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Lo de Colombia no es ajeno a las pretensiones de Estados Unidos por controlar Venezuela


Julián Rivas

Algunos científicos sociales suelen afirmar que la posmodernidad no tiene memoria. Esto le confiere validez universal a la filosofía de Eudomar Santos: “Como vaya viniendo vamos viendo”. Ojo, eso es para las mayorías, según manejo de las grandes agencias de información. Para las elites occidentales agrupadas en la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) todo está perfectamente planificado.

La Canciller de Colombia reclama diálogo en Venezuela. Pero se va por las ramas ante el reclamo por la presencia de la OTAN en su país, o por mantener una desleal política financiera que disloca la economía venezolana.

De la misma manera el silencio del resto de América Latina. En Unasur hay mutismo. Hemos sostenido que la paz de Colombia es la paz de la OTAN, aunque en la insurgencia y en vastos sectores de la sociedad colombiana se haya convertido en un clamor. Un imperativo político, buscar la paz. Pero a qué costo.

Finalmente, Colombia está sometida a escrutinio en América Latina por su alianza con unos de los factores belicistas, el bloque militar OTAN o NATO, del cual para muchos analistas ya es miembro asociado. La afinidad ya existe. Es la cúspide de un proceso silencioso en sus inicios, acordado en las frías cancillerías de Norteamérica y Europa. América Latina comienza a reaccionar.

Robert D. Kaplan sostiene que tras la Guerra Fría, la OTAN es la que debe regir los destinos de la comunidad internacional. Gozaría de la confianza y el manejo de información de sus integrantes, lo que no ocurriría con la Organización de Naciones Unidas (ONU), dice en su libro “La Anarquía que vendrá” (The coming anarchy).

Colombia suscribió un acuerdo de información con la OTAN, cuyo borrador de 2013, mantenido en secreto aún, fue ratificado por el congreso colombiano hace dos años. Hubo críticas políticas y mayores objeciones legales, pero el empeño se mantiene y va viento en popa.

Kaplan abordó en su libro “Gruñidos Imperiales” cómo funciona una base militar estadounidense en el Arauca colombiano, prácticamente a orillas del río Arauca, con Venezuela a pocos pasos. En “La Anarquía que vendrá” señala que fue con el modernismo, con el advenimiento de las naciones-estado en Europa, cuando aparecieron las fronteras. Afirma: “Frontera es un concepto moderno que no existía en la mentalidad feudal”, dice Kaplan. Obviamente, bajo esta concepción, la probabilidad de que Venezuela sea espiada desde el país vecino es altísima.

Por lo demás, lo de Colombia no es ajeno a las pretensiones de Estados Unidos por controlar Venezuela. Hay un plan para meter a Venezuela en el redil del bloque Estados Unidos-Europa, que en lo militar busca la expansión de la Organización del Tratado del Atlántico Norte, que tiene en Colombia a uno de sus colaboradores.

Por mucho tiempo el liderazgo de América Latina se hizo la vista gorda cuando en 2014 Colombia suscribió con la OTAN un acuerdo colaboracionista. Ningún dirigente de la Mesa de Unidad Democrática (MUD) tampoco hizo comentario al respecto.

Es indiscutible que Colombia se distancia de los principios básicos del Movimiento de los Países No Alineados (del cual es integrante) y también del concepto de seguridad integral entre los países de la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur) y la Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe (Celac) al firmar el acuerdo sobre cooperación y seguridad de información con la Organización del Tratado del Atlántico Norte.

El 12 de agosto de 2014 el Congreso de Colombia aprobó el acuerdo de Cooperación con la OTAN. Fueron 81 votos a favor y 9 en contra, éstos fundamentalmente del Polo Democrático Alternativo (PDA). Fue un evento muy interesante, aunque reprochable y lamentable. “Pareciera que en Venezuela no nos hemos enterado”, dijimos ese año.

Poco después, el lunes 8 de septiembre, fue publicado en Gaceta Oficial de Colombia el “Acuerdo sobre Cooperación y Seguridad de información”. El contenido lo suscribieron Juan Carlos Pinzón Bueno, entonces ministro de Defensa Nacional de Colombia, y por la OTAN, el danés Anders Fogh Rasmussen, entonces secretario general de la OTAN. El presidente Juan Manuel Santos lo firmó para su ejecútese. ¿Qué mas se quiere? Independientemente de que la Contraloría de Colombia o el Tribunal Constitucional de ese país haya hecho observaciones sobre el acuerdo suscrito, el liderazgo político Colombia ha seguido avante en sus planes de adscribirse a la OTAN. Santos fue Ministro de Defensa de Álvaro Uribe, y la continuidad del Gobierno se mantuvo en aspectos tan sensibles como este, sin duda.

Las observaciones al acuerdo con la OTAN en Bogotá son de forma, y algo sobre el contenido de la colaboración o asociación, pero políticamente el liderazgo de Colombia cree que ese país debe consolidar sus relaciones con la OTAN. Eso implica adscribirse al modelo de sociedad e intereses

geopolíticos que prescribe el bloque occidental liderado por Estados Unidos. En los últimos dos meses tanto el Senado como el presidente Santos le han puesto patines a los borradores de acuerdos con la organización militar trasatlántica.

Hay elementos que conducen a sospechar que la paz con las guerrillas de las FARC y el ELN han sido requisitos para avanzar en este cometido de asociación con la OTAN. Curiosamente salen a relucir los nombres de los asesores de la representación del gobierno colombiano en los diálogos con las FARC en La Habana: Slomo Ben Ami, canciller del Estado de Israel, y participante en los diálogos con los palestinos; y Jonathan Powell, exjefe del gabinete británico en tiempos de Tony Blair, presente en los diálogos de paz con la guerrilla irlandesa del IRA.

Ya sabemos el largo camino y los pocos resultados de los diálogos de paz con los palestinos. Por su parte el escritor Fareed Zakaria hizo una observación sobre Jonathan Powell: “A través de un análisis histórico, Powell argumenta que conflictos como el de Afganistán solo pueden ser resueltos a través de la negociación. La victoria militar es inútil. Que el lector no se confunda; Powell no es un militante por la paz. De hecho, él fue el arquitecto del apoyo británico a las guerras estadounidenses en Afganistán e Iraq. Además, tiene varias razones para ser duro con el

terrorismo —su padre fue militar y herido por el Ejército Republicano de Irlanda (IRA), y su hermano permaneció en la lista negra del mismo grupo durante 8 años. Por último, cuando conoció a Gerry Adams del grupo Sinn Féin, se negó a darle la mano”.

Todo esto se llama hilar fino.

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