Confidencial

Arvelo Ramos: poeta profundo

 

Fue un árbol frondoso, lleno de frutos, ramas abiertas que se extendieron para dar sombra y savia a quien a él se acercara

Por: Rubén Osorio Canales


Según la crónica familiar, fuimos hermanos desde que vimos la luz del mundo, porque siendo menos que infantes, nos tocó compartir una habitación en una pensión de la Parroquia San Juan cuando Alberto Arvelo Torrealba y mi padre salieron de Barinas después de la muerte de Juan Vicente Gómez. Desde ese momento quedó registrada una hermandad que duró para siempre. Pasados los años de la infancia y de la adolescencia, lo volví a ver cuando llegué a Roma un día de octubre de 1956. Me tocaba entregarle unas cartas familiares y ocupar un cuarto en la pensión de Marisa Casa que él había ocupado. Ese encuentro fue fantástico. Alberto me mostró a Roma y los mejores caminos para conseguir los saberes de Italia. Tenía rutas precisas que recorrimos con la intensidad de dos jóvenes llenos de sueños, más que atraídos, obsesionados por la poesía, el teatro, la música, el arte y las buenas amistades. Desde entonces cada vez que pienso en Roma aparece Alberto, porque él me la mostró física y espiritualmente. Hablamos y leímos mucha poesía. Recuerdo que en el Parco Della Remembranza nos internamos por las rutas de Virgilio, nos asombramos con Ungaretti, leímos con deslumbramiento y seriedad al Dante y hasta dimos los primeros pasos en la poesía de Blake. Amábamos la historia de Roma y viviéndola como lo hicimos, pensamos que en ese momento era la capital del mundo. Amamos siempre el destello que salía de sus muros y sus viejas callejuelas en el perímetro de la ciudad antigua, la sobrecarga de energía en la manera de caminar sus mujeres, y la tramposa melancolía del canto de la ciudad y de su gente, pero sobre todo amamos el sentimiento de libertad y de cambio que nos dio. Recuerdo que mi primer día en aquella maravillosa ciudad, fue un domingo y recorriendo con Alberto el corazón de la ciudad, nos sorprendió una multitudinaria manifestación universitaria en plena protesta reclamando mayor autonomía, cuestión que para mí, botado por una dictadura, parecía un sueño. Con él hice mis primeras visitas a la Piazza Navona, la Piazza del Popolo, la Vía Veneto, el Teatro de la Opera, el lago Bracciano, Castel Gandolfo y las cuevas gastronómicas de Anguillara. Eran tiempos de sueños, de grandes sueños, de descubrimientos, de búsqueda y de discusiones. Nos tocó ver cómo la guitarra de nuestro Alirio Díaz estremeció a toda Europa; nos conmovimos con la fuerza social de La Terra Trema de Visconti y supimos entender la comedia humana a la manera de Fellini; vimos cómo Antonioni marcaba los códigos exactos de la soledad y aprendimos la poética del anti héroe que elaboró Monicelli con películas como I Soliti Ignoti y La Grande Guerra; entramos en el Pavese de “verrá la morte e avrá i tuoi occhi” y de La Luna e i Faló; en el mundo inmenso de Montale, Quasimodo, Ungaretti; vimos nacer la Compañía Dei Giovani, con Ana María Guarnieri, Rosella Falk, Giorgio De Lullo y Romolo Valli y al gran Vittorio Gassman, luchar por montar su Teatro Carpa en Villa Borghese; vimos la rebelión de Carmelo Bene y sus condiscípulos contra la Accademia Nazionale D’Arte Dramática quien apadrinado por su autor Albert Camus y por Roberto Rossellini montò su propia versión de Calígula, y nos tocó en suerte ver L’opera di Tre Soldi e Il Nost Milán con la dirección del más grande Director de teatro del siglo pasado: Giorgio Strelher. Entonces éramos jóvenes y amábamos reunirnos para conversar, discutir, discrepar, crecer. Defendíamos la autenticidad como un valor inviolable y amábamos la rebeldía. Un día me abrió un ejemplar de la primera edición de I Canti di Leopardi y me leyó L’ Infinito, renglón seguido me lo prestó. Un día, después de unos largos veinte años, en Caracas, lo invité a comer en mi casa con el único propósito de devolvérselo. Gracias a Alberto descubrí el mundo de Domingo Mendoza, Fucho Suárez, del cuatro y la bandola y de Juan Félix Sánchez. Su libro Poemas de Enero es uno de esos libros que quedará. Todo en él fue enseñanza, abrir caminos, pensar, indagar, descubrir y poner en acto su vocación de libertad y todo ello hecho con lo mejor de su alma noble y maravillosa que fueron su honestidad y su humildad. Toda gran amistad está llena de una memoria compartida sobre la cual volvemos siempre. Con ese largo camino recorrido, su memoria vivirá en mí hasta el día en que ya no tenga memoria. Con la muerte de Alberto Arvelo Ramos cayó un árbol, porque en vida eso fue Alberto, un árbol frondoso, lleno de frutos, ramas abiertas que se extendieron para dar sombra y savia a quien a él se acercara. En los últimos años una enfermedad lo llenó de silencios y seguramente, para él que amaba tanto el diálogo vivo, de mucha tristeza. Creo que fue, al lado de su dolor por Venezuela, la razón de su partida, sin embargo, un poeta tan profundo como él, alcanzó a decirnos: “Ninguna muerte es perpetua. Todo lo que muere se desmuere, vidas, relámpagos e imperios… También la muerte muere y su muerte se llama amanecer”. Mi alma está con Solange, Mariela, Beto y Silvia y todos los amigos que con su honestidad, su mundo interior, su alegría y su humildad, supo cultivar. Dios bendiga a los suyos y a su obra. p

 

 

 

 

 

 

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