Hoy somos más dependientes de los insumos alimentarios procedentes del exterior (3,29 millardos Bs.F. en el 2007 versus 1,03 millardos Bs.F. en el 2006)
José López Padrino
El teniente coronel ha ordenado enviar diez batallones a las zonas fronterizas, incluyendo unidades mecanizadas, el cierre de la embajada venezolana en Bogotá, la expulsión del embajador de Colombia y como si ello fuera poco ha anunciando que apoyará a Ecuador en cualquier circunstancia frente a la situación planteada con Colombia. Fanfarronerías que lejos de ayudar a solventar por la vía del entendimiento la crisis suscitada entre esos dos países, propicia una confrontación bélica entre pueblos hermanados por indestructibles lazos históricos y culturales.
Es por demás condenable que el gobierno colombiano haya violado la soberanía territorial del Ecuador cuando realizó la incursión militar en contra del campamento de la FARC-EP. Dicha incursión militar ocurrió sobre el territorio ecuatoriano, no en el venezolano, por ende no se justifica la actitud asumida por el teniente coronel y su atajo de focas de la Asamblea Nacional que “rodilla en tierra” complacen al líder en todos sus caprichos y deseos. Y mucho menos la de los “fasci di com bastimento” de Lina Ron quienes “barriga en tierra” esperan las órdenes de su “amado comandante”. Evidentemente, el régimen ha recurrido al conflicto entre Ecuador y Colombia como excusa para reeditar el fantasma del enemigo externo, el síndrome de las Malvinas, tal como ocurrió en Argentina. Para los desmemoriados, nos referimos a la aventura militar dirigida por los gorilas militares de ese país cuyo fin fue el exacerbar el sentimiento nacionalista y buscar el apoyo popular para su moribundo proyecto totalitario (04-1982). Bien recordamos que ese “jueguito de guerra” del generalato sureño terminó en una lamentable tragedia para el pueblo de San Martín.
CARICATURA DE SOCIALISMO
Con sus declaraciones patrioteras y sus acciones guerreristas, el teniente coronel Chávez Frías pretende distraer la atención del pueblo frente a sus crecientes y graves problemas internos, militarizar aún más al país, así como ganar de nuevo el apoyo popular perdido ante su fallida acción de gobierno. Fracaso que se evidencia en la construcción de su mítico paraíso, caricaturizado infelizmente como el "socialismo del siglo XXI", en la implementación del modelo económico socialista bolivariano, en la puesta en marcha de su proyectos en las áreas de la salud y la educación, así como en la lucha contra la corrupción y la pobreza.
Pero además, la tan cacareada soberanía alimentaria, no pasa de ser un fantasma que recorre los anaqueles vacíos de los mercados. Contrariamente a lo que afirma el oficialismo hoy somos más dependientes de los insumos alimentarios procedentes del exterior (3,29 millardos Bs.F. en el 2007 versus 1,03 millardos Bs.F. en el 2006); todo ello producto de la profundización de una infausta economía de puertos que ha favorecido de manera grosera a los importadores bolivarianos (boliburguesía). El poder popular dista mucho aún de ser una realidad y hasta la fecha solo ha servido como excusa para domesticar a los movimientos sociales en sus justas demandas. La industria petrolera, “roja-rojita”, sigue su marcha inexorable hacia una total privatización a través de la apertura petrolera bolivariana (empresas mixtas). Pero como si todo esto fuera poco, la inflación fue del 22% (2007), el desempleo ronda el 16%, y la economía informal representa un 55% de la población económicamente activa. Todo ha sido una farsa, escudada en la iconografía bolivariana.
Al margen de la pauta gobbeliana publicitada por el régimen caudillesco y bonapartista del teniente coronel, en Venezuela, en definitiva, no se ha dado ninguna revolución y muchos menos un cambio socialista, seguimos siendo un país capitalista, dirigido por un gobierno burgués, donde los ricos se han hecho más ricos y los pobres más pobres, y que sigue dependiendo fundamentalmente de la renta petrolera. No se puede hacer una revolución sin ser revolucionario y mucho menos una reolución socialista con ideología fascista.
Lenguaje guerrerista
“Profesamos afecto enorme por la Fuerza Armada, pero, rechazamos, con el mismo furor, la bota militar”
Absalón Méndez Cegarra
Venezuela es un país amante de la paz y de la buena vecvindad. Durante siglos ha mantenido las mejores relaciones con la mayoría de naciones del mundo. Pequeños incidentes han sido abordados con inteligencia y mesura, evitando, siempre, llegar a mayores. Las Fuerzas Armadas son vistas por los venezolanos como un lujo. Nadie piensa en nuestros hombres y mujeres vestidas de uniforme verde olivo con un fusil al hombro en plan de guerra. Pero, como reza el refrán, “poco dura la dicha en la casa del pobre”, tenía que llegar a la primera magistratura de la nación un soldado frustrado, con dominio teórico de la guerra y del lenguaje guerrerista, presto a pelearse con todo el mundo, para poner el país en jaque, en una aventura bélica con el país más hermano de los hermanos.
Las ofensas e improperios que lanza el Presidente contra el Jefe de Estado de la República de Colombia no tienen antecedentes en ningún país de la tierra. Nuestro Presidente, sin causa alguna que lo justifique, no sólo arremete e irrespeta a su colega, lo hace también con el pueblo colombiano y con la parte importante de ese pueblo que convive con nosotros pacíficamente y contribuye con su trabajo al engrandecimiento de la patria.
En Venezuela, un quinto de su población es de origen colombiano, cuatro millones quinientos mil personas aproximadamente, catorce o quince veces más que el número de integrantes de la Fuerza Armada Nacional; es decir, que si de ir contra Venezuela se trata, Colombia no tiene que molestarse en transportar ejércitos ni enviar diez batallones a la frontera, su ejército ya está en tierra venezolana.
Al Presidente se le olvida el contenido de la Constitución Política de la República de Colombia. Los colombianos no pierden su nacionalidad aunque adquieran otra y el colombiano que luche contra su país es considerado traidor a la patria.
El artículo 97 de dicha Constitución, reza textualmente así: “El colombiano, aunque haya renunciado a la calidad de nacional, que actúe contra los intereses del país en guerra exterior contra Colombia, será juzgado y penado como traidor. Los colombianos por adopción y los extranjeros domiciliados en Colombia, no podrán ser obligados a tomar las armas contra su país de origen; tampoco lo serán los colombianos nacionalizados en país extranjero, contra el país de su nueva nacionalidad”.
El Presidente de Venezuela y el Canciller venezolano deberían tomar unas lecciones elementales de diplomacia, de dominio de las relaciones internacionales y unas lecturas, aunque veloces, del ordenamiento jurídico de los países del mundo y comunidad internacional, antes de proferir insultos y llegar a decisiones disparatadas de romper relaciones y “expulsar”, como si tratase de enemigos probados de la sociedad venezolana, a los miembros de una misión diplomática acreditada en nuestro país, proveniente de un pueblo, como hemos dicho, amigo y hermano.
La frontera colombo-venezolana es lo que se conoce como frontera viva; se trata de un largo corredor habitado por personas para quienes los puntos y rayas limítrofes carecen de significación e importancia. En el pasado reciente, buena parte de la zona andina venezolana miraba hacia el Norte de Santander y, aún en nuestros días, con cierta dosis de realismo, se dice que San Cristóbal es un barrio de Cúcuta. Esto revela que para las personas de la frontera los límites no están presentes. Importa más el desenvolvimiento vital.
Es lamentable para los venezolanos que el único lenguaje que aprendió nuestro Presidente es el lenguaje guerrerista. Ignora que ya no está en un cuartel y que la sociedad no es un cuartel ni sus integrantes soldados sometidos a subordinación obligados a obedecer ciegamente los mandatos del comandante por alocados que estos sean.
Esa costumbre del Presidente de etiquetar las manifestaciones organizativas de la sociedad civil con la denominación de brigadas, batallones, escuadras, pelotones, lanceros, reservistas, etc, es decir, con el lenguaje de la guerra, y las acciones de gobierno con misiones, es, sinceramente deplorable. Los venezolanos profesamos afecto enorme por la Fuerza Armada, pero, rechazamos, con el mismo furor, la bota militar. Los venezolanos queremos y necesitamos vivir en paz, no queremos guerra con nadie y contra nadie.
Las veleidades guerreristas presidenciales puede reservárselas prudentemente. Ahora, si quiere probarse como guerrero el espacio indicado es el Medio Oriente, no los países vecinos, menos aún Colombina, el país que más ama honra y cuida la gloria inmortal de El Libertador común de Venezuela y Colombia.
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