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Podemos: un bonapartismo de funcionarios a la española   

El programa de Podemos es lógicamente imposible considerado en su conjunto, pues el cumplimiento de ciertos puntos programáticos se hace incompatible con la realización de otros tantos


Tamer Sarkis Fernández (Barcelona, España)

  1. Bonapartismo: super-ego común del campo policlasista dominante

En cierta película de los hermanos Marx, Groucho interpreta a un candidato electoral. Alguien le pregunta: “¿Qué opina usted de la cerveza?”. A lo que Groucho responde determinante: “¡Estoy a favor de la cerveza y en contra de la cerveza!”. Cuando, más tarde, un tercero se lo cuestiona (“¿Por qué ha dicho usted eso?”), Groucho le aclara: “Para que me voten quienes están a favor y quienes están en contra de la cerveza”.

En Las luchas de clases en Francia, pero con mayor centralidad en El XVIII de Brumario de Luis Napoleón Bonaparte, Marx caracteriza el fenómeno del Bonapartismo. Se trató de un sistema político capaz de “solucionar”, o, aunque sólo fuera, de remendar, una gran contradicción de contexto: tomando como ejemplo inicial los tiempos inmediatamente posteriores al conato revolucionario liberal francés de 1848, las diferentes fracciones y ramas de la sociedad dominante tienen rotunda necesidad de armonizarse y también potencial de unificación, pero, coetáneamente, se revelan exacerbadas sus luchas intestinas por hacerse con la hegemonía de su propio campo social, por aglutinar fuentes de ingresos y porciones gananciales, o hasta por sobrevivir y afianzarse a costa de otras ramas y clases. No hay clase del poliédrico mundo burgués ni pequeñoburgués, con suficiente fuerza como para imponer una Línea política consonante a su posición material sectorial, empuñando la batuta del Estado y organizándolo bajo sí; pero es justamente esa impotencia compartida, el statu quo que acelera e intensifica el “todos contra todos” tanto en la vida económica de la sociedad civil (fuera del perímetro del Estado) como en lo que se refiere a los asaltos a las riendas del mismo.

En tal marco, donde la necesidad y la capacidad que “debieran” regir el campo dominante coinciden pero a la vez permanecen obstruidas por las capacidades que cada grupo social pone en juego con arreglo a sus necesidades fraccionarias, amenazando las partes la estabilidad del conjunto y de sí mismas, emerge una fuerza hábil para constituir y movilizar un ejército burocrático de Estado como masa material de un nuevo entramado de instituciones puesto al servicio de nadie en particular y de la Totalidad dominante en general.

Tomando a Freud, podríamos ilustrar el Bonapartismo con la analogía de ser “el Super Ego” común poseído por el campo dominante, que se impone sobre la inmediatez maximalista del juego contradictorio de Egos particulares, que amenazan, si no con romper el saco, sí por lo menos con estancar el funcionamiento económico y político y con divorciarlo de su potencial. Esto no significa que el Super Ego pueda siempre hegemonizar de la mano de una aceptación racional hecha por parte de los egoísmos calculadores; tal y como el propio Luis Napoleón Bonaparte ejemplifica, puede precisarse de un acto despótico inaugurador, pese a quien pese y por su propio bien. Con el tiempo, cada fracción constata positivamente las “ventajas comparativas” portadas por el “consenso social” impuesto.

No ya, así pues, un Contrato Social a la imagen del iusnaturalismo legislador de unas mínimas reglas para garantizar el desigual juego competitivo entre elementos individuales y fraccionarios. Sino la producción centralizada de un organismo social (dominante) articulado cuya característica básica es la integratividad de cada elemento en la lógica del Capital, dato que suele significar la regencia estatal sobre las partes capitalistas maximalistas, en tanto que brazo extensivo al servicio de aquellas otras partes que irremisiblemente caerían condenadas por “la libertad” (por la Ley del más fuerte), e incluso al servicio de ciertas partes burguesas no capitalistas.

  1. Degradación imperialista de la oligarquía española y empobrecimiento relativo de la aristocracia obrera

PODEMOS emerge a escena en un contexto de ruptura: la prosecución histórica de la dominación y extorsión Hegemonista sobre la semi-colonia española, ha acabado portando, en su propia lógica de avance, el resquebrajamiento del dato social-reproductivo fundamentado en lo que ha venido siendo, hasta hace escasos años, el “modelo español”. El Capital financiero había sido capaz de generar una sociología ensamblada a sí mismo a través de múltiples procesos de prestaciones y contra-prestaciones, cuya condición permisiva fue la ubicación del Estado español y de sus monopolios y grandes bancos al interior de la Cadena imperialista, con el consecuente expolio de ultramar. Dicha base social, compuesto el grueso de sus filas por millones trabajadores asalariados formales no proletarios y por sus familiares y parientes, sintonizaba con la matriz dominante (de arriba-abajo; en una trayectoria descendente) a través del aparato político social-reproductivo propiedad de la matriz (el Estado del Bienestar), aunque no sólo a través del mismo: 3.500.000 accionistas españoles del Banco de Santander en 2011; crédito “fácil” y “rápido”; ocupación de los relativos “bellos” puestos en las estructuras laborales dualizadas e integración laboral en los monopolios empresariales de Estado imperialista; acomodación artificial de las administraciones a las necesidades de integración laboral y duplicidad de puestos; etc. Dialécticamente, dicha base sociológica central de la reproducción del orden en España, expresaba sus contradicciones (algunas nada desdeñables) hacia la matriz a través de los canales comunicativos que le fueron dados durante los procesos definitorios del Modelo (“Transición”): las centrales sindicales de Estado, pero aún con mucha mayor centralidad el PSOE. Este cuadro significa que la Aristocracia obrera ha sido durante estas pasadas décadas el ariete del Modelo, tanto material (base social de consumo, de solvencia de pagos, crediticia…) como ideológica (socialdemocracia). Sin embargo, este paradigma de “Concertación social” empieza a ser objeto de demolición con el inicio de la “crisis española”. El desarrollo de la llamada “crisis” es en España el correlato de tres procesos en consustancialidad:

(1) El ahondamiento en la sub-alternización del Estado español por parte de su principal propietario de fondo (el imperialismo exterior, sobre todo el Hegemonismo yankie), rebajándose cualitativamente la gradación y operatividad política de la fracción imperialista interna (“nacional”) en el seno de la Cadena jerárquica internacional, mientras al mismo tiempo la rebaja es compensada dándose fuelle a sectores específicos de la oligarquía otorgándoles preminencia en ramas concretas de inversión y exportación;

(2) La rebaja de saldos, de condiciones de existencia y de perspectivas a buena parte de la población española con vistas a favorecer la concentración de Capital en los principales polos occidentales imperialistas (hoy en crisis);

(3) La degradación de condiciones de trabajo, la eliminación de trabajo “sobrante” (para tales críticas posibilidades de absorción capitalista), y la transferencia de la propiedad real sobre capitales y sobre factores de producción, con vistas a la re-instauración de unas perspectivas de Tasa de Ganancia que permitan al Capital monopolista estadounidense y alemán salir de su propia crisis de des-inversión y, consecuentemente, de im-producción relativa a contraluz de sus grandes competidores y del Mundo Soberano Emergente. El reflejo de esta crisis de campo imperialista, sobre una realidad española de signo semi-colonial en el plano político y en el económico, no ha podido más que impactar sobre el plano social cercenando radicalmente la vinculación material objetiva que soldaba el cuerpo social en una Unidad de contrarios, compuesta de polo dominante (financiero) y de polo dominado (Aristocracia obrera, que hasta prácticamente anteayer era aún mayoritaria en el espectro del salariado español).

Bajo el draconiano reino español del Capital financiero y de los monopolios de Estado, donde el proceso de desmoronamiento de “la cohesión” -del ensamblaje sociológico institucionalmente organizado- arrastra no sólo ya al proletariado ni a las capas y clases intermedias, sino a las propias clases dominantes subalternas (la Aristocracia obrera, lo que aún resta de las burguesías medias de las “nacionalidades históricas” e incluso a estratos medios del mundo bancario y “del ahorro”), el hecho es que se ha impulsado la emergencia de un nuevo actor cuya máxima política parece ser favorecer nada menos que a “la gente” en general, esto es, a toda ella, sin tener que lesionar las aspiraciones ideales y las condiciones materiales de partes considerables de gente si se quiere de verdad el beneficio de otras partes. Porque, una cosa es la relatividad de los antagonismos sociales -y, en tal medida, de las alianzas- en los planos político y estratégico pertenecientes a la dialéctica negativa (contra el enemigo principal hoy, es decir, contra la oligarquía “nacional” y su dueño imperialista, “la gente”, o las distintas clases, poseen, en efecto, un interés objetivo principal común, cuyo correlato estratégico y político debiera concretarse como Frente Amplio de Unidad); y otra cosa muy distinta es que esas clases conciliadas a la contra del Régimen semi-colonial español, puedan conciliar entre ellas sus intereses y necesidades materiales respectivas, bajo el amparo de un Poder político recolector del gusto y de la prosperidad de todos.

Hemos visto que Luis Napoleón Bonaparte había diseñado la vehiculación de lo general (la acumulación y estabilización de los capitales) a través de lo particular (la clase media campesina, genuino motor de acumulación capitalista originaria por medio de transformar la tierra como medio de Renta, en tierra como factor de producción de plusvalor). Y, dialécticamente, abría paso a lo particular (a su propio carácter de clase objetivo), a través de lo general, pues la ordenación de las relaciones capitalistas en el seno de la nación, de la mano de una burocracia de Estado con amplias licencias jurídicas y tributarias, era, primero, el marco imprescindible a la operativización mercantil del campo, e, indisociablemente, el marco idóneo para la autodefensa de ese campesinado proto-capitalista frente a la voraz “antropofagia social” de sectores del propio Capital.

Ponga el lector a la Aristocracia obrera en la posición de “lo particular” y léase el programa de la formación para obtener una aproximación de “lo general”, donde parece que va a ser puesto en sintonía el beneficio indistinto de todo el mundo que “coexiste” política y económicamente al interior de una sociedad antagónica en sí misma, compleja y llena de contradicciones como la española para el caso. PODEMOS va a beneficiar a los principales accionistas que componen las juntas de la banca no monopolista y de cajas de ahorros, a los jubilados, la competitividad de las PYMES y las condiciones de sus trabajadores, la eficiencia laboral capitalista y la ampliación de las plantillas de trabajadores, a los autónomos y a los cuadros administrativos y políticos del entramado “público”. Y no se olvidan de unas corporaciones mediáticas a las que se proponen “liberar” de su yugo “financiero e inversionista” distorsionador (¡!), como si los grandes grupos mediáticos fueran ellos mismos otra cosa distinta a ese yugo financiero “distorsionador”.

  1. Imposible bonapartismo

Hegel decía que la historia se repite siempre dos veces. La primera vez, como tragedia. La segunda, como comedia (en la acepción de “farsa”). Y lo cierto es que el Bonapartismo fue originariamente susceptible de implementación nada menos que en el contexto imperial francés decimono, donde terceros países colonizados engrasaban, desde Europa, Asia o África, la costosa maquinaria administrativa de la Metrópoli tanto como los contingentes militares que procuraban el saqueo y tributación de las propias colonias. Caso bien distinto al español, país cuya posición en la Cadena imperialista vuelve hoy impracticable la conciliación inter-clase, y, al contrario, genera una estrangulación que envuelve a esa multiplicidad dispar de clases mientras agudiza las contradicciones y juegos de suma cero entre las mismas.

Así pues, con el mayor rigor podríamos matizar que PODEMOS no es una fuerza Bonapartista, sino pseudo-Bonapartista, al carecer España de la base material suficiente como para financiar una empresa tal. Y, sin embargo, contra esa eventualidad han pensado en PODEMOS, desde donde, a través de sus comparecencias y de por lo menos algunos de sus medios (DIARIO PÚBLICO, REBELIÓN), se profesa un imperialismo ultra-belicista disfrazado tras las rojas vestimentas del “apoyo a la Revolución” o “a las rebeliones y primaveras populares” (en Libia, en Siria, o donde se presente un intento Hegemonista de re-ordenación de sistemas institucionales, de marcos territoriales o de agregaciones demográficas). El posicionamiento que PODEMOS mantiene respecto de la OTAN o del “pliegue seguidista” europeo a los Estados Unidos en materia de “política internacional”, no es un posicionamiento valedor de anti-imperialismo alguno. Sino, por contra, es signo de una perspectiva en pro de re-negociar o incluso de disputar ciertas cuotas de autonomía postural y de trazo de alianzas respecto al “concierto mundial” y a “sus” procesos abiertos, en consonancia con la necesidad de cuotas de aprovisionamiento conformadoras de infraestructura material para ese proyecto policlasista de Bonapartismo. Pelear y ganar una voz mínimamente “propia” en el seno caníbal del campo internacional parasitario, donde Homo homini lupus: ésa es la auténtica infraestructura soberana permisiva de sufragar “lo social”, que el programa de PODEMOS prepara entre bastidores. Todo para consumar realmente, materialmente, en calidad, al fin, de “gente” indistinta, a ese múltiple espectro sociológico dominante y beneficiario de la sangre y sudor de las naciones oprimidas y del propio proletariado español, mientras dichas nuevas condiciones de conjunto sirven de soporte a regenerar las condiciones particulares de la Aristocracia obrera española ya ex-huérfana de partido -genuino carácter clasista de PODEMOS.

En estos términos agresivos concretos, y no en ningunos otros, se ve capaz de concretarse la idea abstracta que la formación profesa respecto de la República, tal y como el oligárquico Congreso de San Sebastián definió, en su plena deriva constituyente, a España como “una República de trabajadores de toda clase”. Sólo que, volviendo a Hegel y diciéndolo con él de nuevo, la historia se repite siempre dos veces: la primera, como tragedia, y, la segunda, como comedia. No hay, en la presente ocasión, una Izquierda Republicana patriótica que vaya a ganar ningunas elecciones (como las municipales de aquel 12 de abril de 1931) abriendo la caja de Pandora contra los mismos artífices y controladores del proceso inicial. Ni hay tampoco un Don Manuel Azaña enlazador de las aspiraciones de la burguesía nacional con las aspiraciones populares. Pues no queda ya tan siquiera una burguesía nacional; nada más que elementos burgueses residuales que no conforman clase, sino apéndices del sol que más caliente. Por lo demás, los manufactureros que preparan la farsa de “la segunda versión histórica”, ya han satinado y hecho el pasillo a la marca política de la falsificación en despensa: a PODEMOS interpretando (y nada más que interpretando) a Izquierda Republicana, y a Pablo Iglesias, haciendo de (y nada más que haciendo de) Don Manuel Azaña. Por repetirse, se repite en la figura actual de Pablo Iglesias, hasta el nombre de quien fuera el fundador del partido aristobrero por excelencia (1879). Ni fundador ni partido fueron marxistas, sino guesdistas, en fiel correspondencia a su propio carácter de clase. Carácter, por su parte, expresión política de una aristocracia obrera que, si bien incipiente todavía, había ido desarrollándose en España enfrentada a la contradicción de su no-lugar en el sistema político de la Restauración (desajuste que Miguel Primo de Rivera enmendará reconociendo al PSOE y a la UGT como interlocutores y actores políticos, mientras regularizaba su integración bajo el organigrama de “la Dictablanda”). Baste recordar que, tan sólo en el periodo isabelino, la reina hubo racionalizado la Administración estatal elevando a no menos de 65.000 la cifra de sus trabajadores funcionarios, mientras estos sumaban unos 4.500 al término del reinado de su padre, Fernando VII. No procede analizar aquí, por el momento, de qué manera estrecha y directa estuvo relacionado el relativo subdesarrollo aristobrero en España durante el periodo alfonsino y la privación aristobrera respecto del “concierto político” de la Restauración monárquica, con el proceso de pérdida del imperio colonial justamente durante aquel siglo. Pero tampoco, en fin, me quedaré sin recordar que la farsa parafrasea a la tragedia incluso también en el lema electoral: del Yes, We Can de Obama al “Podemos” de los homónimos. Sangrienta tragedia la sembrada por Obama, y sangrienta comedia de respaldo, por parte de PODEMOS, al imperialismo yankie-sionista contra el Mundo Árabe de la mano de sus Contras “rebeldes”; el más aterrador fascismo “de choque”, tan bestialmente primario como sofisticadamente escabroso, que se ha arrojado jamás sobre Pueblos y países con voluntad de conservar su independencia política y su Soberanía económica y alimentaria.

  1. Hacia la conciliación social con la política doméstica del Hegemonismo USA

Se diría que el espectáculo no cesa de bombardear a la sociedad con la difusión de una Imagen caracterizada por un artificio estruendoso de convulsividad ideológica, hasta el paroxismo de trocar el original por la copia. Sería erróneo pensar que el espectáculo solamente o fundamentalmente habla y retransmite con sesgo. Nada de eso: el espectáculo habla de lo que él produce primariamente, sabedor, además, de que la realidad social imita verdaderamente a la imagen. El espectáculo nos habla de (y, con mayor profundidad, nos muestra “casualmente”), terrorismo anarquista revivido, crisis dinástica en la Monarquía, ruido de sables, independentismo, tricolorismo, corrupción desmelenada, marchas urbanas del facherío… A una pulsación de cambio de canal o de pase de página, el Apocalipsis se interrumpe de repente. A las tan desconcertadas como insatisfechas filas de “ciudadanía” en precarización, en desclasamiento o en quiebra, se les muestra entonces la Salvación social, gregaria y del bolsillo, encarnada en una especie de “Centrismo de izquierdas” síntesis de sensatez y de firmeza, de pacífica concordia y de roja épica, de Justicia y de “puesta en orden”. Un hombre pericioso parece destinado a liderar esa campaña consistente en ponerlo todo del revés pero al mismo tiempo devolviéndole toda su serenidad al paisaje. ¿Se percibe la jugada?. En las contadas y tímidas ocasiones en que tanto la derecha como sectores concretos de la socialdemocracia se han propuesto trascender las descalificaciones a PODEMOS, para pasar a abordar críticamente su programa, se han retirado inmediatamente de toda pretensión analítica para redundar de nuevo en la mera descalificación. Han dicho “Las propuestas de PODEMOS son imposibles”. De hecho, aquello lógicamente imposible es el programa de PODEMOS considerado en su conjunto, pues el cumplimiento de ciertos puntos programáticos se hace incompatible con la realización de otros tantos. Pero la mayoría de propuestas en sí, tomadas cada una aisladamente y por separado, no tiene nada de imposible. Son, por el contrario, ridícula, banal y vanamente posibles.