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“La volatilidad del dólar paralelo es un marcador de la desconfianza en el Gobierno y de su política económica”, dice Maldonado, director de la Cámara de Comercio de Caracas


Enrique Meléndez

“Hay que resguardar la economía de la arbitrariedad del populismo y de la demagogia”, sentencia Víctor Maldonado, politólogo y profesor de la Universidad Católica Andrés Bello. A su juicio, la volatilidad del dólar paralelo es un marcador de la desconfianza en el Gobierno y de su política económica. Tener un banco central cuya prioridad no sea la estabilidad de la moneda y las libertades económicas de los venezolanos no le sirve a la ciudadanía, destaca.

Para el director ejecutivo de la Cámara de Comercio, Industria y Servicios de Caracas, el problema es la política económica, pues no da soluciones. Sobre la última medida económica adoptada para “torcer el brazo al dólar paralelo” con la creación de casas de cambio en la frontera colombo-venezolana, Maldonado estima que si el Gobierno le diera a todo el padrón electoral del Táchira la oportunidad de comprar 300 dólares se sacrificarían unos 8.000 millones de dólares al año, que no se tienen en las reservas internacionales.

Llamó la atención la salida de Nelson Merentes del BCV y la llegada de Ricardo Sanguino, un hombre que dice que un banco central no debe gozar de autonomía. ¿Qué piensa usted?

Aquí no estamos frente a un cambio de gabinete, sino frente a una rotación de un funcionario, que llega con la misma ideología, dispuesto a practicar las mismas políticas. De tal manera que un BCV muy deteriorado y muy afectado en su reputación técnica seguirá en esa misma inercia destructiva, en esa inercia hacia el colapso con la nueva directiva y el nuevo presidente. Un banco central, cuya prioridad no sea la estabilidad de la moneda y las libertades económicas de los venezolanos, no le sirve a la ciudadanía. Un banco central que se especialice en emitir dinero improductivo, en financiar la irresponsable deuda de Pdvsa, y en atender las demandas y exigencias caprichosas del Gobierno es parte del problema y de ninguna manera parte de la solución. Soy de los que cree que en un estado liberal, los bancos centrales no tienen ningún sentido. Lo primero que hay que desempoderarle al Gobierno es su inmensa gerencia en la política monetaria, hay que resguardar la economía de la arbitrariedad del populismo y de la demagogia, del estatismo y del personalismo, de aquellos que son voraces en el uso y en el consumo del poder y todo eso pasa por revisar cuán útil es un banco central en un estado como el venezolano. Si por los resultados la medimos, la institución del BCV ha sido nefasta para la suerte del país. Porque ni siquiera ha podido resguardar las reservas internacionales, ni siquiera produce la suficiente confianza como para saber si el oro monetario está allí o no está allí. No constituye una herramienta que nos permite tener confianza en el país y herramienta que no sirve, herramienta que se puede desechar.

Se conoció extraoficialmente que el Banco Central de Venezuela maneja que la inflación de 2016 fue 350%, lo que ha llenado de dudas a la opinión pública ¿Qué piensa usted?

El BCV perdió toda la credibilidad técnica y ha dejado de ser el marcador de la inflación, incluso las cifras estadísticas sobre la marcha de su economía se encuentran en este instante intervenidas por la conveniencia y la lógica de la política. Lo que parecen sentir los venezolanos es que la inflación está muy por encima de eso que está diciendo extraoficialmente el BCV, y muy probablemente se ubica en un 700%. Pero, además, hay una distorsión porque cuando se trata de medir la inflación, tomando en cuenta los precios regulados de algunos productos, no se aprecia la realidad tal y como es. Muy pocos en Venezuela tienen acceso a productos regulados y el acceso a los productos regulados tiene un sobre-costo en términos de costo de oportunidad o pago adicional que no se está midiendo, pero que, al fin y al cabo, forma parte de una lógica perversa de la inflación que entre los mercados negros, la escasez y, además, la forma como el Gobierno lleva la política económica, hace que los venezolanos paguen muchísimo más por los productos a los que tiene acceso.

“Mientras el Gobierno siga convencido de que tiene que combatir la guerra económica, los venezolanos seguiremos pasando hambre”

¿Cómo ve usted la decisión de instalar casas de cambio en la frontera colombo-venezolana?

Eso no constituye un cambio en la política económica. La intención del Gobierno de eliminar o de tumbar el dólar paralelo a través de estas casas de cambio no va a tener éxito. Me parece que se trata de un esfuerzo inútil, como hemos visto muchos esfuerzos de política económica, que va a favorecer a unos pocos y va a dejar a la población entendiendo y va a perjudicar mucho binacionalmente. La reacción de la parte colombiana fue muy firme. Ellos no cohonestan estas medidas unilaterales y pudiera ser visto, incluso, como una agresión a la estabilidad de la moneda colombiana. De todos modos, una medida regional, limitada, excluyente, sectaria, porque solo favorece a los habitantes de allá, no es una medida que pueda significar algo a un país que está exigiendo todo lo contrario, una rectificación a fondo de su política económica, que tenga cobertura nacional. Por otra parte, el Gobierno sigue ofreciendo aquello que no puede sostener. Si el Gobierno le diera a todo el padrón electoral del Táchira, que son cerca de dos millones de personas mayores de 18 años, la oportunidad de comprar 300 dólares a través de la transformación del peso, eso significaría un sacrificio de unos 8.000 millones de dólares al año. Eso es insostenible para un país que no tiene eso en reservas internacionales, y además es inútil para un país que requiere producción e importación para consumir 30 mil toneladas de alimentos diarios y que, por supuesto, este mercadito del Zulia y Táchira no lo va a poder abastecer. El Gobierno pierde el tiempo en la inutilidad y futilidad de las medidas, nos está arruinando persiguiendo sus propias ficciones. Mientras el Gobierno siga convencido de que tiene que combatir la guerra económica, los venezolanos seguiremos pasando hambre, porque se trata es de insistir en el sentido de la realidad y en la sensatez. El problema es la propia política económica y eso es lo que habría que variar.

Se conoció extraoficialmente que el Banco Central de Venezuela maneja que la inflación de 2016 fue 350%, lo que ha llenado de dudas a la opinión pública ¿Qué piensa usted?

El BCV perdió toda la credibilidad técnica y ha dejado de ser el marcador de la inflación, incluso las cifras estadísticas sobre la marcha de su economía se encuentran en este instante intervenidas por la conveniencia y la lógica de la política. Lo que parecen sentir los venezolanos es que la inflación está muy por encima de eso que está diciendo extraoficialmente el BCV, y muy probablemente se ubica en un 700%. Pero, además, hay una distorsión porque cuando se trata de medir la inflación, tomando en cuenta los precios regulados de algunos productos, no se aprecia la realidad tal y como es. Muy pocos en Venezuela tienen acceso a productos regulados y el acceso a los productos regulados tiene un sobre-costo en términos de costo de oportunidad o pago adicional que no se está midiendo, pero que, al fin y al cabo, forma parte de una lógica perversa de la inflación que entre los mercados negros, la escasez y, además, la forma como el Gobierno lleva la política económica, hace que los venezolanos paguen muchísimo más por los productos a los que tiene acceso.

¿Cómo mide el Gobierno la inflación?

El Gobierno mide la inflación como si este fuera un país normal, pero la verdad es que este es un país con un colapso económico brutal, como si hubiésemos pasado por una guerra intensa y como si tuviéramos que vivir con la escasez y el marcaje de los mercados negros que siempre van a ser especulativos y que el Gobierno podría quitarse de encima si garantizare el libre mercado y respetara los derechos de propiedad, y la permitiera a la empresa privada hacer su trabajo, que es producir, importar, comerciar y, por supuesto, alimentar la capilaridad comercial que debería tener Venezuela.

Hay productos regulados que se están vendiendo muy por encima de su regulación. Son productos importados que llegan de Colombia ¿Eso ocurre en las narices del Gobierno?

Ocurre en las narices del Gobierno porque la realidad se impone y los precios regulados son precios de ficción. De tanto regular los precios colapsó la economía y tenemos además un régimen de control de cambio que no ayuda porque se trata de un régimen que tiene un dólar, que es a Bs. 10, que nadie puede imaginarse que ese sea un tipo de cambio razonable. Un segundo tramo a 650 o 670 al que nadie acceso. O sea, que constituye un régimen de control de cambio que no se ha establecido con transparencia, y tenemos el dólar libre, el dólar paralelo, que está muy por encima de los dos tramos oficiales. ¿Qué sucede con eso? Bueno, que colapsa la capacidad de cálculo económico de una economía racional. No es posible fijar precios, si tú tienes la competencia desleal de un régimen de control de cambio que sólo alimenta a los amigos del Gobierno. No es posible tampoco trabajar con la competencia desleal de unas empresas públicas muy ineficientes, que se voltean hacia la empresa privada, les confiscan su producción y las rematan. No es posible, por lo tanto, el que nosotros podamos desentendernos de la inflación que está propiciada por este desorden económico, por este mal diseño de política económica y también porque el Gobierno cree haber conseguido en la emisión de dinero inorgánico una solución, populista y demagógica a sus necesidades políticas.

¿Cómo es esa solución?

La verdad es que cada vez que el Gobierno decreta un aumento de salarios o controla un precio o, simplemente, decide llenar de dinero, que no tiene ningún sentido o que no tiene ningún valor, las calles de Venezuela lo único que hace con eso es alimentar la inflación y patrocinar más escasez. Esto no tiene sentido. Por donde tú lo veas, la política económica es destructiva. Como ellos mismos dicen, pareciera estar destinada a destruir los restos de lo que ellos llaman el estado burgués, sin entender que la única forma de convivencia posible y próspera es, precisamente, con un estado que garantice mercado, derecho de propiedad, libre competencia y, por supuesto, muchísima capacidad productiva. Eso requiere de otro estado y otra narrativa y otro discurso que, lamentablemente, no vemos en la boca del Gobierno.

¿Qué explicación tiene el fenómeno de la volatilidad del dólar paralelo en diciembre?

Esa volatilidad es un marcador de la desconfianza en el Gobierno y de su política económica. En segundo lugar, tiene que ver también con el hecho de que el Gobierno, en sus reservas internacionales, no tiene suficientes dólares como para encarar las demandas de una economía y de una sociedad como la nuestra. Tiene además un componente estacional, los empresarios que quedan en Venezuela tuvieron que acudir a muchos mercados paralelos para traer algo de lo que se consume en la navidad. Por eso diciembre fue un mes triste, porque fue un mes en el que los precios no se podían explicar razonablemente, porque la realidad es que tenemos una economía empobrecida y maltratada por un régimen cambiario, que no es capaz de representarla. El Gobierno debería asumirlo así. El Gobierno cree que el dólar paralelo es producto de la guerra económica, pero el dólar paralelo es un termómetro de su propia ineficacia. Se trata de un medidor de su propia incompetencia, una alerta que tiene el Gobierno de cómo está manejando las finanzas públicas, porque en un país en donde el mismo BCV dice que no tiene reservas líquidas, en donde se perdió en un año casi 25% de la capacidad de reservas, un país al que lo que encontró una crisis petrolera sin ahorros, un país en el que la gente no tiene por qué seguir confiando en un Gobierno que ha sido tan mala conducta en términos económicos.

“Un banco central, cuya prioridad no sea la estabilidad de la moneda y las libertades económicas de los venezolanos, no le sirve a la ciudadanía”

¿Qué impacto tuvo en el comercio la eliminación del billete de Bs. 100 y luego su restitución?

Fue un maltrato indebido, innecesario, a los ciudadanos venezolanos. Así como a los pequeños comercios y a la mitad de la población económicamente activa, que está en el sector informal de la economía y que se transa al contado. Uno no puede explicar lo inexplicable, la insensatez no es explicable. Fue una medida muy insensata. Representa la falta de coordinación y de comunicación del Gobierno y una forma también de ganar tiempo y de distraer al país en momentos en que todo el mundo está concentrado en exigir cambios políticos. Fue una experiencia muy desagradable, el Gobierno tiene tanto poder como para ponernos a hacer cualquier cola que se le ocurra, por más insensata que sea. La reflexión es que si nosotros los venezolanos necesitamos tener un Gobierno tan poderoso, tan insensato y tan autoritario. Yo lo que creo es que el aprendizaje que todo esto nos deja es que necesitamos un cambio político de fondo, que reduzca al Gobierno a sus necesidades básicas, que lo desempodere, y que el ciudadano sea el empoderado. Por otra parte muestra que la política monetaria del Gobierno acabó con la fortaleza del bolívar. El bolívar es una moneda de ficción que nadie recibe, por la que nadie se transa y es la representación de la inmensa desconfianza y suspicacia que provoca un Gobierno como el que tenemos.


2016 fue nefasto para el comercio

¿Cuál es el balance que tienen en la Cámara de Comercio de la situación para el sector comercio durante 2016?

2016 fue especialmente malo para el comercio. Entre otras cosas porque el Gobierno no quiso parar la inercia hacia la pérdida del producto, la pérdida de la producción, la pérdida de las importaciones. Los resultados macroeconómicos están a la vista de todos: Un derrumbe del Producto Interno Bruto (PIB), que en tres años ya supera 25%; una caída de la producción, que solo el año pasado fue de 60%; una caída de las importaciones, que también fue de 60%; y el mantenimiento de esa relación tan brutal con el sector privado, una relación marcada por las intervenciones, por las expropiaciones, por las inspecciones inadecuadas, y por lo tanto, por la ausencia de un estado de derecho, de una estabilidad, que necesitan todas las empresas, para poder seguir adelante.


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