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Queda como una incógnita irresoluble la reacción de Chávez ante el desplome del modelo socialista que ha desatado la primera hambruna de la historia venezolana


Manuel Malaver

Si hay unos hijos que no deben olvidarse, esos son los libros, pues a diferencia de los otros, no nos reclaman nada y más bien vienen a ofrecernos la sorpresa de que acertamos en tal o cual pronóstico, o que la historia nos reconocerá al final haber dicho lo justo sobre este o aquel personaje.

Pero los libros ya publicados, y puestos a crecer, también pueden traernos sinsabores, y sin duda que ninguno más perturbador que percibir que no fuimos capaces de acertar hacía qué abismos se dirigía una tendencia que describimos lo más alarmantemente posible, pero sin tocar fondo.

Y quizá no fue porque no estábamos absolutamente convencidos de que sus resultados serían de esa y no de otra manera, sino, porque, como humanos, a veces también vale apostar a equivocarnos.

En “Golpistas sin gloria” yo ubicaría este default en el tema -rozado decenas de veces en sus páginas-, de que volaban a agotarse las fórmulas híbridas que tanto éxito le trajeron a Chávez y también a la oposición, pero sin que se asegurara que su sustitución sería por una dictadura pura y simple, de las de antes, de las tradicionales.

Pero es que quedaba como un recurso arriesgado, pero válido, el sistema mexicano, el del partido único que también se llamó de “dictadura perfecta”, y que consistía en un monopolio del poder por el PRI, mientras al PAN, el partido de la derecha, se le permitía participar pero férreamente controlado y con la seguridad de que jamás alcanzaría la presidencia de los Estados Unidos Mexicanos, el Poder Ejecutivo.

Estaba, por último, el sistema bipartidista, con dos partidos populistas y revolucionarios repartiéndose el poder cada cinco años y con tal grado de complicidad que, era lo mismo irse, que permanecer en la presidencia.

Creo que la muerte de Chávez, sucedida un año y 5 meses después de la Pérez (dicen que el 5 de marzo del 2013) perturbó o arrinconó todos estos planes, aunque es posible que cuando aún vivía, se tomara en La Habana o en Caracas, y en presencia de los más altos jerarcas cubanos y venezolanos,  la decisión de que ningún sucedáneo unipartidista o bipartidista, sino una dictadura cívico-militar bien a lo cubano y bien a lo fidelista, sería el modelo que continuaría los devaneos semidemocráticos del ahora llamado “comandante eterno”.

Y estas son algunas de las ideas que me han fluido en mi regreso  a “Golpistas sin Gloria”, como sin querer y ligadas a referencias que, aparentemente, no se le relacionaban, escrito durante los tres meses finales del 2011, por inspiración del fraterno, Miguel Henrique Otero, para la casa editora de El Nacional, CEC, SA y con la recomendación de : “Escribe el libro más periodístico  posible, sobre los sucesos más periodísticos posibles”.

Una guará, como dicen en Barquisimeto, hacer “periodismo” sobre sucesos y personajes que “se hacían” parte central de la historia venezolana del siglo XXI, pero que, ya me halaban para hipostasiarme en los imprescindibles Ramón J. Velásquez, Elías Pino Iturrieta y Germán Carrera Damas.

Y todo, cuando, frente a mis ojos transcurrían las exequias del otro hilo esencial de esta historia, reportaje, o crónica, Carlos Andrés Pérez, el presidente contra quien insurgieron, acaudillados por Chávez, “Los Golpistas sin gloria”, abrumadoramente acompañado hasta su tumba por el país que no fue capaz de ubicarse en aquellos días oscuros en el punto de equilibrio en el que Pérez mereció estar siempre como un defensor de la democracia, y Chávez como su eficiente e implacable destructor.

Sobre este tema, exactamente, hablaron los dos venezolanos a quienes tocó despedir a Pérez desde la Iglesia de la Chiqinquirá y el Cementerio de La Guairita en Caracas, el Padre Luís Ugalde y el historiador Germán Carrera Damas, absolutamente convencidos de que se cerraba uno de los  capítulos más intrigantes y seductores de la historia republicana de Venezuela: el de los 40 años de democracia.

Pero que, solo podría comprenderse si, tal como lo intento en “Golpistas sin gloria”, me fijo, no en otro muerto sino en un moribundo, Hugo Chávez, quien, desde el 10 de junio padecía de un cáncer de pelvis diagnosticado en La Habana y que, dada la mala praxis que por término medio se acostumbra en la isla, más los desórdenes pre o postoperatorios típicos del paciente, conducían a una muerte segura.

No lo describo en el libro, pero si lo focalizo en alguna cama de clínica, o de hospital en Caracas o La Habana, siguiendo las exequias de Pérez, pero sin duda que imaginando las suyas propias que no tenían por qué ocurrírsele mejores o peores.

¿Qué pensó, que imaginó, que soñó?  Difícil, si no imposible imaginarlo, pero seguro que en algún momento pudo aproximarse a la fragilidad de los asuntos humanos que darían cuenta, con un año y meses de intermedio, de los últimos y primeros caudillos de los siglos XX y XXI venezolanos, cerrando una cortina que quizá no vuelva a abrirse jamás.

El gobierno del sucesor de Chávez, Maduro, confirma perfectamente la hipótesis que no se plantea en el libro, pues era imposible pensar en los tres meses finales del 2011, que, aquel funcionario oscuro e impersonal, que casi no hablaba ni actuaba, que pasaba por ser mandadero del comandante en jefe por las cancillerías extranjeras, sería encumbrado hasta la presidencia de la República y pasado a ejercer una de las dictaduras más crueles que ha conocido el país.

Es un alma elemental Maduro, sin títulos universitarios de ningún tipo, sean de Contabilidad o Administración, mucho menos con una profesión sofisticada como la mecánica de automóviles o la reparación de equipos electrónicos de alguna clase.

No, de Maduro solo se sabe que fue chofer de un autobús en el Metro de Caracas, que alguna que otra vez pudo asistir a reuniones en el Comité Sindical y que, con alguna probabilidad, pudo ser militante de alguno de los partidos izquierda que todavía  pedaleaban a mediados de los ochenta y en espera del gran cataclismo que le significó la Caída del Muro de Berlín y el colapso de la Unión Soviética.

Pero, después de esos sucesos, ni siquiera aparece conectado a la intentona golpista del 4 de febrero, pues ninguno de los civiles y militares comprometidos en la asonada recuerda haberse tropezado con “un tal Maduro”.

Y, lo más seguro, es que, como muchos de los comisarios y oficiales actuales de la revolución, no estuviera ahí, o no tuviera información de la misma y que solo con el decurso de los meses y de los años se informara e incorporara a sus filas.

Por eso, en “Golpistas sin gloria”, no se habla de Maduro, ni de Padrino López, ni de Néstor Reverol, ni de Marco Torres, ni de otros arribistas que solo aparecieron montados en la ola del boom petrolero de la cual no se han bajado jamás.

Una decepción para Chávez si regresara del otro mundo, pues, aunque sus complacencias con la corrupción y la incompetencia jamás fueron puestas en duda, es posible que esta manera de rebajar hasta el piso el profesionalismo militar, le hubiese incomodado.

También queda como una incógnita irresoluble su reacción ante el desplome del modelo socialista que ha desatado la primera hambruna de la historia venezolana de todos los tiempos y una falta de medicinas y equipos médicos que raya en el genocidio, aunque más de una vez afirmó que la revolución iría adelante independientemente se los sacrificios (léase “horrores”) que provocara.

En otras palabras que, “Golpistas sin gloria”, es entonces, una introducción a la tragedia, y no a la tragedia misma, por más que sus páginas fueron escritas para que los lectores perdieran el sueño.

Por último, un agradecimiento a la gerente de UN Libros:  Rosalexia Guerra Tineo, de “El Nacional”; al Coordinador Editorial, Samuel González; a la diseñadora de la portadora, Lilibeth Puche; y al director de “El Nacional”, Miguel Henrique Otero, perseguido político y exilado de nuestro país por “Los Golpistas sin gloria”.


 

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