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Seguimos vendiendo combustible fósil, materia prima, como comenzamos a hacer hace un siglo. No hay ningún desarrollo industrial


Luis Fuenmayor Toro

Cualquiera se puede equivocar en un análisis político y llegar a conclusiones erradas en relación con el quehacer. Las situaciones sociales no están regidas por leyes como las que describen los fenómenos físicos; ni siquiera en la economía, donde hay más aproximaciones matemáticas que en el resto de los sectores, es posible hacer análisis y predicciones certeros, pues las variables son muchas, no son controlables ni totalmente conocidas, y la subjetividad del ser humano interviene en forma muy importante en el desarrollo de los procesos. Ahora, una cosa es esta realidad y otra muy distinta es que no haya interpretaciones claramente equivocadas, que parten de supuestos inexistentes y de grandes prejuicios. Es a estos análisis a los que me referiré.

Hay algunos analistas políticos que hablan de la necesidad de que el Gobierno de Maduro se atreva “a dar un gran paso hacia el capitalismo”, como si alguna vez este país hubiera dejado de ser capitalista: capitalismo de Estado, lo llaman algunos, aunque yo creo, convencido por Federico Villanueva, que realmente es un capitalismo de gobierno. Capitalismo de una sola empresa en manos del Gobierno, que no del Estado, Pdvsa, la cual está, con toda y sus dificultades, a años luz por encima de la mayor empresa privada que exista en Venezuela. El capital privado, no ahora sino siempre, es ridículamente pequeño en relación a la empresa petrolera y a empresas gubernamentales como la Cantv, las eléctricas e incluso las empresas de Guayana, a pesar de su deterioro.

Además, el capital privado venezolano se ha construido principalmente en negocios y contrataciones hechas con el Gobierno nacional. No ha sido producido por el trabajo tesonero de capitalistas, que han arriesgado sus riquezas y sus esfuerzos en la construcción de sus empresas, con la imposición a sus obreros y demás trabajadores de un régimen de explotación vil, lo que por supuesto no significa que no haya habido explotación de los asalariados. Veamos al capital financiero, cuyo crecimiento permanente, en todos los gobiernos habidos, ha sido el producto del negocio con bonos de la deuda pública y otros valores, la especulación cambiaria, seguros y reaseguros, fideicomisos y el traslado de capitales al exterior.

Tan cierto es lo señalado hasta ahora, que la situación que hoy vivimos ya la habíamos conocido en el pasado no lejano, sin que los gobiernos responsables de entonces estuvieran empeñados en cambiar al capitalismo por ningún otro tipo de régimen económico. Tuvimos desde finales del primer gobierno de Caldera hasta principios del gobierno de Luis Herrera, pero concentrado en todo el primer gobierno de Carlos Andrés Pérez, un ingreso milmillonario de dólares por aumento de precios del crudo en el mercado petrolero mundial. El país, sin embargo, dejó de producir lo poco que producía, importó bienes y servicios en forma exagerada, incrementó su deuda externa, devaluó su moneda, se quedó sin reservas internacionales y quebró económicamente aún antes de que cayeran estrepitosamente los precios del petróleo.

Otros “expertos” hablan muy seriamente de la necesidad de abandonar la revolución y el socialismo del siglo XXI, como si ambas situaciones hubieran existido en algún momento en estos últimos 18 años o en el pasado adeco copeyano. Revolución significa la producción de un cambio cualitativo en las sociedades, como el que se produjo en la Francia monárquica que dio origen a la república francesa. Pero siendo incluso menos exigentes, cambio cualitativos revolucionarios respecto del pasado adecocopeyano hubieran sido el desarrollo industrial de Venezuela, la eliminación de la miseria extrema, la formación de una mano de obra calificada, capaz de desarrollar trabajo formal de elevado nivel, sustentable y bien remunerado o la construcción de un sistema político totalmente distinto al anterior.

Nada de ello se ha producido en el país. Seguimos vendiendo combustible fósil, materia prima, como comenzamos a hacer hace un siglo. No hay ningún desarrollo industrial: la misma PDVSA, incluso más deteriorada; las mismas empresas de Guayana y las mismas eléctricas, aunque en condiciones deplorables nunca vistas. Si ha habido algún cambio es regresivo y nunca revolucionario. La miseria extrema es hoy mayor que la hallada por Chávez en 1999, la precariedad del empleo está a la vista y el sistema político es el del voto directo, universal y secreto, sin representación proporcional, establecido en 1947; la misma “división” de poderes y los mismos poderes, pues lo que se hizo fue llamar poder electoral al organismo encargado de las elecciones y poder moral a la unión de la Fiscalía y la Contraloría, ya existentes, junto al Defensor del Pueblo, copia del español más que del sueco.

¿Dónde están los cambios revolucionarios más allá de los discursos y peroratas interminables? El mismo modelo económico rentista, el mismo pueblo inmerso en la miseria y la ignorancia, las mismas centrales obreras controladas, hoy por el PSUV, ayer por AD. ¿Es distinta la apertura petrolera actual en la Faja del Orinoco que la del pasado? Sí. Peor. Hoy compartimos inconstitucionalmente con empresas del llamado imperio por ellos mismos la propiedad del crudo del subsuelo. El antiimperialismo gubernamental es sólo discursivo, pues en la práctica no tienen ningún empacho en efectuar asociaciones en el Arco Minero del Orinoco, que lesionan no sólo el ambiente, que es lo que a algunos preocupa, sino la soberanía nacional y la integridad del territorio.

Considerar al Gobierno de Maduro socialista, antiimperialista y revolucionario es producto de posiciones prejuiciadas, muy sectarias y de un anticomunismo enfermizo y fuera de lugar en la época actual.

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