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Maduro, un déspota menor

Maduro, un déspota menor

Incapacitado para empinarse y buscar consensos, garantizar la concordia y la indispensable gobernabilidad del país. Más de 50 muertos hasta ahora en las protestas de la oposición democrática, así lo indican


Cipriano Fuentes

A Earle Herrera, en este mundo, islote de probidad en un mar de los Sargazos.

Compleja y significativa la figura del déspota, el caudillo —todo caudillo es un déspota— tiene múltiples referencias. No la del dictador pintoresco y transitorio que tanto ha abundado en la escena política de los países latinoamericanos y caribeños, sino la muy singular del déspota mayor, de cierta genialidad y —en oportunidades— de incomprensible arrastre popular. Fueron pocos los que surgieron en la vida de cada país, tales como Porfirio Díaz y Francisco Villa, en México; los guatemaltecos Estrada Cabrera y Jorge Ubico; Luis Somoza García, el primero de la dinastía trágica nicaragüense; el dominicano Trujillo y el haitiano François Duvalier, al igual que el cubano Fidel Castro y los venezolanos Páez y Gómez; el argentino Rosas y los paraguayos Rodríguez de Francia y Stroessner. Eran genuinos representantes  de un estado social y de una hora histórica, y agentes intuitivos, violentos y taimados de un proceso colectivo. No se puede entender la realidad continental y su evolución sin tomarlos en cuenta; aunque no existan ejemplos en el Caribe inglés. Uno se atreve a ofrecer una visión de la figura del déspota basada en situaciones observadas no sólo con mirada creadora, sino con un pretendido conocimiento que va más allá de la modesta erudición de lector sempiterno de la historia de América hispana.

Se trata de la difícil y, en ocasiones, fascinante realidad del poder y del diálogo de la vida y de la muerte entre un hombre —el déspota— y una nación que buscan mutuamente su identidad y su destino. Puede ser una revelación —en el  mejor sentido— a través de la cual se logra vislumbrar la oscura y peculiar condición del déspota, del dictador —grande o pequeño—, de sus hombres al mando y de su ya largo proceso de identificación histórica.

El presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, no alcanza la cima de ninguno de los dictadores citados de memoria. Apenas si llega a la desconcertante talla de déspota menor sin formación e iletrado, cuya probidad está en discusión y, ahora lo sabemos, sin escrúpulo alguno. Incapacitado para empinarse por encima de su altura física y perdonar, buscar consensos, garantizar la concordia y la indispensable gobernabilidad del país. Más de 50 muertos hasta ahora en las protestas de la oposición democrática, así lo indican; además del elevado número de presos políticos y torturados. Las muertes han sido producidas, en lo fundamental, por la Guardia Nacional y, en segundo plano por la Policía Nacional y organismos de inteligencia militares y policiales.

La manera sistemática como han ocurrido los hechos —el recurso de un método— hace pensar que podríamos estar ante delitos de lesa humanidad cometidos por el déspota, su ministro de la Defensa y el comandante de la Guardia Nacional Bolivariana, responsables de la brutal represión contra las multitudinarias manifestaciones antigubernamentales. Represión que también podría significar actos de genocidio, por cuantos los muertos son por razones políticas —opositores— y han sido estigmatizados como “traidores a la patria”, “terroristas” y otras infamias. El déspota menor y sus brazos ejecutores deberán responder, más temprano que tarde, por estas muertes. Porque la voluntad del pueblo venezolano de liberarse del socialismo del siglo XXI es irreversible.

Déspotas desclasados y poderosos, patológicamente aferrados al poder, miserables mayores y menores ayudan a conocer —y a identificar— a este mundo criollo ya tan viejo y aún tan desconocido.

@renglon70