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LA OFRENDA DE PRODUCIR

De la auto-consagración productora y de usos no utilitarios de producto


Tamer Sarkis Fernández

1. COMUNIDAD Y SUS SOLIDARIDADES

Si uno toma la producción como algo no necesariamente dirigido por el principio de obtención, sino por el principio de gasto[1], entonces, interrogada la producción desde estas consideraciones, nos lleva a plantearnos cómo se reparten las diferentes tareas y cómo estas tareas se complementan y se relacionan entre sí, quedando los sujetos inmersos en Relaciones de Producción. Las motivaciones de los sujetos, sus expectativas, su ansia de gratificación, su cálculo sobre la pertinencia de coyuntura para inversiones, sus posibilidades de promoción, su necesidad de vender su Fuerza de Trabajo a cambio de un salario…, en efecto son Variables que inducen, incitan, o fuerzan materialmente a los sujetos a tener parte en la actividad productiva. Pero, ni son causa de que los sujetos produzcan ocupando determinada posición en el proceso, ni explican la relación del sujeto con unos y otros elementos del proceso. Algunos ejemplos: el sujeto en tanto que dueño de los Medios de Producción; o su relación con el Factor de Producción tierra como un elemento más de la tierra –laborante– censado junto a las demás propiedades del Abad; o bien en relación con el producto alienado por mediación del salario; la privación del sujeto al trabajo acumulado o a porciones del mismo; etc. Hablamos, en definitiva, de Relaciones de Producción.

Los factores utilitarios subjetivos tampoco explican el acontecimiento productivo mismo. Son, a lo sumo, elementos agenciales de la producción. Defino “elementos agenciales” como el conector o el canal a través del cual la causa se realiza como consecuencia. Y defino el materialismo vulgar, a grandes rasgos, como un ejercicio epistemológico de suplantación sistemática y sistematizada de las causas por meros elementos agenciales. Ello vale para las ciencias puramente experimentales como para las Ciencias Sociales[2]. En lo que a la producción se refiere, factores como la supervivencia, determinados ideales normativos de hegemonía social relativos al consumo o al prestigio, la necesidad de ahorrar algo con arreglo a la relación reflexiva que el sujeto establece con el tiempo futuro, etc., se organizan en la conciencia del sujeto y cristalizan como motivación. Sin embargo, dichos elementos en la conciencia no causan la producción, ni tampoco el modo en cómo está organizada (y organiza aspectos de la sociedad) en un periodo u otro de la historia.

Estas Relaciones de Producción –objetivas, que están ahí, que se suceden también fuera de la mente, de la consciencia, de los deseos y de la voluntad de los sujetos productores, y en modo alguno determinadas ellas mismas por su experiencia subjetiva-, son auténticos generadores de experiencia compartida. Como el hecho de producir conjuntamente es un vínculo social (objetivo), esa existencia objetiva genera experiencia de la misma a cuatro niveles: sensible, consciente, reflexivo[3] y epistémico (vivencia).

Esas identificaciones, compromisos, sentimientos, empatía, significan, por el hecho de ser, que toda separación establecida entre aquello que Durkheim llamó solidaridad orgánica (División del Trabajo Social) y solidaridad mecánica (identidad de uno mismo inseparada de la identidad común)[4] es una separación artificial e ideológica. No pasa de eso porque, en la realidad, ambas solidaridades se hallan ellas mismas en relación de solidaridad (explicación y determinación recíprocas). A partir de la organización social de la producción, teniendo en cuenta como variable explicativa a la tendencia hacia el gasto en los demás, las superestructuras, más allá de cifrarse en el interés (“explicación” utilitarista) o en el sentimiento de pertenencia (“explicación” identitaria), son superestructuras emotivas de auténtica identificación –de in-distinción con los demás- así como de compromiso, de comprensión y de sintonía. Cuyos efectos reproductivos no operan únicamente al nivel de continuar fomentando la solidaridad orgánica en la producción (ese reforzamiento y origen recíproco del que hablaba antes).

Estas superestructuras subjetivas son una fuerza material que configura modos de gasto y de consumo fuera de la producción, no gobernados por el principio de búsqueda de la propia ventaja –ni siquiera por el de la búsqueda de ventajas para el objeto de identificación propia. Formas de consumo en cuyo curso no tiene cabida distinción sujeto empleador/objeto instrumentalizado ni tampoco distinción entre un sujeto “sacrificado” (objeto) y un objeto social beneficiado de un “altruismo”. Se trata de un consumo, o de hacer gasto de lo producido, que no es más que el corolario de la producción, ya que la producción sucedió en sí misma como práctica social del gasto. La producción no fue un “sacrificio” –moral o en aras de la “utilidad social”. Si lo hubiera sido, ello significa que el sujeto se auto-niega en la producción en nombre de unos “otros” receptores. Pero ése no es el caso de unos sujetos que, gastándose en los demás, están manifestando una tendencia íntima, de modo que se auto-afirman.

2. LO NO-UTILITARIO: FUERZA PRODUCTIVA GENÉRICA HUMANA

Por otro lado, así como la producción ocurre al expresar la capacidad humana de transformar la materia en objetos, este vínculo que los sujetos establecen con los objetos debe gobernar su consumo o su gasto y concretar sus modos. Pues los objetos son importantes por protagonizar un vínculo social y ser el resultado de otros vínculos, y no sólo por acumular valor de uso y –eventualmente- valor de cambio. Si, como he ido afirmando, desde la producción misma y a través de ella los sujetos se constituyen en importantes (los unos para los otros), esa consideración y vivencia de los demás produce modos de consumo determinados por el encuentro entre la importancia de los sujetos y la importancia de los objetos, por lo que cualquier patrón restrictivo, utilitarista o tendente a ventajas a costa de otros queda descartado de la organización del consumo o del gasto. Por ende, son identificables un conjunto de motivaciones posibles extra-utilitarias, que gestan producción y dirigen cómo se gestiona. Adelanto cuatro en este ensayo:

  1. EL PRODUCTOR SE DA. Igual que, en el orden ritual, el sacrificio significa auto-desprendimiento y es un acto de insumisión a la tendencia de sujetar, la existencia propia y las relaciones sociales en que uno se implica, bajo el interés específico de la auto-conservación, en el orden de la producción el productor se constituye como tal también a causa de la tendencia de darse a los demás, sin que tengan porqué intervenir consideraciones relativas a favorecer la subsistencia. La discontinuidad, consecuencia del acto de clasificar el mundo entre un self sujeto y una exterioridad objeto, queda puesta en suspenso, o al menos transgredida, también por el acto de producir.
  2. ENTIDAD META-UTILITARIA DEL PRODUCTO. Igual que la producción no se pone en marcha exclusivamente a partir de un cálculo del beneficio, de un cálculo auto-instrumentalizador que establece el beneficio “social” que se provee, o a partir de la necesidad de responder organizadamente al reto de la subsistencia, sino que resulta de un movimiento de la interioridad opuesto al movimiento para sí mismo –o para “la sociedad”-, y de gasto contra la conservación, hay que tener en cuenta que el objeto no es solamente un útil. Es la materialización del acto de gasto y se entiende que, al no dar los fines utilitarios una explicación exhaustiva del objeto (pues éste es también la realización del impulso interior a donarse), el uso social del objeto no tiene porqué quedar circunscrito a un orden utilitario cualquiera (no fue producido tan sólo como útil). Esa motricidad improductiva del producir transubstanciada en objeto, ayuda a comprender los posteriores usos sociales improductivos de los objetos, desde la comprensión de la identidad de su producción misma. Identidad de la producción en parte idéntica a la del uso social: comparten ambos órdenes una dimensión opuesta a la conservación o a la inversión rentable; una dimensión des-atenta de ellas.

Dicha Dimensión procura, en algún ejemplo de manifestación extrema, directamente la disolución de la vida del grupo humano en tanto que organización social: los troyanos, quienes estaban improvisando una extensión de muralla en el momento mismo de sufrir asedio, se dedicaron a esculpir surcos y relieves en las piedras que colocaban, así como a nivelar con ellas el aspecto de parte de la muralla vieja. Este “entretenimiento” sorprende aún más teniendo en cuenta la falta de relación entre las formas producidas y el imaginario mitológico o sus figuras, lo que pone en cuestión explicaciones de la práctica centradas en una hipótesis de “función protectora, de invocación, de intento de potenciación mágica del valor de uso de la muralla o de su eficacia, etc.”. Poner las piedras sin más habría hecho avanzar más rápidamente el tramo de muralla, hecho a contratiempo de la ofensiva helénica, habría sido menos arriesgado directamente para los sujetos empleados en construirla, y más disfuncional para el asedio (los salientes hechos y la sinuosidad esculpida aumentan la oportunidad de escalada). Pero ni siquiera en estas circunstancias límite demarcadoras de su propia prioridad utilitaria, fue la producción determinada por los factores instrumentales.

La demostración fehaciente –focalizando la mirada en la producción- de la ausencia de rectoría sobre el objeto por parte del principio de utilidad, es que, si lo rigiera, cualquier objeto que funciona perfectamente en su ámbito de aplicación comportaría dar un frenazo en seco respecto de toda actividad productiva de ese objeto que no fuera su reproducción mecánica. Sin embargo esto no sucede: la producción no se limita a crear y recrear replicantes de ese objeto funcional, ad infinitum o hasta cubrir el conjunto de “vacantes de utilidad” a rellenar por el objeto en cuestión y por su valor de uso. La producción continúa; le pasa por encima, mediante el acto mismo de producir, a la consumación del potencial utilitario reclamado por uno u otro ámbito de aplicación objetual.

Los grupos humanos productores continúan ensayando, continúan experimentando, modifican el objeto, multiplican ese objeto en otros con el mismo valor de uso pero distinta forma y composición, estetizan el objeto, lo sofistican, lo refinan… Y, por supuesto, inventan “descendientes” del objeto más versátiles en cuanto a su valor de uso o que “hacen mejor su tarea”; es decir, la misma función útil persiste, aunque optimizada[5]. Pero insisto: si la rectoría del principio de utilidad fuera real, los objetos no tendrían historia. O, más exactamente, se encumbrarían en su “fin de la Historia” particular cuando hubieran conquistado un grado de utilidad suficiente en relación a determinada actividad o práctica. Desde ese preciso momento, ¿para qué dotarles de un plus de utilidad?; ya han reunido la que hace falta. La presunta teleología utilitaria del objeto refluiría entonces por las entrañas de la producción, que seguiría su curso generando utilidades terceras para las que hay “vacante que todavía no ha sido cubierta”.

iii. AFIRMACIÓN TÉCNICA DE LAS CAPACIDADES. Y sin embargo, la historia de la producción es la historia de un sin-fin de modificaciones perpetradas materialmente sobre un mismo valor de uso. ¿Por qué, si ya se parte de la existencia de éste? Si el objeto es una especie de “terreno de cultivo”, cultivo mediante el que es superado el objeto, ello se debe a que la actividad productiva es poseída y regida por unas capacidades que tienden a su consumación. A su propia optimización. A realizarse[6]. A su manifestación más perfecta y a su objetivación como logros adicionales de sí misma. Esto último explica el incremento del valor de uso como efecto de la innovación productiva a partir del objeto, al tiempo que no como motivación inspiradora de esta vocación productiva de no dar el objeto por concluso. La utilidad puede haber alcanzado cuotas satisfactorias; las capacidades se auto-exigen. Los sujetos se reclaman lo que pueden. Y ponen empeño concertado en producir mejores objetos (no en producir per se utilidades mejor ajustadas). Por este movimiento de entrada de un valor de uso en su historicidad objetual al impulso de las capacidades y de su fuerza hacia la progresión cualitativa de su afirmación, son las propias capacidades las que se superan al compás de la superación objetual. Porque ese operar expansivo sobre un valor de uso, no utilitariamente (no porque se busque el beneficio consecutivo a ampliarlo), sino en fidelidad a la aptitud para hacerlo prosperar (en un querer dar-de-sí humano genérico), no sólo afila las capacidades. Caduca unas y abre otras, que emergen como respuesta a necesidades formativas en los sujetos en su deriva de revolucionar los objetos y afirmarse a sí mismos (Homo faber) mediante una maximización de la operatividad objetual, que no es un fin en sí. Es tan solamente el modo expresivo de una disposición genérica de “llegar a ser lo que uno es”, para usar la máxima de Schopenhauer.

Exactamente el mismo razonamiento vale para tratar la cuestión de la técnica vista como dinámica eternamente inconclusa en la que el sujeto objetiva sus capacidades sin haber en ello “fin de la historia”: la técnica ha sido a menudo analizada como si fuera un medio dirigido a configurar útiles, máquinas, etc. Si así fuera, todo proyecto técnico cesaría con la invención de su presunta “razón de ser” tecnológica. Y sabemos que esto no es así: la improvisación, la experimentación, la revisión, el perfeccionamiento, el reemplazamiento… técnicos constituyen un eterno retorno de activaciones porque la técnica es un saber-hacer; una metodología de la actividad que la rectifica a ésta por el patrón de criterios no necesariamente utilitarios (pueden ser estéticos, de logro de unas formas nuevas con que se dar presencia a la actividad y así complacerse la creatividad en su saberse expresada, etc.). Las formas de actividad técnicamente disciplinadas son por sí mismas una invitación a las capacidades a seguir poniéndose en juego, pues éstas no resisten verse agotadas en una realidad inconmovible; no necesitan que la necesidad las reclame como socorro a solucionar una demanda práctica de ajuste procedimental. La tecnología es, así, un punto de apoyo en que la técnica se empuja y toma aires y velocidad en su carrera de apresar la actividad y elevarla, “humanizarla” apartándola de ser “cualquier cosa” y distinguiéndola. Pero la tecnología no es jamás la finalidad de la técnica, ya que, para cada caso, sería entonces literalmente su fin[7].

  1. TECNIFICACIÓN PARA UNA SUPERIOR OBJETIVACIÓN DEL PRODUCTOR EN EL PRODUCTO. La producción no se tecnifica necesariamente para construir mejores artefactos, medios y objetos desde el punto de vista de la ganancia de estos en prestaciones utilitarias. No digamos ya desde el punto de vista capitalista de su susceptibilidad de venta (precios competitivos) o de acrecentar las cantidades vendibles. La producción se ha tecnificado fuera del capitalismo, también –o, alternativamente, sobre todo– “para” mejorar cualitativamente la producción desde el punto de vista de generar unos productos más ajustados al potencial humano, o más fiel y menos incompleto reflejo de él (mejor auto-objetivación del productor). La Propiedad de Homo faber dando sentido a la técnica: a. Busca con la ayuda técnica su descarga completa (consumación imposible por la condición perfectible de la Propiedad; actividad de Sísifo); b. busca descargarse como producción de técnica misma (técnica como fin total y no como instrumento ni tan siquiera relativo en este caso); c. tecnifica la producción “para” la mejora cualitativa del proceso mismo de producción: de la relación material y de la vivencia del productor con su propia actividad.

Considérese el caso del artesano gremial en la Edad Media, productor técnico de su obra y para quien el sentido de ésta gravitaba en el proceso productivo mismo. Producía lejos aún de la concepción posterior de “obra” como resultado material de una inversión energética y de recursos. Ello fue así hasta el extremo de resistirse a los intentos burgueses de introducción de técnicas y de tecnologías que facilitaban la producción, e incluso la calidad de la obra-resultado, pero que rebajaban cualitativamente la obra-proceso (la relación de producción artesanal). Sabemos que la burguesía emplea su poder económico para influenciar en la legalidad del Absolutismo, a la vez que su poder político a partir de su colonización del Estado, y hunde a Gremios, Cofradías y Corporaciones, los devora o los absorbe, o simplemente los arruina competencialmente empleando sus mecanismos de presión tributaria a la vez que por la “obviedad” de su mayor poderío productivo (de beneficio para la inversión continua en Medios de Producción y de este modo para la consecución de hegemonía en los mercados). A la fuerza de los hechos, la burguesía venció (pero no convenció).

3. LA POBREZA INTERPRETATIVA UTILITARISTA DE LA SIGNIFICACIÓN TÉCNICA

En realidad, situar a la técnica antes de las funciones mencionadas (mediante el mero empleo de la preposición “para”) no deja de ser una inversión ideológica (en tanto que esta vinculación lingüística pretenda estar agotando el sentido de la técnica). Digo “inversión” porque, de hecho, la técnica configurada está expresando la condición productiva genérica que la funda también a ella. Ya se sabe que el lenguaje no permanece a salvo de la mediación cósica de las relaciones sociales expresándose bajo la forma del Imperio de la utilidad; un futuro post-fetichismo inventará estructuras gramaticales adecuadas a expresar las nuevas predominaciones de sentido a las que dé lugar en materia de prácticas sociales.

Enlatar a la técnica en la categoría instrumental, tout court y para no importa qué formaciones sociales, no es en ocasiones más que la excusa o la coartada de la mala conciencia que pesa sobre la producción “sin aplicación útil” (lo que sin hipocresía suele querer decir Medios de Producción y energías fuera de circuito mercantil), y cuya curiosa sublimación es la indulgencia y la simpatía extendidas hacia el esteticismo artístico. El arte aparece así como una especie de reserva productiva donde sería lícito e incluso modélico el rechazo de la instrumentalidad, que es expresado en términos de “el arte por el arte” y en el que los proletarios somos animados a cultivar, expresar y desatar nuestra creatividad “porque sí”. Para las demás dimensiones de la producción, se antoja monstruoso pensarla como una práctica que extraiga, de ella misma, de los objetos y de los vínculos sociales que ambos expresan tanto como fundan, sus motores de sentido.

La superficial valoración “de sentido y sensibilidad comunes” contrasta con el hecho de que el capitalismo ha puesto al consumo a orbitar en torno a la producción, de modo que la producción reina. Aunque reina nada más que como imperativo de cantidades, en un reinado esclavo del Capital que la producción tiene encargado reportar para el consumo de éste en la producción misma… Gobierno circular de la producción, sin fruto cualitativo. El consumo, alienado, reproductor de unas relaciones de clase y cuyo diferencial es posibilitado por un plustrabajo ajeno que reaparece como consumo privatizado en los Modos de Producción anteriores, deja con el capitalismo de ser la finalidad de la producción y se convierte en condición permisiva de su continuidad salvando la amenaza competencial eliminatoria –consumo indispensable, pero medio al fin y al cabo.

4. DE LA PRODUCCIÓN GENÉRICA A LA PRODUCCIÓN SOMETIDA AL IMPERIO DEL RESULTADO

Marx entregó una parte fundamental de su pensamiento al estudio histórico de la mercancía, demostrando cómo la problemática de su génesis funda el problema humano de trascender el ciclo en la historia cuyo apadrinamiento fue mercantil: el ciclo histórico del valor. La mercancía, que había surgido en “las periferias” y “bordes” geográficos de las comunidades, cuando su propio desarrollo respectivo las hubo puesto en contacto, quedó en principio atrapada en el plano de la “distribución” de sobrante. Las comunidades no restaron intocadas por este proceso y, de hecho, dejaron de ser verdaderamente tales (a. El sobrante se hizo excedentario: diferencialmente apropiado y gestionado por una parte de la sociedad; b. La mercancía se instituyó dentro de la sociedad, iniciándose el intercambio intrasocietal y no exclusivamente intersocietal, lo que rompió, sumado al otro proceso, la comunión social con el producto). Pero, aun así, esas comunidades disueltas continuaban produciendo para el uso. El intercambio quedaba íntimamente ligado a la existencia de “excesos” de producto respecto de la aptitud de su absorción por el uso social directo.

El salto cualitativo se da cuando la división social provoca que la mercancía haga estallar su confinamiento en la “distribución”, y tome por asalto a la producción misma. Esta sucederá a partir de entonces con vistas al intercambio. El intercambio ordenará qué se produce y qué no, cuánto, en qué “coyuntura”, para quién. Y, con ello, ordenará los medios a utilizar y a desarrollar, la experimentación para la productividad y el saber socialmente aplicado a la misma, a quiénes utilizar y en qué régimen de productividad. También dictará las relaciones con otras sociedades, que han devenido Unidades de intercambio en relación a la sociedad “propia”, etc.

En este proceso social (Mercancía-Mercancía –trueque- o Mercancía-Dinero-Mercancía) rector de la existencia, el uso deviene un mero condotiero del cambio: la producción concretizará materia de usos rentables al intercambio, prestando en tal grado atención al uso: en tanto vuelve intercambiable al producto, y no en tanto cubre necesidades de uso. A este proceso de sujeción de la racionalidad de la producción a la mercancía, Marx lo llamó colonización del valor de uso por el valor de cambio. Alcanza su clímax cuando las Fuerzas Productivas son puestas, por una clase (la burguesía), a producir mercancías no ya para su intercambio rentable con otras. Son producidas para intercambiarlas con su valor dineralizado, que supera al valor total invertido en el proceso productivo gracias a la explotación de la FT, y que es apropiado y acumulado crecientemente por el capitalista con cada recorrido del bucle Dinero-Mercancía-Dinero’[8].

Esta matriz de continuidad en que se inserta el capitalismo, y al tiempo de cambio cualitativo en el papel social de la mercancía, es lo que empujó, a determinadas vertientes comunistas, a llamar al capitalismo “la sociedad mercantil generalizada”[9]. Pues el hecho de que todo se cree o sea abducido para ponerlo en venta es sólo el correlato de que la producción no aspira ya a ingresar mercancías otras (lo que generaría especialización mercantil de las Unidades de Producción pero dejaría todo un campo productivo sin mercantilizar). La producción capitalista aspira a ingresar valor y, en el enfrentamiento de sus propias leyes hacia la saturación de este ingreso, está determinada a convertirlo todo en portador de valor y, en concreto, a la actividad, a la consumación/creación de capacidades y a la satisfacción de necesidades de que precisamente esa organización de la producción nos priva. Aparecen así falsificadas todas en ideología de esa actividad, en ideología de esas capacidades y en ideología de esas necesidades. “El espectáculo es el capital en un grado tal de acumulación que se ha convertido en imagen” (Guy Debord).


[1] Gasto que comprende, en este caso, el uso de materia; el auto-gasto de energías propias y el poner en peligro la integridad propia en lugar de guiarse por la auto-conservación acomodaticia; el canalizar las propias fuerzas hacia los demás y darse uno mismo, acto creador de materia que poner también a disposición de los demás; la afirmación gozosa de una capacidad sin que la valoración de consecuencias determine el hacer o el no hacer[1]; etc.

[2] Por ejemplo, cuando un materialista mecanicista viene a pseudo-explicarnos qué es el amor, lo típico es que nos relate un proceso de segregación de encefalinas y de endorfinas, la “adicción” que nos crea su “consumo endógeno”, hecho que retroalimenta esa segregación y ella retroalimenta la “demanda”, la funcionalidad de esta fisiología para la perpetuación de la especie… El materialista mecanicista concluye sentenciando que “El amor es una reacción química”. El materialista vulgar ha colocado a un proceso de mediación en el lugar del ser del amor, proceso él mismo desencadenado, pero invocando al cual pretende estar explicándose el amor. También aquí en el diálogo: A. “¿Qué origina el fuego que cada verano arrasa <<nuestros>> bosques sistemáticamente?”; B. “El fuego lo origina la aceleración del movimiento de las moléculas que componen la materia, que friccionan y chocan entre ellas. Estos <<estallidos>>, en contacto con las moléculas comburentes –oxígeno del aire-, reaccionan prendiendo la materia que componen, de modo que ésta arde”. He puesto estos dos ejemplos anteriores –grotescos- para subrayar así la esencia del fenómeno “epistemológico”, grotesco él también.

[3] Posibilitado por la facultad exclusiva humana de poseer conciencia de su conciencia, con lo que el animal humano puede decidir convertir el contenido de ésta en objeto sobre el que proyectarse y así ponerse a pensar, a examinarse, a criticar el contenido consciente o a profundizar en él y desarrollarlo.

[4] Durkheim, 1987.

[5] Más eficiente, con menos y menores costes colaterales al ser empleado, persistencia de la misma utilidad en menor tiempo –incremento de la productividad útil-, etc.

[6] En el sentido hegeliano: trasponer su potencia en un mundo real externo a las capacidades mismas, en su nido de interioridad de los sujetos, en un estado histórico preciso.

[7] Oswald Spengler resume esto último a la perfección en su gran obra El hombre y la técnica: “En toda lucha por un problema hay una técnica lógica. Hay una técnica de la pincelada, de la equitación, de la dirección de un globo dirigible. No se trata aquí de cosas, sino de una actividad que tiene un fin. Eso, precisamente, es lo que con harta frecuencia pasa por alto la investigación prehistórica, que piensa demasiado en los objetos de los museos y harto poco en los innumerables manejos que debieron existir, pero que no han dejado la menor huella”.

[8] Aproximación detallada a este proceso de transición (de la mercantilización del sobrante a la mercantilización de la producción) nos la ofrece Lukács (1969). En los dos párrafos anteriores he recogido su esencia (qué es, más que cómo se produjo históricamente).

[9] Sectores de la izquierda comunista italiana en despliegue durante el primer tercio del siglo XX.

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