desórdenes de conducta, sino que ve, en estos, síntomas delatores de personalidades, de formas de ser, y ese nivel “más profundo” es su campo de actuación. Foucault traza un parentesco entre ciencia y Moral (la primera heredera de la segunda) en este sentido procedimental, y en el sentido de que la centralidad del conocimiento de los sujetos y del mundo en clave moral, ha sido relevada por la centralidad de su conocimiento científico[9], pero jamás en el sentido de que el conocimiento científico sea como tal mera interpretación moral.

Ver esta distinción nos permite comprender mejor que Foucault jamás cifró el poder, y ni mucho menos el poder en la sociedad burguesa, como algo que funciona distanciando al sujeto de la realidad. Sino atándolo a, vinculándolo a una u otra realidad de la producción (“tributaria” o “industrial”). Y a los trayectos concretos que surca el poder al afirmar su dimensión privilegiada productiva, Foucault los llama “prácticas discursivas”. Citaré tres ámbitos de prácticas discursivas (la locura, la niñez y la homosexualidad):

El loco había sido considerado durante parte de la Edad Media una especie de médium y, la locura, como el lenguaje en que se expresa la santidad, pues este lenguaje extravagante era un recurso de impacto, de visibilidad, empleado por “la fuente santa” o “divina”. En el Renacimiento, la locura fue tomada como el estado subjetivo característico de quienes están dominados por el Pecado; por uno u otro. Lo que tuvieron en común esas formas tan distintas de tasar la locura, y otras más, es que no se les pasó por la cabeza que la locura fuera la sinrazón, la fantasía, el nulo sentido de la realidad, la incapacidad de captar lo real, mientras que la cordura fuera “el Reino de la realidad”. En el siglo XVIII esto cambia diametralmente: la burguesía –aun sin poder político más que muy tímidamente pero dominando la producción, más en unos países que en otros- identifica la locura con un divorcio respecto de la realidad, a la cual el loco ha de ser devuelto. Hay que restituirle las Luces, devolverlo a la patria natural distintiva del “ser humano”: la Razón. Esto se desliza a través de los escritos de los philosophes. Durante el siglo XIX, a esta consideración se añade otra: junto al “no tener razón”, conexión con la realidad, con el mundo objetivo[10], la locura es también desorden de las pasiones. Y quizás más profundamente, pues la nulidad de razonamiento, perceptiva y sensible deben de fundarse en estas circunstancias de trastorno emocional.

El loco como alienado, el loco como trastornado. O como ambas cosas en relación de causa-efecto. Ello no es porque sí, sino el reflejo del Régimen burgués de producción, que requiere sujetos estables, concentrados en la realidad, adaptados a ella, laboriosos, ordenados. Un régimen de producción con epicentro no ya en el consumo suntuario garantizado por la apropiación real, cortesana, clerical y señorial del plustrabajo, sino con epicentro en la producción misma. Y que por tanto no tolera distorsiones, ruidos, distracciones, factores de desconcentración, desconexiones mentales respecto de la realidad a que hay que entregarse no sólo en un plano cuantitativo de auto-extenuación, sino en un plano cualitativo de precisión técnica. Estas representaciones son por tanto un reflejo, pero son elementos activos a la hora de haber decantado históricamente la locura hacia el encierro. Este poder de vocación no exclusionista, sino terapéutica, produce un conocimiento que poco a poco se va articulando, ordenando, queda subordinado a condicionantes metodológicos con voluntad de rigor, y, en definitiva, cristalizando en Psiquiatría. Esta ciencia es posible solamente al tener lugar, dado el espacio de poder –un “proto-psiquiátrico”-, pero obviamente define desde sí el espacio, con lo que psiquiátrico y psiquiatría se deben mutuamente, en su génesis y en su evolución. Y este poder-saber sobre el interno, al alienar efectivamente al loco que toma por alienado de lo real -en tanto que lo aparta de la realidad, lo aparta de relacionarse con “el mundo de los cuerdos” y con “la cordura” como no sea para someterse a terapias y exámenes-, es un poder-saber que acaba produciendo realmente un tipo de loco muy contemporáneo. Un tipo de loco balbuceante, “autista”, silente, espasmódico, un gran desorden pasional en sí mismo, que nos llega a través de los reportajes televisivos, y que se aparece esencializado como “naturaleza de la locura”. Como se ve, este poder-saber está produciendo reificaciones reales que resultan reforzadas por representaciones socialmente dominantes que cosifican en la mente a esas reificaciones, y que más o menos aplauden o suscriben con lamento la necesaria psiquiatrización “de personas así”.

Objetividad/representación como dicotomía queda pulverizada por el concepto de “prácticas discursivas”, siendo, para el caso visto, su esquema secuencial: Producción; En qué y como qué el cuerpo es tomado políticamente; Desarrollo de un conocimiento orbitante en torno a las cuestiones de interés; Representaciones; Formas políticas de intervención/conocimiento/intervención…; Producción de un sujeto concreto; Representaciones sociales cosificadoras de la reificación objetiva.

Otro ejemplo es la niñez: las ideas respecto de que el niño “está en la edad de la inocencia” y de que es un ser ingenuo, quien no entiende de “lo adulto”, ajeno –de no ser como sufriente- a los problemas, las miserias, los vicios y las codicias de “los adultos”, quien no ha adquirido todavía noción plena de la realidad y la funde con su deseo, con su fantasía, etc. Esa imagen de los niños no es mera “ideología”, sino un acto de percibir como “esencia” o como “naturalidad” a unos sujetos cuya forma de ser había sido realmente producida en esos términos, fruto de una forma-poder que había ido desplegando sus dispositivos durante siglos. Un poder que actuó separando al niño efectivamente del ámbito de decisión y de gestión comunitarias; separándolo también de esa esfera en la vida doméstica y el parentesco; haciendo de él un ser visible y examinable en el espacio doméstico y al tiempo un ser que no puede ver; segando drásticamente la costumbre de poner al niño bajo el cuidado de ayas y matronas, hábito de cuidado y de crianza que lo ponía en contacto con experiencias, conocimientos, razonamientos, de otra clase social; vedándole acompañar a “los adultos” ni siquiera como testigo del jugar, el beber, el discutir, el amar…; internándolo a tiempo parcial o completo en escuelas. El resultado de esta separación política al nivel de las prácticas sociales objetivas, es la separación efectiva de la vida en “niñez”, “edad adulta”, en un sentido también de concreción substancial del sujeto “niño”, del sujeto “adulto”, etc. Eso ocurrió también con las teorías esencialistas de “El Hombre”: cuando Rousseau escribe de “El buen salvaje”, hace más de dos siglos que el poder colonial está produciendo –por ejemplo, en las Reducciones jesuíticas en Paraguay- “buenos salvajes” reales. Otros misioneros, “conquistadores”, exploradores, ofrecerán en sus crónicas de Indias ese retrato real, políticamente producido, pero al que toman por esencia cándida, pacífica, resignada, braci-abierta con el enemigo, cristianamente “buena”, de “el nativo”. Rousseau, quien dijo en cierta ocasión “Pasé mi vida leyendo narraciones de viajes”, creerá haber accedido a través de ellas al “alma humana” natural y no corrupta. Esta varianza moral registrada, servirá de sustento a la construcción de teorías de la historia como “secuencia involutiva”. E inevitablemente, la “niñez histórica impoluta de el Hombre” será puesta en relación de analogía con la propia “niñez”. Ello se concreta en la producción de un conocimiento tanto descriptivo como normativo en torno del niño (El Emilio, o De la educación, por ejemplo, en el mismo Rousseau). Y, en general, en la propuesta, aplicación, reformulación, nacimiento…, de pedagogías que más o menos beben del Naturalismo y patrones de relación entre escolares durante el aprendizaje. Poder-saber que alcanza nuestros días.

En lo que se refiere a la homosexualidad, Foucault estudia en Historia de la sexualidad cómo el homosexual quedó enmarcado en una homosexualidad (no estudia fundamentalmente eso y la cuestión en aquella obra no es ésa, pero lo estudia también). Es decir, el poder había tasado a los homosexuales, no como sujetos definibles y clasificables según unas prácticas sexuales características, sino como sujetos participantes de una u otra “esencia” en una diversidad. Ser homosexual no era, entonces, tanto una “condición” como algo que se situaba netamente al nivel de las prácticas: estaba entre las formas conductuales bajo las cuales se expresaban “el poseso”, “el infiel”, “el inmoral”, “el perverso”, “el loco” entendido como “trastornado”, etc. Estas “esencias de espíritu” o “calidades del ser” podían manifestarse así, como podían expresarse en cambio con maneras nada ligadas al sexo, sino al crimen, el carácter, la rebeldía, la blasfemia, el sacrilegio… A partir de ahí, el homosexual identificado caía bajo el ejercicio de un poder esencialmente moralizante y “purgante”, pero que no se cernía específicamente contra “condición homosexual” alguna. Porque no había tal condición; la práctica homosexual era “tan sólo” una forma en que la inmoralidad se socializaba, y que por tanto delataba a su portador, quien era políticamente tomado como “impío”, para ser acto seguido inspeccionado más al detalle. Cuando se lograba ubicarle como tipo en una especie de “tipología”, se procedía sobre él según fuera un caso de “posesión”, de “pérdida de principios”, de “vicio”, de “libertinaje”, de “inversión por haberse saturado de practicar otras formas de libertinaje”, etc.

A partir de la Era Victoriana, esta situación política cambia radicalmente: la realidad homosexual deja de ser considerada básicamente un comportamiento; el lenguaje expresivo, junto a otros lenguajes, de una multiplicidad de “estados del alma”. Y pasa a ser considerada algo inherente a “ser homosexual”; el homosexual es visto como una forma de ser. Una forma mórbida de ser. No malicia, vicio o impulso irrefrenable al Pecado, sino homosexualidad. De nacimiento o forjada por traumas; en la relación familiar; en la relación con los compañeros colegiales; consecuencia de una agresión antes de la adquisición de sexualidad; consecuencia de relaciones acomplejadas con el padre o con la madre. El caso es que deja de ocuparse de ello –centralmente- el moralista y el cura, y el homosexual es puesto en manos de ciencias varias y de sus instituciones, donde se ejerce una terapéutica sobre los homosexuales a la vez que se los estudia partiendo de una supuesta solidez identitaria homosexual. Y donde, desde este punto de partida, se les da solidez discursiva a base de textos médicos y psicológicos, diagnosis y discurso profesional comunicado al homosexual, quien es tomado en tanto que “condición” con características y rasgos particulares más allá del sexo. Se supone que homosexual se es como “condición integral” de la persona, que incumbe no sólo a la práctica sexual, sino a unas disposiciones sexuales “típicas del homosexual”, unas formas de relacionarse también “típicas”, una sensibilidad “distintiva”, un sentido del humor, un grado y tipos de inteligencia, etc. “El homosexual” será, pues, holísticamente radiografiado y caracterizado por la ciencia.

Foucault era homosexual, y siempre se opuso radicalmente a una lucha entendida como reivindicación “de la homosexualidad” libre de represión y de discriminación, a la vez que como afirmación “de la homosexualidad”, una afirmación que fuera también densificarla, fortalecerla, cultivarla. Pues estaba convencido de que esta auto-identificación (en el triple sentido de auto-conocerse como “aquello que –supuestamente -es uno mismo” y auto-plegarse a ese “sí mismo”, de auto-visibilización en sociedad y de facilitar a la sociedad la inserción de uno en su sistema de clasificación) conducía a liberarse como reificación, cuando cortocircuitar la espiral poder-saber significaba liberarse de la reificación.


[1] Es decir, como una unidad de variables que se han fundado en la historia recíprocamente y que se determinan recíprocamente.

[2] Guerras, exacerbación del arrasamiento mutuo por unas y otras burguesías en competencia por mercados y por anular la capacidad de venta de sus competidoras, catástrofe ecológica, ausencia de socialidad.

[3] Principalmente porque la burguesía debe intentar que no caiga el valor producido hasta un punto en que la ampliación cuantitativa de la oferta y el aumento de la capacidad de venta no compensen, pero en cualquier caso tiene que compensar la caída del valor produciendo más mercancías que vender, con lo cual más sobreproducción y, con ella, un nuevo giro de tuerca en la precarización, más guerras por mercados y contra los Medios de Producción de la competencia para evitar que produzcan mercancías a un volumen que les permita presenciarse en mercados en disputa; inflación combinada con sobreproducción; etc.

[4] Etnografía del trabajo, estudios de Recursos Humanos, informes de la gerencia, fichas elaboradas por los encargados, estadísticas de rendimiento, experimentación por la Psicología de la empresa, consulta historiográfica a la que recurre el Análisis de las Relaciones Laborales, etc.

[5] Hay que recordar que la arquitectura de algunos slums de la “revolución industrial” fue ideada según modelos panópticos, con sus torres de vigilancia y su organización de la vivienda ajustada a que todo fuera visible.

[6] Acumulación ampliada de Capital problematizada por la caída de la Tasa de ganancia; enfrentamiento a este descenso intentando incrementar la Tasa de explotación y la productividad a fin de producir más y tomar presencia en mercados al tiempo que dominar otros; así como con vistas a abaratar la oferta en proporción a los competidores. Estas operaciones dependen de la inversión en Medios de Producción, lo que repercute negativamente sobre la Tasa de ganancia al disminuir el tiempo de producción por mercancía y la cantidad de FT invertida en producirla (en definitiva, al contener menos plusvalor la mercancía).

[7] Empresas contra empresas, pero que se entienden integradas como burguesía nacional contra otras, e integrando con algunas de esas otras un bloque, relativamente unido contra otros, pero también contradictorio en tanto que alberga en sí la lucha de sus burguesías integrantes por la supremacía, lo que implica instrumentalizar el bloque en beneficio particular.

[8] En tanto que medio de subsistencia, se entiende; puede ser propietario de piso y coche, por ejemplo, pero éstas no le son fuentes autosuficientes de mantenimiento.

[9] Siendo ambas perspectivas cognitivas idénticas en importancia para su contexto político respectivo.

[10] El siglo XVIII fue la época del materialismo mecanicista como paradigma filosófico dominante.

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