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Gabo sobre Caracas: «una de las hermosas frustraciones de mi vida es no haberme quedado en esa ciudad infernal»

A través de Simón Bolívar, personaje fundamental de la historia de Colombia, Venezuela y otros países de Latinoamérica, Gabriel García Márquez supo de Caracas por primera vez, así lo reseña Ángel Ricardo Gómez en un trabajo sobre el grande de las letras latinoamericanas, publicado este viernes en El Universal.

Sin embargo, fue con un personaje de carne y hueso, alejado de los pedestales, con el que la capital venezolana entraría definitivamente en su imaginación. En el texto titulado La infeliz Caracas, el colombiano recuerda a una mujer llamada Juana de Freites, «inteligente y hermosa, y el ser humano más humano y con más sentido de la fabulación que conocí jamás«.

Aquella mujer le contaba las típicas historias infantiles pero con un escenario fijo: «Crecí con la certidumbre mágica de que Genoveva de Bravante y su hijo Desdichado se refugiaron en una cueva de Bello Monte, que Cenicienta había perdido la zapatilla de cristal en una fiesta de gala de El Paraíso, que la Bella Durmiente esperaba a su príncipe despertador a la sombra de Los Caobos, y que Caperucita Roja había sido devorada por un lobo llamado Juan Vicente el Feroz«.

No fue buscando princesas encantadas que llegó a Caracas. El autor de Cien años de soledad pasó por la tierra de Bolívar en 1957 cuando la revista Momento lo contrata como reportero. Sería así, testigo excepcional de la caída de Marcos Pérez Jiménez en 1958.

«Mi primer domingo en la ciudad desperté con la rara sensación de que algo extraño nos iba a suceder, y la atribuí al estado de ánimo que me había inspirado con sus fábulas doña Juana de Freites. Pocas horas más tarde, cuando nos preparábamos para un domingo feliz en la playa, Soledad Mendoza subió de dos zancadas las escaleras de la casa con sus botas de Siete Leguas. -¡Se alzó la aviación! – gritó. En efecto, quince minutos después, la ciudad se abrió por completo en su estado natural de literatura fantástica. Los caraqueños habían salido a las azoteas, saludando con pañuelos de júbilo a los aviones de guerra y aplaudiendo de gozo cuando veían caer las bombas sobre el Palacio de Miraflores, que para mí seguía siendo el Castillo del Rey que Rabió», escribe en el citado texto.

Gabo estaría en Venezuela hasta marzo de 1958, cuando regresa a Barranquilla para casarse con su amada Mercedes Barcha. No obstante, volvería a Caracas por nuevos contratos periodísticos, esta vez de las revistas Venezuela Gráfica yÉlite.

Márquez vivió durante ese tiempo en San Bernardino, en el sexto piso de un edificio llamado Roraima, que no se sabe si aún existe pues no se precisa ni la calle ni ningún otro dato, según la investigación que hace Gerald Martin para la biografía del autor Gabriel García Márquez: una vida.

En Caracas tendría grandes amigos como Teodoro Petkoff, Salvador Garmendia y Miguel Otero Silva, de quien fue su huésped en su casa, llamada precisamente «Macondo» –hoy demolida– y en 1972 Venezuela lo premia con el Rómulo Gallegos por Cien años de soledad.

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Gabriel García Márquez y su amigo Teodoro Petkoff


Manuel Felipe Sierra en su trabajo «El Gabo en Caracas» comenta que «si bien ya era conocido en Colombia por sus reportajes y algunos cuentos publicados en ‘El Espectador’; y luego, el tiempo de corresponsal en Europa le sirvió para perfeccionar el oficio; fue en los meses caraqueños cuando asumió el nuevo género del periodismo latinoamericano como la base de su mejor narrativa. Buen discípulo de Faulkner en la novela, asimiló los elementos del periodismo de Hemingway y Mailer aderezados con la inagotable fantasía del ‘realismo mágico'».

Sierra apunta que en la revista Momento, por ejemplo, el colombiano escribió reportajes «que disolvían los linderos entre el relato y la crónica periodística. Reacio a la entrevista-cuestionario, incorporó las repuestas de los entrevistados en el clima de amenos textos literarios». 

Y recuerda que en Cuando era feliz e indocumentado, un libro publicado al ganar el Premio Rómulo Gallegos en 1972, se encuentran los materiales de su experiencia caraqueña. En Caracas también en una Semana Santa, escribió el que llegó a considerar su mejor cuento, La siesta del martes. Otro periodista, Juan Carlos Zapata, sigue la pista del colombiano en Venezuela en su libro, Gabo nació en Caracas no en Aracataca (Editorial Alfa, 2007).

«Venezuela fue por poco tiempo, pero de un modo inolvidable en mi vida, el país más libre del mundo. Y yo fui un hombre feliz, tal vez porque nunca más desde entonces me volvieron a ocurrir tantas cosas definitivas por primera vez en un solo año (1958): me casé para siempre, viví una revolución de carne y hueso, tuve una dirección fija, me quedé tres horas encerrado en un ascensor con una mujer bella, escribí mi mejor cuento para un concurso que no gané, definí para siempre mi concepción de la literatura y sus relaciones secretas con el periodismo, manejé el primer automóvil y sufrí un accidente dos minutos después, y adquirí una claridad política que habría de llevarme doce años más tarde a ingresar en un partido de Venezuela (Movimiento al Socialismo-MAS)», relata el Nobel en La infeliz Caracas, que cierra con una conmovedora confesión.

«Tal vez por eso, una de las hermosas frustraciones de mi vida es no haberme quedado a vivir para siempre en esa ciudad infernal. Me gusta su gente, a la cual me siento muy parecido, me gustan sus mujeres tiernas y bravas, y me gusta su locura sin límites y su sentido experimental de la vida. Pocas cosas me gustan tanto en este mundo como el color del Avila al atardecer. Pero el prodigio mayor de Caracas es que en medio del hierro y el asfalto y los embotellamientos de tránsito que siguen siendo uno solo y siempre el mismo desde hace 20 años, la ciudad conserva todavía en su corazón la nostalgia del campo.

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