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Cartas a mi madre (I)

Madre, creo que la próxima vez que me pregunten si volveré, responderé con la misma sonrisa pero sin inconsciencia. Volver, atrás, a lo de antes: ni para coger impulso


Amair

Es curioso que la pregunta que más me hacen al conocerme es cuándo regreso a mi país. Tiene variantes, claro, pero encierra el mismo enigma. ¿Y piensas volver pronto a Venezuela? ¿Hasta cuándo te quedas aquí? ¿Vienes por mucho tiempo? ¿No extrañas tu país? Nunca sé que responder, madre, y hago lo que mi padre perfeccionó: sonreír sin decir una palabra. Esas preguntas me hacen recordar al tío Erasmo, cada vez que nos caía de visita desde Anaco. Entraba él a la casa, con las hamburguesas de Abanca Mañón de Santa Mónica (las buenas, las originales) en la mano, y yo corría a abrazarlo. Mientras le quitaba la bolsa de hamburguesas le preguntaba hasta cuándo se quedaría y él me espetaba con una carcajada violenta “bueno carajito, ¿tú ya me estás botando?” Bien sabes que mi pregunta era inocente: más un temor a que se fuera pronto antes que un deseo de que se regresara; y pienso en eso cuando me lo preguntan aquí. Pero es diferente, claro, porque aquí nadie estaba deseoso de verme, ni me han conocido para maravillarse con mi carácter huraño que Papai suele criticar. Así que no entiendo mucho esa manía por volver; por averiguar si alguien vuelve. Esa extraña forma de acercarse a los demás y preguntarles, de pronto, si volverán a ser lo que eran. Como si eso fuera posible.

Te decía que nunca sé qué responder, pero me voy a atrever ahora porque también fue una pregunta que me hicieron antes de partir. Aquella vez les dije, un poco en broma y más en serio, que volvería cuando ganara el flaco; cuando su discurso de esperanza lograra unir los extremos. Se rieron de mí y me dieron un abrazo, como quien se conmueve con la inocencia ajena. Claro que nunca digo eso aquí, al flaco apenas lo conocen y solo preguntan con risas burlonas por el pajarito, por el guapo que está preso y por su esposa, esa fastidiosa que viaja más que Valentina Quintero (ese comentario final es mío, claro. Ya sabes que me repugna). Mi respuesta actual, firme y plena, como la luna llena, es que no. Por supuesto, esa respuesta, como todas, es revocable.

Sucede, madre, que de tanto pensarlo, he pensado en otra cosa. No en cuándo volver, sino en la posibilidad cierta de un regreso. Es algo más profundo y tenme paciencia porque llevo tres piscos y varios puchos. Cuando esté en casa de nuevo, ¿seré yo el que haya vuelto? ¿será la misma casa? ¿volveré al mismo país? Me atrevo a decir que no. Que uno nunca vuelve, y me refiero al volver como una reanudación; como un regresar a lo que (se) era. ¿Acaso alguno de los que se han ido quiere encontrarse lo mismo? ¿Acaso los que se quedaron allá quieren que todo permanezca igual?

Incluso se equivocan los que hoy gobiernan con soberbia y cinismo. Dicen, desde hace años, que los de antes no volverán. Como si ignorasen que llevan casi 20 años en el poder; como si no entendieran que son pasado, presente y mal futuro. Ignoran, de manera grosera, que los que queremos el cambio no queremos lo de antes de ellos. ¡Tampoco queremos que vuelvan!. Ni los que engendraron al monstruo, ni los aberrantes de hoy. Entiéndeme, madre. Estamos conscientes de que la actualidad es una desgracia, pero no cometamos el error de añorar ese pasado de cuarta categoría. Ya lo dijo Sábato en El túnel: “La frase ‘todo tiempo pasado fue mejor’ no indica que antes sucedieran menos cosas malas, sino que -felizmente- la gente las echa en el olvido”.

Recordar algo pasado es bueno en tanto sea un regocijo por lo vivido; no una añoranza enfermiza. Es la magdalena de Proust; es el ratatouille de Anton Ego. No puede ser el disparate del Brexit o la estupidez trumpiana, que hablan de volver a ser grandes. Revisar el pasado debe servirnos para construir un futuro mejor -vaya frase me acaba de salir, perdón-. Yo no quiero volver, yo quiero ir a otra Venezuela; quiero vivir en la mejor Caracas. Basta del pasado, que justifica los errores actuales y a la vez nos idiotiza con ensoñaciones.

Madre, creo que la próxima vez que me pregunten si volveré, responderé con la misma sonrisa pero sin inconsciencia. Volver, atrás, a lo de antes: ni para coger impulso.

Quiéreme a los perros, ma.

Tu hijo.