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madurismo

Frente a la crítica situación del país, el Gobierno madurista ha optado por negar sistemáticamente su existencia


Oscar Battaglini

No puede menos que llamar poderosamente la atención la actitud de un Gobierno que ha sometido a todo un país a una de las peores crisis de su historia, y sin embargo se comporta como si aquí no estuviera pasando nada, y como si sus representantes políticos no fueran los principales responsables del drama que perturba gravemente la vida de millones de venezolanos. Se trata de una actitud que encuentra su explicación no sólo en el vaciamiento ético y moral de la camarilla cívico-militar que detenta el poder, sino también del el hecho de que estamos frente a una gente que actúa en el ejercicio del poder movida por la ideología simplista, fundamentalista y maniquea de que ellos son la representación del bien y los poseedores de la verdad, ante una mayoría social y política que inexplicablemente se les enfrenta y que para ellos no representan otra cosa que la expresión del mal y la equivocación; de ahí la “tesis” de que la pavorosa crisis social y económica que hoy padecemos los venezolanos no es de su entera responsabilidad, es decir, que no es a causa de las desastrosas políticas implementadas sobre la marcha por el chávezmadurismo a lo largo de las casi dos décadas que lleva en el poder, sino que son el producto de una conspiración orquestada en su contra por los malos (léase el enemigo externo en alianza con factores nacionales) interesados en perjudicar la buena gestión gubernamental desarrollada en favor del “pueblo”, que para la nomenklatura oficial está representado básicamente por los sectores sociales más atrasados políticamente y manipulables clientelarmente de la sociedad venezolana. Así, un día atribuyen el descalabro a una supuesta conspiración de los malos contra el billete de 100, y otro, a una página web que determina el valor de la divisa internacional en moneda venezolana, lo cual, supuestamente ha ocasionado estragos a la economía del país; pero, de los dólares entregados a diez bolívares no sabemos a qué manos van a parar.

Es de esa “tesis” desde donde se origina, entre otras, la especie de la “Guerra económica”, con la que el madurismo ha estado tratando de justificar la debacle a la que ha sido sometida nuestra economía por las erróneas y disparatadas políticas que en su ámbito se han aplicado y que sin duda constituyen la causa fundamental:

1.- De la caída descomunal que han experimentado todas las actividades económicas del país, lo que es indicador de que nuestra economía atraviesa por una verdadera e inocultable depresión que el Gobierno y el Banco Central de Venezuela (BCV), bajo la presidencia de un impostor e incapaz, pretenden seguir ocultando, al negarse a publicar las cifras que dan cuenta de esa situación.

2.- La gigantesca inflación que ha pulverizado el salario y el ingreso familiar de los trabajadores y profesionales que perciben un ingreso fijo. Expertos han calculado que la espiral inflacionaria se ubicará en torno a 1.600 % en el curso del año que comienza, sin que el Ejecutivo madurista haya implementado hasta el momento ningún tipo de medidas dirigidas a contrarrestar esa tendencia. Lo que sí se sabe es que adelanta planes represivos para acallar y contener las protestas y las manifestaciones populares que ya han comenzado a expresarse en distintas regiones del país dado el grado de desesperación y lo insostenible de la situación actual.

3.- El desabastecimiento crónico que la caída de la producción interna y de las importaciones, le han impuesto al consumidor nacional. Es indudable que este problema, aunado a la inflación y la inseguridad personal (que ya ha comenzado a cobrar cerca de 30 mil muertes anualmente), se han constituido en los más graves componentes de la profundización de la crisis estructural-general, provocada por el chávezmadurismo a su paso por el poder. Porque si algo hay que reconocerle a este engendro es el grado de marginalización al que han llevado a la sociedad venezolana.

4.- La caída significativa de la producción petrolera de más de 3 millones de b\d, a un poco más de 2 millones b\d, lo que ha significado una sensible disminución de nuestras exportaciones petroleras, sobre todo hacia los Estados Unidos (de 900 mil b\d a 500 mil b\d) hecho que ha venido a sumarse a la caída del ingreso petrolero nacional por efecto de la reducción de los precios petroleros internacionales. Todo lo cual, como puede deducirse fácilmente, incidirá en el recorte del gasto social del Estado en salud, educación, infraestructura, seguridad social, etcétera.

5.- El desempleo formal como consecuencia de la quiebra de numerosas empresas (de más de 12 mil que funcionaban normalmente, hoy sobreviven menos de 4 mil en el sector privado de la economía).

6.- La aparición del fenómeno del hambre que se ha extendido a los sectores sociales mayoritarios. Aunado esto a la dramática afectación del sector salud con su pavoroso saldo de muertes por carencia de medicamentos e insumos médicos a todo lo largo y ancho del país.

Frente a esta situación la actitud del gobierno madurista ha sido la de negar sistemáticamente su existencia. Al unísono, como quien repite una cartilla, todos dicen a coro: “La Asamblea está en desacato”; “Cuál crisis, aquí no hay ninguna crisis”; o expresan frases como las siguientes: “Venezuela en los últimos dos años ha importado comida para alimentar a tres países del tamaño del nuestro”; “¡Qué cola tan sabrosa!”; y el mismísimo Presidente: “Estamos buchones, compadre”. Ese cinismo, esa burla, es también un claro indicio de la clase de gente que nos gobierna. Pero cuando inevitablemente se ven forzados a reconocer algún aspecto de la crisis, atribuyen su causalidad a la actividad conspirativa de la “derecha apátrida” en combinación con el Imperio o los factores o entidades que desde el exterior se han expresado críticamente en relación al caso venezolano, ahí es cuando saltan los más fanáticos y al unísono gritan: “¡injerencia!”.

Ciertamente, lo más repudiable es esa tendencia a la banalización que el Gobierno y el propio Maduro hacen del drama que la inmensa mayoría de venezolanos se ven obligados a encarar a diario, en particular con su alimentación y el cuidado de la salud, es decir, lo más estrictamente relacionado con la seguridad y la supervivencia de sus respectivas familias.

Esa banalización tiene diversas acepciones: en la política informativa del Gobierno, en la que ese drama no aparece reflejado en ninguna de sus formas. Para los noticieros del canal del Estado no está pasando nada. (Alicia en el país de las maravillas). Igual cosa ocurre en las diferentes alocuciones en cadena nacional de Maduro. En el carácter festivo que le imprime a su programa “La hora de la salsa” o en los conciertos de “Suena Caracas”, donde aparece bailando salsa y tocando tumbadora. Aunque parezca increíble, todo esto ocurre cuando la sociedad venezolana no tiene (por ahora) nada que celebrar. Pero, por todo eso, también tendrán que responder Maduro y toda la nomenklatura chávezmadurista cuando llegue la hora de la justicia. Porque, ¿qué clase de revolucionarios son aquellos que se permiten lucrarse a costa de la necesidad y el hambre de la población?

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