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Represión vs conciencia

Pdvsa

Nada describe mejor a una sociedad que vive la negación de sus derechos y del sistema de libertades, que aquella que guarda silencio para no ser delatada


Tamara Suju Roa

Hace dos años Venezuela vivió las peores protestas que se hayan dado desde aquel Caracazo del año 1989, cuando la población salió a la calle por quizás una fracción de los problemas que presenta el país actualmente. En aquel entonces, no éramos el país con la inflación más alta del mundo, ni teníamos los índices de miseria más altos de América, ni éramos el país más inseguro, así como tampoco había el desabastecimiento vergonzoso de alimentos y medicinas como los que tenemos hoy en día, pero la mecha la prendió el famoso aumento de la gasolina, que venía junto con un paquete económico que pretendía controlar el gasto público y aguantar la época de las vacas flacas.

El precio del petróleo jamás llegó a los altos precios con los que se cotizó estos últimos 16 años del chavismo-madurismo, y aún así, Venezuela se abastecía, los productores y empresarios trabajaban a toda maquina, y los inversionistas apostaban por el progreso, con una industria petrolera y metalúrgica dignas del primer mundo.

No hace falta que describa mucho lo que hoy somos, y en que nos ha convertido el proyecto de poder denominado “socialismo del siglo XXI”, porque cansados deben estar ustedes de leerlo en todas partes. Mas bien quiero dedicar mi artículo en aglutinar ideas sobre cómo llegó este gobierno a convertir industrias en ruinas, empresas en galpones vacíos y fincas en conucos.

Todo empezó con el pito aquel que un día hizo sonar en cadena nacional el fallecido Chávez, despidiendo a la plana mayor de PDVSA y al resto de sus 23 mil trabajadores, que fueron botados a la calle sin sus prestaciones ni su fondo de ahorro, porque hasta eso se robaron. Nadie en esos momentos se imaginó como el chavismo convertiría a la cuarta empresa mayor productora de petróleo del mundo, en el hazme reír moderno, en aquella de la que se escucha hablar por los pasillos bajito cuando expertos preguntan como es posible que Venezuela esté importando petróleo y sus derivados para poder cumplir con sus compromisos.

En palabras sencillitas, el chavismo, ese proyecto de poder destructivo y ansioso de usar el dinero y los bienes públicos para su propio provecho, se apropió de la primera Empresa del país, y la destruyó. La corrupción alcanzó para repartir a diestra y siniestra, entre gobiernos, entre negociantes ávidos de buenas comisiones, para campañas presidenciales, para propaganda política. Hoy, ex ministros y sus amigos y testaferros son primera plana en investigaciones de bancos de Suiza, Andorra y otros paraísos fiscales, con cuentas que ni en los sueños más audaces los venezolanos de a pie, pueden imaginar cuantos ceros tienen a la derecha. Para todo esto alcanzó la gallina de los huevos de oro.

Imaginen cómo debe manejarse la cosa dentro de la empresa, como será el uso de las influencias, el quítate tu para ponerme yo, el uso del carnecito rojo para mandar y pisotear a contratistas y subcontratistas, a empleados decentes, a trabajadores honestos de las refinerías que se cansaron por ejemplo de denunciar el como la ineptitud de los nuevos empleados y la falta de mantenimiento de las instalaciones estaban provocando accidentes laborales.

Lo mismo ha pasado con las empresas básicas del país. Los sindicatos chavistas, fundados para exterminar a los ya existentes y para tomar sus instalaciones, trayendo guerra a muerte dentro de ellas, con la permisividad del estado, al que no le importó nunca si la ferrominera o la industria del aluminio dejaban de producir, solo le importaba tomar el mando, apoderarse de su producción e ingresos, manipular a sus trabajadores y guindarles el carnecito rojo, para mantenerlos en la raya del colaboracionismo. De nuevo, la corrupción, el despilfarro de sus ingresos, el deterioro de sus instalaciones por falta de inversión, llevaron a estas Empresas básicas, al deplorable estado en el que están hoy en día.

¡Y qué decir de las empresas expropiadas y los fundos y fincas confiscados! Y de aquellas instituciones públicas, museos, teatros, hasta el mismo Metro de Caracas, antes ejemplo de calidad para sus usuarios, hoy cuna del hampa y la inseguridad.

Donde quiera que han entrado se han dedicado no solo a ver como le sacan provecho, sino que crean una “macolla” de corrupción y despilfarro, que mantiene a punta de terror y amenazas a sus empleados, para someterlos y callarlos, o perseguirlos cuando hay el menor intento de rebelión en contra de las políticas implementadas. Así funcionan los ministerios, los hospitales públicos, las policías, la Fuerza Armada y hasta el mismo famoso Sistema Nacional de Orquestas, en donde sus músicos, los de abajo, ganan menos del salario mínimo.

Si hay algo que éste régimen ha aprendido a hacer bien, es a meterle miedo a sus empleados. La intimidación corre como agua, al punto de que tienen toda una estructura de vigilancia que no me explico como mantienen, para saber quienes escriben en las redes sociales y con quienes se comunican. ¡Para esto si sirven ellos y emplean tiempo y dinero! Solo así controlan el descontento interno, y solo así mantienen a los empleados trabajándoles, callados, aguantando por su sueldo y su supervivencia.

Nada describe mejor a una sociedad que vive la negación de sus derechos y del sistema de libertades, que aquella que guarda silencio para no ser delatada, que habla bajito en los sitios públicos, que se esconde tras anónimos en las redes para denunciar porque es la única forma de no ser despedido o perseguido. Y nada dice más de un régimen tiránico, que aquel que somete a sus ciudadanos al Terrorismo de Estado, a la compra de conciencia a través de supuestas dádivas que no son más que derechos conquistados, y a la dedicación de todo el aparato judicial a la persecución de sus opositores.

Esta es la Venezuela que nos ha heredado el Socialismo del Siglo XXI, una sociedad que está saliendo del encanto maquiavélico de su creador y está diciendo ¡Ya basta! Recomponerla, será tarea de todos.